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Idealismo sin cálculo

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  En Colombia se ha instalado una paradoja que merece una reflexión menos visceral y más rigurosa: una parte de la juventud, organizada o no, abraza marcos ideológicos de izquierda con una convicción moral intensa, pero con una evaluación económica frecuentemente incompleta de los costos, los incentivos y las restricciones que enfrentan esas propuestas cuando se convierten en política pública. No se trata de negar la legitimidad de sus preocupaciones —desigualdad, acceso a educación, precariedad laboral—, sino de examinar con precisión si los instrumentos que respaldan son coherentes con los resultados que esperan. Para aterrizar el debate, conviene empezar por los hechos básicos del entorno. Colombia hoy convive con una inflación que, aunque ha cedido respecto a sus picos recientes, erosionó el salario real durante varios trimestres; con un mercado laboral que muestra tasas de desempleo moderadas pero con una informalidad persistente superior al 50% en varias ciudades; y con un cr...

La ilusión del 2%

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Hay ideas que se repiten tanto en el debate público que terminan adquiriendo la apariencia de verdad técnica incuestionable. Una de ellas es la creencia de que la inflación puede ser gestionada como si fuera una perilla que los bancos centrales ajustan con precisión quirúrgica: ni muy alta para no desbordar la economía, ni demasiado baja para no frenar el crecimiento. En Colombia, esta narrativa ha vuelto al centro de la discusión en medio de tensiones entre el gobierno de Gustavo Petro y el Banco de la República, particularmente alrededor del manejo de las tasas de interés. Pero más allá del debate coyuntural, lo que realmente está en juego es algo más profundo: la comprensión misma de qué es la inflación y qué efectos produce sobre la estructura económica. Conviene empezar por desmontar una premisa cómoda pero problemática. La inflación no es simplemente un aumento generalizado de precios que puede ser calibrado para lograr fines macroeconómicos como el pleno empleo o el crecimiento ...

Estado voraz, libertad en retroceso

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Hay ideas que incomodan no por su forma, sino por su contenido. Sostener que el Estado, cuando se expande sin límites efectivos, termina erosionando la libertad, la propiedad y las bases mismas de la cooperación social, no es una provocación retórica; es una hipótesis que encuentra respaldo tanto en la teoría económica como en la experiencia histórica. En el contexto actual de Colombia, esta discusión deja de ser abstracta y se convierte en una necesidad analítica urgente. Conviene empezar por lo elemental: la riqueza no surge del decreto, ni de la planificación central, ni de la voluntad política. Surge de la interacción descentralizada de millones de individuos que producen, intercambian y asumen riesgos bajo expectativas de beneficio. El Estado, por definición, no participa en ese proceso como generador directo de valor; su función es, en el mejor de los casos, establecer un marco institucional que permita que ese orden espontáneo emerja. Sin embargo, cuando ese marco se transforma ...

El dinero no nos hace más ricos

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Hubo un tiempo en el que intercambiar era casi un acto de coincidencia milagrosa. No porque las personas no tuvieran qué ofrecer, sino porque lo que ofrecían rara vez coincidía exactamente con lo que el otro necesitaba en ese preciso instante. Esa fricción, tan elemental como ignorada en muchas discusiones modernas, es la raíz de por qué el dinero no es una invención caprichosa, sino una solución evolutiva a un problema profundamente humano: coordinar intereses dispersos en una sociedad compleja. En Colombia, donde el debate económico suele reducirse a consignas políticas o promesas de corto plazo, volver a este origen no es un ejercicio académico irrelevante, sino una necesidad urgente para entender por qué muchas de las soluciones que se proponen terminan agravando los problemas que dicen resolver. El paso del trueque a un medio de intercambio generalizado no fue el resultado de una decisión central ni de un diseño institucional inicial. Fue, como lo explicó Carl Menger, un proceso e...

Palabras Prohibidas

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  Hay palabras que no se dicen, no porque sean incorrectas, sino porque son inconvenientes. En Colombia, el debate económico no está censurado formalmente, pero sí condicionado por un clima intelectual donde ciertos términos generan rechazo automático. No son insultos, pero funcionan como detonantes ideológicos. La economía, cuando entra en la conversación pública, deja de ser un lenguaje técnico y se convierte en un campo de disputa donde lo que se puede decir depende menos de su veracidad y más de su compatibilidad con el pensamiento dominante. Ese pensamiento dominante no surge espontáneamente; se construye, se refuerza y se reproduce. En gran medida, los medios de comunicación juegan un papel determinante en ese proceso. No necesariamente por una conspiración explícita, sino por una combinación de sesgos, desconocimiento técnico y agendas editoriales. En Colombia, es cada vez más común observar piezas periodísticas —especialmente en formatos de “experimentos sociales” o entrevi...

Equilibrio del Fracaso

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  Hay una intuición incómoda que atraviesa la experiencia económica colombiana contemporánea: el sistema no colapsa, pero tampoco funciona. Se sostiene en una especie de equilibrio frágil donde las decisiones políticas sustituyen, corrigen y, con frecuencia, distorsionan las señales que deberían coordinar la actividad económica. En ese terreno ambiguo, el intervencionismo no aparece como una anomalía, sino como la regla operativa del sistema. Y, sin embargo, su persistencia no puede explicarse por su éxito económico, sino por su eficacia política. Conviene empezar por el núcleo del problema. En cualquier economía, los precios no son simples números; son condensaciones de información sobre escasez, preferencias y expectativas. Cuando el Estado interviene fijando tarifas, subsidiando sectores o manipulando variables clave como la tasa de interés o el tipo de cambio, altera ese sistema de información. Ludwig von Mises advertía que cada intervención genera efectos secundarios que tiend...

El precio del dinero fácil

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  Hay ideas que seducen por su aparente simplicidad: imprimir más dinero para aliviar una crisis, expandir el crédito para reactivar la economía, bajar artificialmente el costo del financiamiento para estimular el consumo. En el corto plazo, estas decisiones parecen racionales, incluso necesarias. Pero la historia económica —y la experiencia reciente de Colombia— muestran que el dinero fácil no elimina los problemas estructurales; los posterga, los redistribuye y, con frecuencia, los agrava. La liquidez artificial no es un atajo hacia la prosperidad, sino una transferencia silenciosa de riqueza y un detonante de desequilibrios que terminan manifestándose en inflación, pérdida de poder adquisitivo y ajustes dolorosos. Durante los años posteriores a la pandemia, Colombia vivió una expansión monetaria y fiscal sin precedentes recientes. Bajo el gobierno de Iván Duque, al igual que en muchas economías del mundo, se adoptaron políticas orientadas a sostener la demanda agregada y evitar ...