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El poder sin límites corrompe

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  Colombia atraviesa un momento decisivo. No se trata simplemente de un cambio de gobierno ni de una alternancia ideológica en la Casa de Nariño; se trata de una redefinición del alcance del Estado, de su papel en la economía, de su capacidad de intervención sobre la vida productiva y de su poder para redistribuir recursos. Bajo el gobierno de Gustavo Petro, el discurso del “fortalecimiento del Estado” se ha convertido en una bandera política y moral. Sin embargo, toda expansión del poder público plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre cuando el Estado acumula más recursos, más funciones y más discrecionalidad en un entorno institucional históricamente frágil? No es una cuestión ideológica, es una cuestión institucional. La literatura de economía política ha demostrado que el problema central no es el tamaño del Estado en términos absolutos, sino la calidad de sus controles y la estructura de incentivos que enfrentan quienes administran el poder. James Buchanan, d...

No es capitalismo, es privilegio

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  En Colombia repetimos con ligereza que vivimos en una economía capitalista, pero rara vez nos detenemos a examinar qué significa realmente esa afirmación. Capitalismo no es simplemente la existencia de empresas privadas ni la presencia de grandes conglomerados; es, en su formulación más rigurosa, un sistema de intercambio voluntario bajo reglas generales, donde el éxito depende de la capacidad de satisfacer al consumidor y no de la cercanía al poder político. Cuando el acceso al mercado se filtra por la regulación selectiva, la contratación direccionada o el diseño normativo que favorece a quienes ya son grandes, lo que emerge no es libre mercado, sino un régimen de privilegios. Y en la Colombia actual, esa distinción resulta incómoda pero necesaria. Basta observar la estructura empresarial del país. Según datos del DANE y Confecámaras, más del 99% del tejido productivo colombiano está compuesto por micro, pequeñas y medianas empresas, pero la mayor proporción del valor agregado ...

Menos Producto, Más Crisis

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  Hay una sensación silenciosa que recorre los hogares colombianos: el dinero rinde menos, pero no siempre sabemos por qué. No es solo que el precio del arroz, los huevos o la carne haya subido; es que el paquete es más pequeño, la porción es menor, el servicio es más limitado. Pagamos lo mismo o más, y recibimos menos. A primera vista, parece un simple malestar cotidiano. En el fondo, es una señal económica que revela tensiones estructurales más profundas: el riesgo de una estanflación latente y la consolidación de la reduflación como estrategia empresarial defensiva. La palabra estanflación no es un invento retórico. Describe una anomalía macroeconómica: inflación persistente con bajo crecimiento y deterioro del empleo. En Colombia, después del pico inflacionario de 2022–2023, cuando el IPC superó el 13% anual según el DANE, la economía entró en una fase de desaceleración marcada. El crecimiento del PIB cayó drásticamente respecto a los años de recuperación pospandemia, mientras ...

La verdadera lucha de clases en Colombia

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  En Colombia se repite con insistencia la idea de que vivimos atrapados en un conflicto estructural entre ricos y pobres, empresarios y trabajadores, capital y trabajo. El lenguaje político cotidiano está impregnado de esa narrativa. Desde la tribuna presidencial hasta el debate universitario, pasando por la conversación informal en cualquier barrio de Barranquilla o Medellín, la explicación dominante de nuestras tensiones económicas suele remitirse a una versión tropical del viejo esquema de Karl Marx: una clase que explota y otra que es explotada. Sin embargo, si examinamos con rigor la dinámica real de nuestra economía, la evidencia empírica y la teoría económica ofrecen una lectura distinta y, quizás, más incómoda. En una economía de mercado, incluso con las imperfecciones propias de un país en desarrollo, la cooperación social descansa en la división del trabajo y el intercambio voluntario. Cuando un trabajador firma un contrato laboral, cuando un emprendedor abre una tienda ...

Gobernar la Incertidumbre

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  Hay países donde el riesgo es parte del cálculo y otros donde la incertidumbre devora cualquier intento de cálculo. Colombia, en este momento histórico, parece desplazarse peligrosamente hacia lo segundo. No se trata de una consigna ideológica ni de una reacción emocional frente a un gobierno específico; se trata de un fenómeno económico e institucional que puede analizarse con categorías técnicas. Bajo la administración de Gustavo Petro, el debate público ha dejado de girar en torno a cuánto creceremos o qué tan competitivos podemos ser, para concentrarse en algo más básico: si las reglas del juego permanecerán estables el tiempo suficiente como para que alguien quiera apostar capital en el país. En economía existe una distinción crucial formulada por Frank Knight hace más de un siglo: riesgo es aquello que puede medirse; incertidumbre es aquello que no puede cuantificarse porque las probabilidades mismas son desconocidas. Cuando un empresario colombiano evalúa invertir en el se...

El Estado que vive del empresario

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En Colombia seguimos atrapados en discusiones superficiales, casi infantiles, como si la política económica fuera una versión sofisticada del dilema del huevo y la gallina. ¿Depende la empresa del Estado o el Estado de la empresa? La respuesta, cuando se abandona el discurso y se entra en la contabilidad nacional, es menos romántica y más contundente: sin actividad productiva no hay base gravable; sin base gravable no hay recaudo; sin recaudo sostenible no hay Estado funcional. Lo demás es retórica. Basta revisar la estructura fiscal colombiana. Más del 80 % de los ingresos corrientes del Gobierno Nacional provienen de impuestos, principalmente renta e IVA, según cifras del Ministerio de Hacienda y la DIAN. Ambos dependen directa o indirectamente de la actividad privada: utilidades empresariales, consumo de hogares, transacciones comerciales. El Estado no crea riqueza en términos netos; la redistribuye, la regula o la consume. Esa no es una consigna ideológica, es un hecho contable. El...

Derechos sin riqueza

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  Colombia se ha acostumbrado a prometerse a sí misma un país que no ha construido. En el discurso público se repite que los problemas que nos rodean —pobreza, informalidad, desigualdad, acceso precario a servicios— son ante todo “problemas sociales” que deben resolverse ampliando derechos y reforzando el papel del Estado. Sin embargo, la evidencia empírica y la experiencia cotidiana sugieren algo más incómodo: lo que padecemos no es un déficit de proclamaciones jurídicas, sino un déficit de productividad, de crecimiento sostenido y de límites institucionales al poder político. Hemos confundido el lenguaje moral de los derechos con la mecánica económica que hace posible financiarlos. Desde la Constitución Política de Colombia de 1991, el país adoptó un modelo de Estado Social de Derecho que constitucionalizó una amplia gama de derechos prestacionales. Salud, educación, vivienda digna, mínimo vital, seguridad social: todos elevados a rango constitucional. En teoría, esta arquitectur...