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La mejor versión de Colombia

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Hay una idea que suele incomodar porque rompe con uno de los discursos políticos más populares de nuestro tiempo: un país no se vuelve próspero porque reparta más, sino porque primero produce más. Parece una afirmación obvia, casi de sentido común, pero basta observar el debate público colombiano para descubrir que, con demasiada frecuencia, la discusión gira alrededor de cómo distribuir una riqueza que todavía no hemos creado. Hablamos de subsidios antes que de productividad, de derechos antes que de responsabilidades, de gasto antes que de crecimiento, de consumo antes que de inversión. Es como si una familia discutiera cómo repartir un salario que aún no ha recibido. Durante décadas, Colombia ha vivido atrapada en esa contradicción. Cada campaña electoral promete beneficios, transferencias, ayudas, nuevos programas y más presencia del Estado. Muy pocos hablan con la misma intensidad de cómo lograr que el colombiano produzca más, emprenda más, ahorre más, innove más y gen...

Sin empresarios no hay Estado

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Existe una idea profundamente arraigada en buena parte de la cultura política colombiana: creer que el político es el protagonista del desarrollo de un país. Basta recorrer las plazas de nuestras ciudades para encontrar estatuas de presidentes, generales, gobernadores, alcaldes o caudillos. Son pocos, en cambio, los monumentos dedicados a quienes construyeron industrias, levantaron empresas, desarrollaron tecnologías, abrieron mercados o generaron millones de empleos. Pareciera que la historia quisiera convencernos de que la prosperidad nace en los palacios de gobierno y no en los talleres, las fábricas, el comercio o el campo. Sin embargo, la realidad económica cuenta una historia muy distinta. No se trata de caer en una discusión simplista sobre si el empresario es más importante que el político o viceversa. Esa es una falsa dicotomía. La verdadera pregunta es mucho más profunda: ¿quién produce primero la riqueza que luego administra el Estado? La respuesta no admite dema...

¿Sube el dólar o baja el peso?

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Cada vez que el dólar supera una barrera psicológica, Colombia entra en el mismo ritual. Los titulares anuncian que "el dólar se disparó", las redes sociales encuentran un culpable en cuestión de minutos y los debates terminan convertidos en una guerra entre simpatizantes y opositores del gobierno de turno. Pero casi nadie se detiene a formular la pregunta realmente importante: ¿está subiendo el dólar o es el peso colombiano el que está perdiendo valor? No es un juego semántico. Es la diferencia entre entender cómo funciona la economía o seguir creyendo que las monedas obedecen los discursos de los políticos. El dólar no necesita que ningún presidente colombiano haga algo para fortalecerse. Es la moneda de reserva internacional, el activo refugio del planeta y el lenguaje en el que se habla el comercio mundial. Lo que realmente cambia todos los días no es el dólar. Lo que cambia es la confianza que inspira el peso colombiano. Y aquí aparece una verdad que suele in...

T.I.G.R.E. o el regreso de la confianza

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Durante los últimos años, Colombia ha vivido un intenso debate sobre cuál debe ser el motor de su desarrollo. Mientras algunos sectores sostienen que el crecimiento económico depende principalmente de una mayor intervención del Estado, otros insisten en que la prosperidad solo puede construirse cuando existen condiciones que permitan producir, invertir, comerciar y generar riqueza de manera sostenible. En medio de esa discusión aparece la propuesta sintetizada en el acrónimo T.I.G.R.E.: Trade, Investment, Growth, Retrenchment y Enforcement (Comercio, Inversión, Crecimiento, Ajuste Fiscal y Seguridad). Más allá del nombre o de quién la promueva, el verdadero debate consiste en preguntarnos si Colombia necesita recuperar los fundamentos clásicos que históricamente han permitido a las economías exitosas salir del estancamiento. La historia económica demuestra que ningún país ha logrado reducir la pobreza de manera sostenida sin antes aumentar su capacidad para producir riquez...

El país que Petro nos deja

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Colombia se acerca al final de uno de los períodos presidenciales más controvertidos de su historia reciente. Más allá de simpatías o rechazos ideológicos, resulta imposible negar que el gobierno de Gustavo Petro ha generado un nivel de polarización política que pocas veces había alcanzado semejante intensidad en la vida nacional. Lo que para unos representó la llegada de un proyecto de transformación social largamente esperado, para otros significó el inicio de una etapa de incertidumbre económica, debilitamiento institucional y pérdida de confianza en el rumbo del país. La historia demuestra que las naciones no prosperan únicamente por la nobleza de sus intenciones. Prosperan cuando sus instituciones funcionan, cuando existe confianza para invertir, cuando la ley se impone sobre la violencia y cuando las reglas del juego permiten que millones de ciudadanos puedan construir proyectos de vida estables. En ese sentido, la discusión sobre el legado del actual gobierno no debe...

El miedo no gobierna

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Hay momentos en la historia de una nación en los que una elección deja de ser simplemente una competencia entre candidatos y se convierte en una discusión mucho más profunda sobre la visión de país que los ciudadanos desean construir. Colombia parece estar viviendo uno de esos momentos. La segunda vuelta presidencial entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda ha puesto sobre la mesa mucho más que dos nombres o dos campañas. Ha expuesto dos maneras radicalmente distintas de entender el papel del Estado, la economía, la libertad individual, la seguridad, la justicia social y el futuro mismo de la nación. Lo más llamativo de este escenario no es la confrontación política, algo natural en cualquier democracia, sino el miedo que parece haberse convertido en el principal protagonista del debate público. Miedo a perder derechos, miedo a perder beneficios, miedo a perder oportunidades, miedo a que el país cambie demasiado o miedo a que no cambie lo suficiente. Y cuando el miedo r...

El costo de la incertidumbre

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Hay gobiernos que son recordados por las obras que construyeron, otros por las reformas que transformaron instituciones enteras y algunos por las crisis que enfrentaron. Sin embargo, existen gobiernos cuyo legado termina definido por algo mucho más difícil de medir: la incertidumbre. No porque la incertidumbre sea una política pública en sí misma, sino porque se convierte en el ambiente que rodea cada decisión, cada anuncio y cada expectativa de la sociedad. Cuando esto ocurre, los efectos no siempre aparecen inmediatamente en las estadísticas, pero comienzan a sentirse en la conducta de las personas, en las decisiones de inversión, en la confianza de los mercados, en el consumo de los hogares y, sobre todo, en la percepción colectiva de hacia dónde se dirige un país. La Colombia de hoy parece atrapada precisamente en ese debate. No se trata solamente de discutir si una cifra económica subió o bajó, si un indicador fue mejor o peor que el año anterior, o si una determinada ...