¿Sube el dólar o baja el peso?

Cada vez que el dólar supera una barrera psicológica, Colombia entra en el mismo ritual. Los titulares anuncian que "el dólar se disparó", las redes sociales encuentran un culpable en cuestión de minutos y los debates terminan convertidos en una guerra entre simpatizantes y opositores del gobierno de turno. Pero casi nadie se detiene a formular la pregunta realmente importante: ¿está subiendo el dólar o es el peso colombiano el que está perdiendo valor?

No es un juego semántico. Es la diferencia entre entender cómo funciona la economía o seguir creyendo que las monedas obedecen los discursos de los políticos.

El dólar no necesita que ningún presidente colombiano haga algo para fortalecerse. Es la moneda de reserva internacional, el activo refugio del planeta y el lenguaje en el que se habla el comercio mundial. Lo que realmente cambia todos los días no es el dólar. Lo que cambia es la confianza que inspira el peso colombiano.

Y aquí aparece una verdad que suele incomodar a la política: las monedas no tienen ideología; los mercados tampoco. Los mercados únicamente reaccionan al riesgo.

Muchos ciudadanos creen que el precio del dólar lo determina un ministro, un banco central o un presidente. En realidad, la tasa de cambio es el resultado de millones de decisiones individuales tomadas todos los días por empresarios, trabajadores, inversionistas, importadores, exportadores y familias que buscan proteger su patrimonio. Es exactamente el mismo principio que explica por qué sube el precio del café, de los apartamentos o de los tomates: oferta y demanda.

Si millones de personas quieren comprar dólares al mismo tiempo, el dólar sube. Si millones prefieren conservar pesos, invertir en Colombia o traer capital al país, el peso se fortalece. No existe ningún misterio.

Lo verdaderamente interesante es preguntarse por qué cambia esa demanda.

La respuesta es una sola: expectativas.

Friedrich Hayek insistía en que ninguna autoridad posee toda la información dispersa que existe en la sociedad. Ludwig von Mises sostenía que el mercado coordina millones de decisiones individuales imposibles de planificar desde un escritorio. Milton Friedman repetía que los mercados reaccionan a los incentivos mucho antes de que aparezcan los resultados. Incluso John Maynard Keynes, cuya visión económica dista enormemente de la Escuela Austriaca, reconocía que las decisiones económicas están profundamente influenciadas por la confianza y las expectativas futuras.

Los inversionistas no esperan cuatro años para emitir un veredicto. Lo hacen en cuestión de segundos.

Por eso resulta ingenuo afirmar que un presidente solo influye sobre la economía cuando firma su primer decreto. La historia demuestra exactamente lo contrario.

Cuando Gustavo Petro ganó las elecciones presidenciales el 19 de junio de 2022, Iván Duque seguía siendo el presidente de Colombia. Petro aún no gobernaba. No había expedido una sola norma, no había presentado reformas ni administraba un peso del presupuesto nacional. Sin embargo, el mercado ya estaba reaccionando.

En los meses siguientes el dólar pasó de niveles cercanos a los 3.900 pesos hasta superar los 5.000 pesos, alcanzando un máximo histórico. ¿Fue únicamente consecuencia de la elección? No. Sería una simplificación tan equivocada como afirmar que no tuvo absolutamente ninguna influencia.

La Reserva Federal de Estados Unidos elevó agresivamente las tasas de interés para controlar la inflación mundial posterior a la pandemia, fortaleciendo el dólar frente a prácticamente todas las monedas del planeta. Ese factor existió y sería intelectualmente deshonesto ignorarlo.

Pero también existió otro fenómeno igual de evidente: el incremento de la percepción de riesgo sobre Colombia.

Las propuestas relacionadas con la suspensión de nuevos contratos de exploración petrolera, mayores cargas tributarias, profundas reformas laborales, pensionales y un aumento significativo de la intervención estatal fueron interpretadas por buena parte de los mercados como señales de incertidumbre. No porque los inversionistas voten por la derecha o por la izquierda, sino porque el capital siempre busca reducir el riesgo y maximizar la rentabilidad.

El dinero tiene una característica que la política suele olvidar: no necesita discursos para moverse. Le basta una expectativa.

Cuando un empresario aplaza una inversión porque teme cambios regulatorios, está enviando un mensaje al mercado. Cuando una familia convierte sus ahorros en dólares para protegerlos, también. Cuando un fondo internacional decide trasladar recursos hacia otro país, ocurre exactamente lo mismo.

Todos están votando. Pero no con un tarjetón, sino con su patrimonio.

Thomas Sowell escribió alguna vez que la primera lección de la economía es la escasez, mientras que la primera lección de la política consiste en ignorar esa realidad. La frase resulta provocadora porque resume uno de los grandes errores del debate público: creer que los gobiernos pueden decretar prosperidad.

La confianza no se firma mediante un decreto.

La inversión no nace de un discurso.

La estabilidad de una moneda tampoco aparece porque un presidente afirme que la economía va bien.

Se construye lentamente mediante instituciones fuertes, disciplina fiscal, respeto por la propiedad privada, seguridad jurídica, reglas claras y credibilidad.

Por eso resulta igualmente equivocado afirmar que toda caída del dólar demuestra automáticamente el éxito de un gobierno.

Durante los años siguientes comenzaron a cambiar muchas variables. La inflación mundial perdió fuerza, la Reserva Federal moderó su política monetaria, el mercado internacional recuperó parte de la confianza y la incertidumbre inicial sobre Colombia empezó a descontarse. El dólar descendió considerablemente.

Hoy vuelve a repetirse un fenómeno conocido. Colombia tiene un presidente electo que todavía no ha asumido el poder. Sin embargo, los mercados ya comenzaron a formar expectativas sobre el rumbo que podría tomar el país. Si perciben un entorno más favorable para la inversión, mayor seguridad jurídica, mejores condiciones para producir riqueza y reglas más estables, esa percepción puede traducirse en una mayor demanda por activos colombianos y, en consecuencia, en una menor presión sobre el dólar.

No significa que el comportamiento futuro de la tasa de cambio dependa exclusivamente del nuevo gobierno. La economía nunca es tan simple. El precio del petróleo, las decisiones de la Reserva Federal, el crecimiento mundial, los conflictos geopolíticos y los flujos internacionales de capital seguirán siendo determinantes. Pero tampoco puede negarse que la confianza institucional y las expectativas sobre la política económica forman parte esencial de esa ecuación.

La gran diferencia entre la economía y la política es que la primera no premia las buenas intenciones. Premia los resultados y la credibilidad.

Quizá por eso los países con monedas fuertes no son necesariamente los que tienen más recursos naturales ni los gobiernos que hacen más promesas. Son los que logran convencer al mundo de que las reglas no cambiarán arbitrariamente, que el ahorro será respetado, que invertir vale la pena y que producir riqueza no será castigado.

Al final, la verdadera discusión nunca ha sido si el dólar sube o baja. La verdadera discusión consiste en preguntarnos por qué millones de colombianos, cada vez que sienten incertidumbre, corren a refugiarse en una moneda extranjera en lugar de confiar plenamente en la suya.

Porque el precio del dólar no mide únicamente el valor de una divisa.

También mide algo mucho más difícil de cuantificar: el nivel de confianza que un país inspira sobre su propio futuro.

Y esa confianza, para bien o para mal, nunca se impone. Se gana.

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