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El Estado no es la lámpara de Aladino

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Hace unos días, entre amigos, surgió una discusión aparentemente sencilla: ¿por qué dos municipios de un mismo departamento, relativamente cercanos y con características económicas y sociales similares, pueden terminar teniendo realidades tan diferentes? La conversación terminó llevándonos a una discusión mucho más profunda: ¿qué esperamos realmente del Estado y, sobre todo, quién paga la cuenta de todo aquello que esperamos de él? La respuesta que más se repite cuando hablamos de los problemas de un municipio parece sacada de un catálogo: necesitamos un programa social, una política pública, más subsidios, más transferencias, más inversión. Y muchas de esas necesidades pueden ser absolutamente legítimas. El problema aparece cuando hablamos de ellas como si fueran deseos que simplemente pueden cumplirse frotando la lámpara de Aladino. Pero el Estado no crea dinero porque existan necesidades. Detrás de cada programa hay un presupuesto. Detrás del presupuesto hay ingresos. Y ...

No todo necesita una política pública

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Hay una costumbre profundamente arraigada en la administración pública colombiana que deberíamos empezar a cuestionar: cuando aparece un problema social, la primera reacción suele ser crear una política pública. Si hay jóvenes sin oportunidades, una política pública. Si hay mujeres desempleadas, una política pública. Si existen vendedores informales, una política pública. Si aumenta la pobreza, otra política pública. Si determinado grupo poblacional enfrenta una dificultad, se propone una política pública específica. Y si ya existe una política pública que no funciona, la respuesta muchas veces termina siendo crear otra política pública para corregir la anterior. En algún momento deberíamos detenernos y formular una pregunta mucho más incómoda: ¿realmente todos los problemas de una sociedad necesitan una política pública? La pregunta parece sencilla, pero tiene implicaciones enormes porque detrás de cada política pública existe una estructura institucional, una decisión pre...

El capitalismo fracasó

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Hay frases que se repiten tantas veces que terminan adquiriendo la apariencia de una verdad histórica. “El capitalismo fracasó” es una de ellas. Se pronuncia cuando una bolsa se desploma, cuando un banco quiebra, cuando aumenta el desempleo, cuando una familia pierde su vivienda o cuando la desigualdad se vuelve insoportable. Se repite en las aulas, en los discursos políticos, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas como si capitalismo fuera el nombre de todo aquello que ocurre dentro de una economía de mercado. Pero existe un problema con esa afirmación: muchas veces se llama capitalismo a sistemas económicos profundamente intervenidos por los gobiernos, a mercados condicionados por regulaciones, subsidios, aranceles, controles de precios, políticas monetarias, empresas estatales, privilegios sectoriales y decisiones políticas. Y cuando esas decisiones producen consecuencias negativas, el responsable suele ser el mercado. Tal vez sea necesario formular la ...

Indignación selectiva

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Hay una pregunta que debería incomodar a todos los colombianos, especialmente a quienes creemos que la política debe ser sometida al juicio de la razón y no al fervor de las tribus: ¿por qué una misma conducta puede parecernos escandalosa cuando la realiza nuestro adversario y perfectamente justificable cuando la ejecuta nuestro propio gobierno? La pregunta no es menor. De su respuesta depende, en buena medida, la calidad de nuestra democracia. Colombia acaba de atravesar uno de los cambios políticos más importantes de su historia reciente. Después de cuatro años de un gobierno abiertamente identificado con la izquierda, el país eligió a Abelardo de la Espriella, un dirigente asociado a posiciones diametralmente opuestas a las de Gustavo Petro. El cambio fue suficientemente profundo como para que buena parte del debate político nacional haya pasado, casi de inmediato, de defender el proyecto petrista a cuestionar las primeras decisiones del nuevo Gobierno. Y aquí aparece un...