El poder no pide permiso
En Colombia seguimos discutiendo política como si el problema fuera de personas y no de estructuras. Nos enfrentamos entre amigos, familias y colegas por la figura del presidente de turno, por el ministro que cae o por el congresista que sube el tono, mientras el mecanismo real del poder estatal opera intacto, silencioso y eficaz. El Estado moderno no gobierna porque la sociedad lo haya autorizado de manera consciente y permanente, sino porque ha perfeccionado una lógica mucho más eficiente: crear o aprovechar crisis, administrar el miedo colectivo y convertir la obediencia en una obligación moral antes que en una imposición explícita. La idea del consentimiento de los gobernados, tan repetida en manuales de educación cívica y discursos oficiales, se ha vaciado de contenido real. En teoría, los ciudadanos delegan poder; en la práctica, el Estado actúa como si ese poder fuera irreversible y automático. Votar no es consentir cada política fiscal, regulatoria o monetaria; es, en el ...