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El capitalismo fracasó

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Hay frases que se repiten tantas veces que terminan adquiriendo la apariencia de una verdad histórica. “El capitalismo fracasó” es una de ellas. Se pronuncia cuando una bolsa se desploma, cuando un banco quiebra, cuando aumenta el desempleo, cuando una familia pierde su vivienda o cuando la desigualdad se vuelve insoportable. Se repite en las aulas, en los discursos políticos, en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas como si capitalismo fuera el nombre de todo aquello que ocurre dentro de una economía de mercado. Pero existe un problema con esa afirmación: muchas veces se llama capitalismo a sistemas económicos profundamente intervenidos por los gobiernos, a mercados condicionados por regulaciones, subsidios, aranceles, controles de precios, políticas monetarias, empresas estatales, privilegios sectoriales y decisiones políticas. Y cuando esas decisiones producen consecuencias negativas, el responsable suele ser el mercado. Tal vez sea necesario formular la ...

Indignación selectiva

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Hay una pregunta que debería incomodar a todos los colombianos, especialmente a quienes creemos que la política debe ser sometida al juicio de la razón y no al fervor de las tribus: ¿por qué una misma conducta puede parecernos escandalosa cuando la realiza nuestro adversario y perfectamente justificable cuando la ejecuta nuestro propio gobierno? La pregunta no es menor. De su respuesta depende, en buena medida, la calidad de nuestra democracia. Colombia acaba de atravesar uno de los cambios políticos más importantes de su historia reciente. Después de cuatro años de un gobierno abiertamente identificado con la izquierda, el país eligió a Abelardo de la Espriella, un dirigente asociado a posiciones diametralmente opuestas a las de Gustavo Petro. El cambio fue suficientemente profundo como para que buena parte del debate político nacional haya pasado, casi de inmediato, de defender el proyecto petrista a cuestionar las primeras decisiones del nuevo Gobierno. Y aquí aparece un...

La democracia no admite dos presidentes

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Hay una imagen que ha acompañado a la humanidad durante siglos: la del cisma. La historia de la Iglesia católica conoció momentos en los que dos e incluso tres personas reclamaban simultáneamente ser el verdadero papa. El llamado Cisma de Occidente, entre los siglos XIV y XV, dividió a millones de creyentes, fracturó la autoridad institucional y convirtió la lealtad política en un asunto de fe. Cada bando afirmaba poseer la legitimidad; cada uno descalificaba al otro como ilegítimo. El resultado fue una crisis que tardó décadas en superarse. Salvando las enormes diferencias históricas, esa imagen invita a reflexionar sobre cualquier intento contemporáneo de construir una legitimidad paralela frente a unas instituciones democráticas. Cuando un sector político decide promover una investidura o una posesión simbólica de quien no ha sido reconocido por las autoridades electorales como presidente, deja de discutir únicamente sobre política y empieza a cuestionar el principio bás...

Las ovejas descarriadas

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Hubo una época en la que las portadas de los periódicos estaban dominadas por un tema que estremeció la conciencia del mundo: los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia católica. Durante años, la explicación institucional se repitió con una consistencia casi perfecta. Se hablaba de "ovejas descarriadas", de sacerdotes que habían traicionado los principios de la Iglesia, de individuos que actuaban por cuenta propia y cuya conducta no podía confundirse con la esencia de una institución de más de dos mil años de historia. Aquella respuesta abrió un debate profundo que trascendía la religión. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de una organización cuando sus miembros delinquen? ¿En qué momento deja de ser un problema de individuos aislados para convertirse en un problema de liderazgo, de cultura institucional o de mecanismos de control? El mundo comprendió que una institución no puede ser condenada únicamente por las acciones de uno de sus integrantes,...

La mejor versión de Colombia

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Hay una idea que suele incomodar porque rompe con uno de los discursos políticos más populares de nuestro tiempo: un país no se vuelve próspero porque reparta más, sino porque primero produce más. Parece una afirmación obvia, casi de sentido común, pero basta observar el debate público colombiano para descubrir que, con demasiada frecuencia, la discusión gira alrededor de cómo distribuir una riqueza que todavía no hemos creado. Hablamos de subsidios antes que de productividad, de derechos antes que de responsabilidades, de gasto antes que de crecimiento, de consumo antes que de inversión. Es como si una familia discutiera cómo repartir un salario que aún no ha recibido. Durante décadas, Colombia ha vivido atrapada en esa contradicción. Cada campaña electoral promete beneficios, transferencias, ayudas, nuevos programas y más presencia del Estado. Muy pocos hablan con la misma intensidad de cómo lograr que el colombiano produzca más, emprenda más, ahorre más, innove más y gen...