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El empresario: el gran ausente del discurso

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  En Colombia se habla de crecimiento, de justicia social, de redistribución, de reformas estructurales y de un supuesto “cambio” que promete corregir los errores históricos del país. Sin embargo, en medio de ese ruido político y retórico, hay una figura esencial que sistemáticamente se diluye, se caricaturiza o, en el peor de los casos, se convierte en sospechosa: el empresario capitalista. Se le presenta como un privilegiado, como un beneficiario del sistema, como un agente que extrae valor más que crearlo. Pero esta narrativa, cada vez más instalada en el debate público, omite —o ignora deliberadamente— que es precisamente ese empresario quien hace posible la existencia misma de la estructura productiva que sostiene a la sociedad. Conviene partir de una premisa incómoda: la economía no es un tablero estático donde los recursos se distribuyen mecánicamente, sino un proceso dinámico de coordinación bajo incertidumbre. En ese proceso, el empresario no actúa como un simple ejecutor ...

El sistema no se corrompe: ya nació torcido

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  Hay una trampa intelectual profundamente arraigada en el debate público colombiano: creemos que el problema es la corrupción, cuando en realidad la corrupción es apenas el síntoma visible de un diseño institucional que opera, desde su origen, sobre la base de incentivos perversos. En Colombia, la indignación ciudadana suele activarse cuando estalla un escándalo —contratos inflados, sobrecostos, clientelismo descarado—, pero rara vez se cuestiona con igual intensidad la estructura que hace posibles, repetitivos y, en muchos casos, racionales esos comportamientos. El error no es menor: centrar la discusión en la moral de los gobernantes nos distrae de analizar la lógica del sistema que los produce. La narrativa dominante sugiere que bastaría con elegir “personas correctas” para que el aparato estatal funcione adecuadamente. Sin embargo, esta idea ignora una premisa fundamental de la teoría económica moderna: los individuos responden a incentivos, no a aspiraciones morales abstracta...

La guerra contra los inocentes

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  Hay una trampa intelectual que Colombia no ha terminado de desmontar: creer que la legitimidad del uso de la fuerza depende de quién la ejerce y no de contra quién se ejerce. Durante décadas, el país ha oscilado entre narrativas que justifican la violencia en nombre del orden, la seguridad, la paz o incluso la justicia social. Pero si hay un punto de partida ético que debería ser innegociable —y que, sin embargo, ha sido sistemáticamente vulnerado— es este: lo cuestionable no es la fuerza en sí, sino su uso contra personas pacíficas e inocentes. Esa distinción, que puede parecer elemental, se diluye con facilidad en contextos donde el lenguaje político se convierte en instrumento de legitimación. Desde la doctrina clásica de la guerra justa, articulada por Santo Tomás de Aquino, hasta los desarrollos modernos del derecho internacional, se ha intentado establecer criterios que diferencien la violencia legítima de la ilegítima. Sin embargo, la experiencia colombiana muestra que eso...

Romper al árbitro

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  Hay momentos en la historia económica de un país en los que el conflicto deja de ser un simple desacuerdo técnico y se convierte en una señal profunda de fragilidad institucional. Colombia parece estar atravesando uno de ellos. La reciente confrontación entre el gobierno de Gustavo Petro y el Banco de la República no es, como se ha querido presentar, una diferencia legítima de opiniones sobre política monetaria. Es algo más delicado: la tensión entre la urgencia política del corto plazo y la disciplina económica del largo plazo, entre la voluntad de gobernar y la necesidad de limitar el poder. En apariencia, la discusión gira en torno a una decisión concreta: el aumento de la tasa de interés para contener la inflación. Sin embargo, reducir el problema a esa medida sería ingenuo. Lo que está en juego es el rol del banco central como árbitro independiente, diseñado precisamente para evitar que el manejo del dinero se convierta en una herramienta subordinada a las presiones política...

El Cambio Que No Cambió Nada

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Colombia no vive una crisis de promesas incumplidas, sino algo más profundo y estructural: una crisis de incentivos, de diseño institucional y de comprensión económica del poder. El discurso del “cambio” no fracasó únicamente porque no se ejecutó correctamente, sino porque partió de una premisa equivocada: creer que la voluntad política puede sustituir las restricciones reales del sistema económico, del aparato estatal y de la naturaleza misma de los incentivos humanos. La narrativa fue potente. Se prometió una transformación estructural que resolvería desigualdad, violencia, acceso a servicios y concentración de poder. Sin embargo, lo que hemos observado en la práctica es un patrón repetido en la historia latinoamericana: una expansión discursiva del Estado sin una capacidad equivalente de ejecución. El resultado no es cambio, sino frustración acumulada. El primer síntoma de este fenómeno se encuentra en la ejecución presupuestal. Colombia aprobó uno de los presupuestos más ambiciosos...

El espejismo de la gestión económica

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  Hablar hoy de Colombia exige sinceridad intelectual, incluso cuando esa sinceridad incomoda. Vivimos un momento en el que viejas ideas —presentadas como nuevas soluciones— vuelven a seducir a una ciudadanía cansada, desconfiada y deseosa de un cambio inmediato. De ahí que resulte tan fácil escuchar, con una naturalidad sorprendente, que la economía puede “dirigirse”, “controlarse” o “gestionarse” desde el Palacio de Nariño, como si los 50 millones de decisiones diarias que conforman nuestro sistema productivo fueran engranajes de una máquina que solo necesita un operador con voluntad política. Es la misma ilusión que acompañó a los experimentos de planificación central del siglo XX, y la misma que, pese a su historial de fracasos, hoy regresa bajo nuevos discursos progresistas. Su retorno no se explica por sus resultados —que fueron decepcionantes en todos los casos— sino porque en tiempos de angustia colectiva las promesas de orden y protección estatal siempre encuentran eco. El...

El engaño del crédito

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  Hay ideas que incomodan no porque sean débiles, sino porque son demasiado coherentes para ser ignoradas. En el contexto colombiano actual, donde el debate económico oscila entre la intervención activa del Estado y la defensa de la libertad de mercado, resulta particularmente perturbador sostener —con rigor lógico— que los ciclos económicos no son una falla inherente del capitalismo, sino la consecuencia directa de una única causa exógena: la manipulación del crédito. Más incómodo aún es aceptar que, si el diagnóstico es correcto, la solución también es única, y políticamente poco atractiva: dejar de intervenir donde hoy se interviene con mayor intensidad. Partamos de un punto que rara vez se discute con suficiente profundidad. La economía no es un sistema mecánico, sino un entramado de decisiones humanas coordinadas en el tiempo bajo condiciones de incertidumbre. Este enfoque, sistematizado por Ludwig von Mises, no permite concesiones fáciles a explicaciones ambiguas o multicausa...