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Cifras que Indignan, Verdades que Faltan

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  Hay algo profundamente seductor en los números grandes. En un país como Colombia, donde la desigualdad es visible en cada esquina y la desconfianza hacia lo público se ha vuelto casi instintiva, basta con presentar una cifra en billones para encender la indignación colectiva. No importa demasiado de dónde viene, cómo se calculó o si resiste una auditoría básica; lo que importa es el efecto inmediato: la sensación de saqueo, de abuso, de traición. Y en esa emoción, muchas veces, se pierde lo esencial: la verdad. La circulación reciente de piezas que consolidan supuestos “robos” por más de cinco billones de pesos asociados al gobierno de Gustavo Petro no es un hecho aislado, sino un síntoma. Un síntoma de una sociedad que ha dejado de exigir rigor a cambio de confirmación emocional. Porque lo verdaderamente preocupante no es que existan escándalos —Colombia ha convivido con ellos durante décadas—, sino que el debate público haya renunciado a distinguir entre evidencia, sospecha y n...

Huir para vivir

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  Hay una forma de votar que no pasa por las urnas y, sin embargo, dice más que cualquier discurso político: caminarse un país entero hasta abandonarlo. No hay retórica que compita con esa decisión. No hay consigna que la opaque. En el mundo contemporáneo, y de manera particularmente visible en América Latina, millones de personas han optado por ese voto silencioso pero contundente: salir. Y cuando uno observa hacia dónde se dirigen esos flujos humanos, aparece un patrón incómodo para ciertos relatos ideológicos pero difícil de refutar desde la evidencia empírica: la gente huye de economías cerradas, inestables o profundamente intervenidas, y busca entornos donde el esfuerzo individual tenga alguna posibilidad de traducirse en progreso material. Colombia no es ajena a esa conversación, aunque a veces prefiera mirarla desde la distancia, como si se tratara de un fenómeno externo. Sin embargo, basta recorrer cualquier ciudad para notar cómo esa realidad global se ha instalado en lo c...

Idealismo sin cálculo

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  En Colombia se ha instalado una paradoja que merece una reflexión menos visceral y más rigurosa: una parte de la juventud, organizada o no, abraza marcos ideológicos de izquierda con una convicción moral intensa, pero con una evaluación económica frecuentemente incompleta de los costos, los incentivos y las restricciones que enfrentan esas propuestas cuando se convierten en política pública. No se trata de negar la legitimidad de sus preocupaciones —desigualdad, acceso a educación, precariedad laboral—, sino de examinar con precisión si los instrumentos que respaldan son coherentes con los resultados que esperan. Para aterrizar el debate, conviene empezar por los hechos básicos del entorno. Colombia hoy convive con una inflación que, aunque ha cedido respecto a sus picos recientes, erosionó el salario real durante varios trimestres; con un mercado laboral que muestra tasas de desempleo moderadas pero con una informalidad persistente superior al 50% en varias ciudades; y con un cr...

La ilusión del 2%

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Hay ideas que se repiten tanto en el debate público que terminan adquiriendo la apariencia de verdad técnica incuestionable. Una de ellas es la creencia de que la inflación puede ser gestionada como si fuera una perilla que los bancos centrales ajustan con precisión quirúrgica: ni muy alta para no desbordar la economía, ni demasiado baja para no frenar el crecimiento. En Colombia, esta narrativa ha vuelto al centro de la discusión en medio de tensiones entre el gobierno de Gustavo Petro y el Banco de la República, particularmente alrededor del manejo de las tasas de interés. Pero más allá del debate coyuntural, lo que realmente está en juego es algo más profundo: la comprensión misma de qué es la inflación y qué efectos produce sobre la estructura económica. Conviene empezar por desmontar una premisa cómoda pero problemática. La inflación no es simplemente un aumento generalizado de precios que puede ser calibrado para lograr fines macroeconómicos como el pleno empleo o el crecimiento ...

Estado voraz, libertad en retroceso

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Hay ideas que incomodan no por su forma, sino por su contenido. Sostener que el Estado, cuando se expande sin límites efectivos, termina erosionando la libertad, la propiedad y las bases mismas de la cooperación social, no es una provocación retórica; es una hipótesis que encuentra respaldo tanto en la teoría económica como en la experiencia histórica. En el contexto actual de Colombia, esta discusión deja de ser abstracta y se convierte en una necesidad analítica urgente. Conviene empezar por lo elemental: la riqueza no surge del decreto, ni de la planificación central, ni de la voluntad política. Surge de la interacción descentralizada de millones de individuos que producen, intercambian y asumen riesgos bajo expectativas de beneficio. El Estado, por definición, no participa en ese proceso como generador directo de valor; su función es, en el mejor de los casos, establecer un marco institucional que permita que ese orden espontáneo emerja. Sin embargo, cuando ese marco se transforma ...

El dinero no nos hace más ricos

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Hubo un tiempo en el que intercambiar era casi un acto de coincidencia milagrosa. No porque las personas no tuvieran qué ofrecer, sino porque lo que ofrecían rara vez coincidía exactamente con lo que el otro necesitaba en ese preciso instante. Esa fricción, tan elemental como ignorada en muchas discusiones modernas, es la raíz de por qué el dinero no es una invención caprichosa, sino una solución evolutiva a un problema profundamente humano: coordinar intereses dispersos en una sociedad compleja. En Colombia, donde el debate económico suele reducirse a consignas políticas o promesas de corto plazo, volver a este origen no es un ejercicio académico irrelevante, sino una necesidad urgente para entender por qué muchas de las soluciones que se proponen terminan agravando los problemas que dicen resolver. El paso del trueque a un medio de intercambio generalizado no fue el resultado de una decisión central ni de un diseño institucional inicial. Fue, como lo explicó Carl Menger, un proceso e...

Palabras Prohibidas

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  Hay palabras que no se dicen, no porque sean incorrectas, sino porque son inconvenientes. En Colombia, el debate económico no está censurado formalmente, pero sí condicionado por un clima intelectual donde ciertos términos generan rechazo automático. No son insultos, pero funcionan como detonantes ideológicos. La economía, cuando entra en la conversación pública, deja de ser un lenguaje técnico y se convierte en un campo de disputa donde lo que se puede decir depende menos de su veracidad y más de su compatibilidad con el pensamiento dominante. Ese pensamiento dominante no surge espontáneamente; se construye, se refuerza y se reproduce. En gran medida, los medios de comunicación juegan un papel determinante en ese proceso. No necesariamente por una conspiración explícita, sino por una combinación de sesgos, desconocimiento técnico y agendas editoriales. En Colombia, es cada vez más común observar piezas periodísticas —especialmente en formatos de “experimentos sociales” o entrevi...