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El salario que no libera

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En Colombia, el salario mínimo se ha convertido en uno de los símbolos políticos más poderosos de nuestro tiempo. Cada diciembre, el país asiste a un ritual predecible: mesas de concertación fallidas, discursos encendidos, anuncios presidenciales y aplausos inmediatos en nombre de la “justicia social”. El aumento del salario mínimo, decretado cuando no hay acuerdo, se presenta como una victoria moral del trabajador frente al capital. Sin embargo, detrás de esa narrativa se esconde una verdad incómoda: el salario mínimo, tal como se concibe y se ajusta hoy, no está sacando a nadie de la pobreza y, en muchos casos, está profundizando las condiciones que la reproducen. El primer problema es conceptual. El salario mínimo no es un instrumento de movilidad social; es, en el mejor de los casos, un piso de subsistencia. La evidencia empírica en Colombia muestra que un trabajador que devenga el mínimo destina entre el 80 % y el 90 % de su ingreso a gasto corriente esencial: arriendo, alimentos,...

Cuando obedecer destruye y disentir condena

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En la Colombia actual se ha consolidado una narrativa tan seductora como peligrosa: el poder político decreta desde una supuesta superioridad moral y, cuando la realidad económica no obedece, el culpable no es la política pública sino el empresario. No el gran capital abstracto que habita los discursos ideológicos, sino el empresario real y cotidiano: el comerciante de barrio, el dueño de una panadería, el pequeño hotelero, el taller mecánico, la microempresa que sostiene empleo en medio de impuestos crecientes, cargas laborales rígidas, inflación persistente y una demanda cada vez más frágil. En ese relato, cuando no puede cumplir la orden “bien intencionada” del poder, deja de ser un agente económico y pasa a ser el villano moral de la historia. El problema de fondo no es una cifra concreta ni un decreto aislado, sino el marco mental desde el cual hoy se gobierna la economía en Colombia. Se ha reforzado la idea de que los fenómenos económicos responden a la voluntad política, a la j...

Salarios por decreto, pobreza por diseño

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  Hay decisiones de gobierno que no se explican por ignorancia técnica, sino por convicción ideológica. El aumento del salario mínimo cercano al 23 % decretado por el gobierno de Gustavo Petro pertenece a esa categoría: no es un error de cálculo, es una apuesta política consciente que sacrifica empleo, productividad y estabilidad económica a cambio de réditos simbólicos inmediatos. En un país como Colombia, con una informalidad laboral que ronda el 58 %, una productividad estancada y un tejido empresarial dominado por micro y pequeñas empresas, esta decisión no es progresista ni audaz; es profundamente regresiva. El salario mínimo no es un simple ingreso individual. En Colombia es una variable estructural que indexa buena parte de la economía: salarios públicos, pensiones, contratos estatales, multas, tarifas, aportes a seguridad social y costos empresariales. Aumentarlo muy por encima de la inflación y de la productividad no redistribuye riqueza; problemas de redistribuye. La ev...

La inflación que no se dice

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  Hay una forma particularmente sofisticada de mentir que no consiste en falsear los hechos, sino en administrarlos. En Colombia, hoy, el debate sobre la inflación se mueve exactamente en ese terreno: el de la verdad incompleta. El gobierno no necesita alterar los datos oficiales para construir un relato conveniente; le basta con escoger cuáles cifras amplificar, cuáles silenciar y, sobre todo, cómo interpretarlas frente a una ciudadanía que vive una realidad económica muy distinta a la que describen los comunicados técnicos. En ese desajuste entre el dato y la experiencia cotidiana se está gestando una fractura profunda de confianza. Formalmente, la inflación en Colombia ha mostrado una desaceleración respecto a los picos alcanzados en 2022 y 2023. El DANE ha registrado una reducción progresiva de la variación anual del IPC, y el gobierno ha presentado ese comportamiento como evidencia de éxito en la conducción económica. Sin embargo, esa lectura es, en el mejor de los casos, inco...

Algoritmos y servidumbre

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  Colombia discute la inteligencia artificial como si fuera un fenómeno externo, casi inevitable, que llegará a ordenar el caos productivo, cerrar brechas y compensar nuestras deficiencias históricas. El debate público oscila entre el entusiasmo tecnocrático y el miedo laboral, pero rara vez se detiene en lo esencial: la IA no es solo una herramienta, es una arquitectura de poder. Y en una sociedad con instituciones frágiles, informalidad persistente y una creciente dependencia del Estado como proveedor de ingresos, esa arquitectura puede profundizar una forma moderna de servidumbre, menos visible que la del pasado, pero más eficiente y difícil de cuestionar. La promesa central de la IA es la productividad. Según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, cerca del 40% del empleo global estará expuesto a la automatización basada en inteligencia artificial, con impactos particularmente complejos en economías emergentes donde la informalidad supera el 50%. Colombia no es la exce...

El dinero moral de la política

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  Hay una paradoja que atraviesa la política colombiana con una naturalidad inquietante: el dinero es simultáneamente despreciado en el discurso público y venerado en la práctica privada. Se le trata como algo vulgar cuando proviene del ciudadano común, pero se le persigue con ferocidad cuando está ligado al poder, al acceso, a la influencia. En Colombia, donde la política se ha profesionalizado como carrera de élites y no como servicio público, esta contradicción ya no escandaliza; se ha normalizado. La escena es conocida. Tras la muerte de una figura pública, un líder social, un militar o un funcionario, abundan los discursos solemnes sobre la “deuda moral” del país, sobre el honor de la nación, sobre el sacrificio que no puede medirse en pesos. Se apela a la grandeza simbólica, a la épica republicana, a la idea de que hay valores superiores al dinero. Sin embargo, cuando se propone algo tan concreto como que quienes gobiernan o deciden aporten una semana de su salario para respa...

La generación expulsada

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  Hay una idea que se repite con ligereza en el debate público colombiano: la inflación es un mal transitorio, una consecuencia inevitable de choques externos, una variable técnica que se corrige con paciencia y confianza institucional. Sin embargo, esa forma de narrarla es profundamente engañosa. La inflación no es solo un aumento generalizado de precios; es una alteración estructural de los incentivos económicos y una redistribución silenciosa del poder entre quienes ya poseen activos y quienes apenas intentan construirlos. En la Colombia de hoy, ese fenómeno está produciendo algo más grave que encarecimiento del costo de vida: está expulsando a una generación completa del proceso de acumulación de riqueza. Basta observar un hecho cotidiano para entender la magnitud del problema. Un joven profesional en una ciudad como Bogotá, Medellín o Barranquilla puede destinar más del 40 % de su ingreso mensual al arriendo de una vivienda modesta. El acceso al crédito hipotecario exige ingre...