Huir para vivir

 


Hay una forma de votar que no pasa por las urnas y, sin embargo, dice más que cualquier discurso político: caminarse un país entero hasta abandonarlo. No hay retórica que compita con esa decisión. No hay consigna que la opaque. En el mundo contemporáneo, y de manera particularmente visible en América Latina, millones de personas han optado por ese voto silencioso pero contundente: salir. Y cuando uno observa hacia dónde se dirigen esos flujos humanos, aparece un patrón incómodo para ciertos relatos ideológicos pero difícil de refutar desde la evidencia empírica: la gente huye de economías cerradas, inestables o profundamente intervenidas, y busca entornos donde el esfuerzo individual tenga alguna posibilidad de traducirse en progreso material.

Colombia no es ajena a esa conversación, aunque a veces prefiera mirarla desde la distancia, como si se tratara de un fenómeno externo. Sin embargo, basta recorrer cualquier ciudad para notar cómo esa realidad global se ha instalado en lo cotidiano. El vendedor ambulante que acentúa distinto, el profesional extranjero que acepta trabajos por debajo de su cualificación, la familia que comparte historias de escasez y ruptura institucional: son expresiones vivas de un fenómeno mayor. La migración masiva venezolana —que ya supera los 2,8 millones de personas en el país según datos de organismos multilaterales— no es un accidente histórico, sino el resultado de un deterioro acumulado en variables económicas e institucionales que terminó expulsando a una quinta parte de su población. Y ese dato, por sí solo, debería obligar a una reflexión seria, no emocional, sobre los modelos que discutimos.

Ahora bien, reducir este fenómeno a una narrativa simplista de “buenos y malos sistemas” sería intelectualmente pobre. Lo que está en juego no es una etiqueta ideológica, sino la arquitectura de incentivos que organiza una sociedad. Cuando se debilitan los derechos de propiedad, cuando el ahorro pierde valor por la inflación, cuando el emprendimiento se enfrenta a barreras regulatorias arbitrarias o a cargas fiscales desproporcionadas, lo que se erosiona no es solo la economía, sino la confianza. Y sin confianza, el tejido social se fragmenta. Las personas dejan de proyectarse en el largo plazo y comienzan a buscar salidas inmediatas, incluso si eso implica cruzar fronteras, separarse de sus familias o empezar de cero en contextos adversos.

En Colombia, esta discusión adquiere una relevancia particular en el contexto actual. El país no enfrenta —al menos por ahora— un colapso comparable al de otras naciones de la región, pero sí atraviesa tensiones crecientes en torno a la política económica, el rol del Estado y la dirección del modelo productivo. El debate sobre reformas estructurales, el cuestionamiento a sectores estratégicos, la incertidumbre jurídica en ciertos ámbitos y el discurso político que, en ocasiones, parece antagonizar con la iniciativa privada, generan un clima que no puede analizarse únicamente desde la intención, sino desde sus efectos. Porque la economía no responde a discursos, responde a incentivos.

Es aquí donde la experiencia comparada resulta útil. No como argumento de autoridad, sino como marco de análisis. Países que han restringido de manera sostenida la libertad económica, ya sea mediante controles de precios, nacionalizaciones extensivas o políticas fiscales desalineadas con la productividad, han tendido a experimentar estancamiento o retroceso. En contraste, aquellos que han logrado construir entornos relativamente estables, con reglas claras y apertura a la inversión, han mostrado mayores niveles de crecimiento y reducción de pobreza en el largo plazo. Esto no implica idealizar ningún sistema, sino reconocer que ciertos arreglos institucionales generan mejores resultados agregados.

Sin embargo, hay un elemento que suele quedar fuera del debate técnico y que resulta central: la dignidad asociada a la posibilidad de elegir. Más allá de los indicadores macroeconómicos, lo que muchas personas buscan al migrar no es únicamente un ingreso más alto, sino la oportunidad de que su esfuerzo tenga sentido. De que trabajar más, capacitarse o emprender no sea un ejercicio estéril. En ese sentido, el atractivo de las economías más abiertas no radica solo en su riqueza acumulada, sino en la percepción —fundada o no— de que existe una relación entre mérito y resultado.

Volviendo a Colombia, la pregunta no es si el país debe adoptar un modelo “capitalista” en abstracto, sino qué tipo de entorno quiere construir para sus ciudadanos. Uno donde el Estado actúe como facilitador de oportunidades, garantizando condiciones básicas y corrigiendo fallas de mercado, o uno donde la intervención, aun con buenas intenciones, termine distorsionando los incentivos y reduciendo la capacidad de generación de riqueza. La evidencia sugiere que cuando el equilibrio se rompe en favor de controles excesivos o incertidumbre normativa, las consecuencias no tardan en manifestarse, primero en la inversión, luego en el empleo y finalmente en la migración.

No se trata de negar las falencias del capitalismo, que las tiene y son relevantes. La desigualdad, la concentración de ingresos y las fallas en la provisión de bienes públicos son desafíos reales que requieren respuestas inteligentes. Pero la solución a esos problemas no ha sido, históricamente, la supresión de los mecanismos de mercado, sino su perfeccionamiento mediante instituciones más sólidas, transparencia y competencia efectiva. El debate, entonces, no debería centrarse en reemplazar un sistema por otro, sino en cómo mejorar las condiciones bajo las cuales ese sistema opera.

En última instancia, la migración masiva es un síntoma, no una causa. Es el resultado de decisiones individuales acumuladas que reflejan percepciones sobre oportunidades, seguridad y futuro. Cuando millones de personas coinciden en esa evaluación y optan por irse, el mensaje es claro, aunque incómodo. Colombia aún está a tiempo de leer ese mensaje no como una advertencia lejana, sino como una oportunidad de aprendizaje. Porque en un mundo donde cada vez más personas están dispuestas a cruzar fronteras para buscar una vida mejor, la verdadera competencia entre países no es ideológica, es práctica: quién logra ofrecer un entorno donde vivir no implique, en algún momento, tener que huir.

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