Cuando el dinero no desaparece, sino que excluye
La afirmación de Elon Musk según la cual el dinero se volverá irrelevante en un futuro dominado por la inteligencia artificial no es una simple provocación tecnológica; es una tesis que interpela directamente la estructura misma de nuestras sociedades. Plantea, en apariencia, una promesa de abundancia, de automatización total y de liberación del ser humano del trabajo forzado por la necesidad. Sin embargo, observada desde la realidad concreta de un país como Colombia —desigual, informal, con baja productividad y profundas brechas institucionales— esta idea no suena a emancipación, sino a advertencia. Porque el problema no es que el dinero deje de ser relevante, sino que, para millones, ya está dejando de ser accesible.
En los países desarrollados, el debate sobre la automatización se centra en la redistribución del tiempo, la renta básica universal o el rediseño del trabajo. En Colombia, en cambio, la discusión ocurre en un contexto donde más del 55 % de la población ocupada trabaja en la informalidad, donde el salario mínimo apenas alcanza para cubrir lo esencial y donde el ascenso social depende, más que del talento o la innovación, del acceso desigual a oportunidades. Hablar de un mundo donde el dinero deja de importar presupone una economía que ya resolvió lo básico: productividad, educación, infraestructura, Estado de derecho. Colombia no ha resuelto ninguno de esos frentes de manera estructural.
Desde la teoría económica clásica hasta los debates contemporáneos, el dinero no es solo un medio de intercambio; es un mecanismo de coordinación social. Adam Smith lo entendía como un facilitador del intercambio en sociedades complejas; Keynes lo veía como una variable central para el empleo y la estabilidad; Hayek advertía que los precios —expresados en dinero— condensan información dispersa imposible de centralizar. Eliminar o volver irrelevante el dinero no es un avance técnico: es una transformación institucional profunda que solo puede ocurrir en contextos de abundancia real y reglas claras. En sociedades frágiles, su debilitamiento no libera, sino que desordena.
El discurso de Musk parte de un supuesto clave: que la inteligencia artificial y la robótica generarán una abundancia tal que el problema económico de la escasez desaparecerá. Pero la historia demuestra que los avances tecnológicos no eliminan automáticamente la desigualdad; muchas veces la profundizan. La Revolución Industrial no acabó con la pobreza, la reorganizó. La digitalización no democratizó el poder económico, lo concentró. En Colombia, la automatización ya está ocurriendo, pero sus beneficios no se distribuyen: plataformas digitales precarizan el trabajo, algoritmos sustituyen empleos de baja calificación y el capital tecnológico se concentra en pocas manos, usualmente fuera del país.
Aquí aparece una pregunta incómoda: si el dinero se vuelve irrelevante, ¿para quién exactamente? Porque en Colombia ya existe una especie de “post-dinero” para ciertos sectores privilegiados: quienes tienen redes, capital político o rentas aseguradas acceden a bienes y servicios sin que el precio sea una restricción real. Para el resto, el dinero sigue siendo la barrera entre la dignidad y la exclusión. La tecnología no está eliminando esa brecha; la está sofisticando.
Incluso si aceptáramos la hipótesis de un futuro altamente automatizado, la transición importa tanto como el destino. Colombia no es un país exportador de tecnología de punta, sino importador. No lidera el desarrollo de inteligencia artificial, la consume. No captura el valor de la automatización, lo paga. En ese escenario, la irrelevancia del dinero no significaría abundancia compartida, sino pérdida de poder adquisitivo, desempleo estructural y mayor dependencia. Un país subdesarrollado no entra a la economía del futuro como socio, sino como usuario tardío.
Las cifras refuerzan esta preocupación. Según datos del DANE y del Banco Mundial, la productividad laboral en Colombia es menos de la mitad del promedio de la OCDE. El gasto en investigación y desarrollo no supera el 0,3 % del PIB. La calidad educativa sigue profundamente segmentada. En este contexto, la automatización no sustituye trabajos repetitivos para liberar creatividad; sustituye ingresos sin ofrecer alternativas reales. La promesa de que “el trabajo será opcional” suena muy distinta cuando el trabajo ya es precario y la protección social es débil.
Desde América Latina, pensadores como Raúl Prebisch o Celso Furtado ya advertían que el problema no es la tecnología en sí, sino la forma en que se inserta en economías periféricas. Hoy, esa advertencia sigue vigente. La inteligencia artificial puede aumentar la productividad global, pero sin instituciones inclusivas, sin mercados competitivos y sin propiedad difundida, ese aumento no se traduce en bienestar general. Se traduce en concentración.
Por eso, el debate no debería ser si el dinero desaparecerá, sino qué pasa cuando deja de cumplir su función integradora. En Colombia, el dinero aún es la principal herramienta de movilidad social, por imperfecta que sea. Debilitarlo sin construir antes alternativas sólidas —educación de calidad, mercados abiertos, emprendimiento real, seguridad jurídica— no conduce a una sociedad post-escasez, sino a una sociedad post-oportunidad.
Elon Musk puede permitirse imaginar un mundo donde el dinero es irrelevante porque vive en el epicentro de la acumulación tecnológica. Colombia no. Aquí, la discusión debe ser más sobria y más urgente: cómo evitar que la revolución tecnológica convierta la desigualdad en un rasgo permanente e irreversible. Porque si el dinero deja de importar antes de que el desarrollo llegue, lo que desaparece no es la escasez, sino la posibilidad de salir de ella.
En últimas, el dinero no está camino a extinguirse en Colombia. Lo que está en riesgo es su capacidad de funcionar como puente entre el esfuerzo y el bienestar. Y cuando ese puente se rompe en una sociedad subdesarrollada, no emerge una utopía tecnológica, sino una nueva forma de exclusión, más silenciosa, más sofisticada y, precisamente por eso, más peligrosa.
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