El salario que no libera
En Colombia, el salario mínimo se ha convertido en uno de los símbolos políticos más poderosos de nuestro tiempo. Cada diciembre, el país asiste a un ritual predecible: mesas de concertación fallidas, discursos encendidos, anuncios presidenciales y aplausos inmediatos en nombre de la “justicia social”. El aumento del salario mínimo, decretado cuando no hay acuerdo, se presenta como una victoria moral del trabajador frente al capital. Sin embargo, detrás de esa narrativa se esconde una verdad incómoda: el salario mínimo, tal como se concibe y se ajusta hoy, no está sacando a nadie de la pobreza y, en muchos casos, está profundizando las condiciones que la reproducen. El primer problema es conceptual. El salario mínimo no es un instrumento de movilidad social; es, en el mejor de los casos, un piso de subsistencia. La evidencia empírica en Colombia muestra que un trabajador que devenga el mínimo destina entre el 80 % y el 90 % de su ingreso a gasto corriente esencial: arriendo, alimentos,...