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El título no compra la honestidad

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Hay una pregunta incómoda que deberíamos hacernos en Colombia: ¿por qué una persona puede pasar años en una universidad, obtener un título profesional, estudiar ética, derecho, administración pública y economía, y aun así terminar utilizando un cargo público para enriquecerse a costa de los ciudadanos? ¿Cómo puede alguien conocer las leyes, comprender las consecuencias de sus actos y, pese a ello, encontrar la manera de burlarlas? La respuesta no es tan sencilla como afirmar que faltan educación, valores o funcionarios preparados. El problema es más profundo: hemos confundido la formación académica con la formación moral, el conocimiento de las normas con la voluntad de cumplirlas y la capacidad para administrar el Estado con la integridad necesaria para hacerlo sin convertirlo en un instrumento de beneficio personal. Un diploma certifica que una persona ha cumplido determinados requisitos académicos. No certifica su conciencia. Un posgrado puede enseñar a interpretar la...

La pobreza no es igual en todas partes

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Hay una escena que puede pasar inadvertida para muchos espectadores, pero que invita a una reflexión profunda sobre la economía, la educación y las oportunidades que ofrece una sociedad. Al observar las temporadas de Physical: 100 —conocido en español como Habilidad física: 100— correspondientes a México e Italia, me llamó la atención el contraste entre algunos participantes en su manera de expresarse, sus trayectorias, su preparación y sus condiciones físicas. No sería riguroso concluir, a partir de un programa de televisión, que una población está mejor educada o alimentada que otra. Sin embargo, aquella observación me llevó a una pregunta mucho más importante: ¿qué diferencias existen entre ser pobre en un país desarrollado y ser pobre en uno como Colombia? ¿Qué posibilidades reales tiene una persona de superar sus circunstancias dependiendo del lugar donde nace? Porque la pobreza no se mide únicamente por el dinero que una persona lleva en el bolsillo. También se mide p...

El Estado no es la lámpara de Aladino

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Hace unos días, entre amigos, surgió una discusión aparentemente sencilla: ¿por qué dos municipios de un mismo departamento, relativamente cercanos y con características económicas y sociales similares, pueden terminar teniendo realidades tan diferentes? La conversación terminó llevándonos a una discusión mucho más profunda: ¿qué esperamos realmente del Estado y, sobre todo, quién paga la cuenta de todo aquello que esperamos de él? La respuesta que más se repite cuando hablamos de los problemas de un municipio parece sacada de un catálogo: necesitamos un programa social, una política pública, más subsidios, más transferencias, más inversión. Y muchas de esas necesidades pueden ser absolutamente legítimas. El problema aparece cuando hablamos de ellas como si fueran deseos que simplemente pueden cumplirse frotando la lámpara de Aladino. Pero el Estado no crea dinero porque existan necesidades. Detrás de cada programa hay un presupuesto. Detrás del presupuesto hay ingresos. Y ...

No todo necesita una política pública

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Hay una costumbre profundamente arraigada en la administración pública colombiana que deberíamos empezar a cuestionar: cuando aparece un problema social, la primera reacción suele ser crear una política pública. Si hay jóvenes sin oportunidades, una política pública. Si hay mujeres desempleadas, una política pública. Si existen vendedores informales, una política pública. Si aumenta la pobreza, otra política pública. Si determinado grupo poblacional enfrenta una dificultad, se propone una política pública específica. Y si ya existe una política pública que no funciona, la respuesta muchas veces termina siendo crear otra política pública para corregir la anterior. En algún momento deberíamos detenernos y formular una pregunta mucho más incómoda: ¿realmente todos los problemas de una sociedad necesitan una política pública? La pregunta parece sencilla, pero tiene implicaciones enormes porque detrás de cada política pública existe una estructura institucional, una decisión pre...