El Dólar Baja A Pesar de Petro
Colombia se acostumbró a discutir la economía como si fuera una barra brava política. Si el dólar sube, unos culpan al “neoliberalismo”. Si baja, otros corren a atribuírselo al gobierno de turno. Y en medio de esa simplificación infantil de la realidad económica, millones de colombianos terminan creyendo que la tasa de cambio depende del discurso de un presidente, de un trino incendiario o de una intervención populista en televisión nacional. La verdad es mucho más incómoda para el poder político y mucho más seria para el país: el dólar no baja en Colombia gracias a Gustavo Petro. Baja por factores internacionales que trascienden completamente su capacidad de influencia. Y si no cae más, es precisamente por la incertidumbre, el deterioro institucional y la desconfianza que produce su gobierno.
Hay una diferencia enorme entre coincidir con un fenómeno global y causarlo. Esa diferencia es la que el petrismo intenta borrar deliberadamente para construir la narrativa de un supuesto liderazgo económico internacional que simplemente no existe. Cuando el dólar pierde fuerza frente a varias monedas del mundo debido a decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos, ajustes de tasas de interés, desaceleración económica norteamericana o cambios en los flujos globales de capital, Colombia puede verse beneficiada parcialmente. Pero eso no significa que el mérito sea del presidente colombiano. Pensar que Gustavo Petro mueve el dólar global es tan absurdo como creer que un alcalde municipal puede alterar el precio internacional del petróleo con un discurso ideológico.
La realidad es que Colombia hoy no transmite estabilidad. Y las monedas no se fortalecen únicamente por datos macroeconómicos; se fortalecen por confianza. La economía moderna funciona sobre expectativas. Los inversionistas no ponen dinero donde perciben riesgo político, inseguridad jurídica o gobiernos impredecibles. Y precisamente eso es lo que se ha consolidado en Colombia desde 2022: una sensación permanente de incertidumbre institucional.
Mientras el mundo enfrentaba inflación global, guerras, tensiones geopolíticas y desaceleración económica, muchos países emergentes intentaron blindarse ofreciendo reglas claras, estabilidad tributaria y confianza empresarial. Colombia hizo lo contrario. Aquí se normalizó atacar al sector privado desde el poder, señalar empresarios como enemigos políticos, anunciar reformas sin consensos técnicos y promover un discurso emocional donde el éxito económico suele verse con sospecha ideológica. El problema de eso no es solamente narrativo; el problema es que el capital escucha. Y cuando el capital escucha incertidumbre, se mueve.
Por eso el fenómeno cambiario colombiano debe entenderse con honestidad intelectual. El dólar ha bajado globalmente en ciertos periodos debido a expectativas de relajación monetaria en Estados Unidos y ajustes internacionales de mercado. Pero Colombia no capitaliza completamente esa caída porque carga un lastre interno que limita la confianza. En otras palabras: el dólar baja a pesar del gobierno, no gracias al gobierno.
Y esto no es una consigna política; es una lectura económica observable. Basta mirar cómo reaccionan los mercados cada vez que el presidente anuncia una nueva confrontación institucional, cuestiona la independencia del Banco de la República, revive discursos constituyentes o lanza amenazas veladas contra sectores estratégicos. Cada episodio genera volatilidad. Cada discurso radical aumenta la percepción de riesgo. Cada improvisación política se traduce en cautela financiera.
El ciudadano común muchas veces no percibe cómo opera este mecanismo porque imagina la economía como algo lejano, reservado para tecnócratas y corredores de bolsa. Pero la incertidumbre política termina afectando la vida cotidiana de formas concretas. Afecta el crédito hipotecario, el precio de los alimentos importados, la inversión empresarial, la generación de empleo y el costo de producir en Colombia. Cuando un inversionista decide no expandir una fábrica por temor regulatorio, el perjudicado no es el multimillonario de una junta directiva; es el trabajador que nunca será contratado.
Y mientras tanto, el gobierno intenta construir una imagen internacional desproporcionada frente a su verdadero peso geopolítico. Gustavo Petro habla frecuentemente como si Colombia fuera un actor determinante en la reorganización económica mundial, como si sus posiciones ideológicas alteraran el equilibrio energético global o redefinieran las dinámicas del capitalismo internacional. Pero Colombia no tiene hoy la capacidad económica, financiera ni militar para ejercer esa influencia. Esa narrativa puede funcionar en plazas públicas o redes sociales, pero no en los mercados internacionales.
Los grandes capitales del mundo no toman decisiones basados en discursos moralistas. Observan productividad, seguridad jurídica, estabilidad institucional, inflación, déficit fiscal y crecimiento. Y allí es donde Colombia comienza a mostrar señales preocupantes. El crecimiento económico se desaceleró drásticamente, la inversión privada perdió dinamismo, el consumo se debilitó y la confianza empresarial cayó en distintos sectores. Incluso organismos internacionales y calificadoras han insistido en que el principal riesgo del país es la incertidumbre sobre el rumbo económico.
Lo más paradójico es que muchos colombianos todavía no entienden hasta qué punto dependemos de la confianza internacional. Colombia no es una potencia industrial autosuficiente. Necesita inversión extranjera, financiamiento, exportaciones y estabilidad monetaria. Cada vez que el gobierno transmite hostilidad hacia el mercado, hacia el sector energético o hacia las reglas de juego, encarece el riesgo país. Y un país más riesgoso inevitablemente termina pagando más caro su acceso al capital.
Aquí aparece una contradicción profundamente latinoamericana: gobiernos que desprecian discursivamente al mercado mientras dependen completamente de él para sobrevivir fiscalmente. El Estado colombiano necesita deuda, recaudo, inversión y crecimiento privado para sostener el gasto público. Pero al mismo tiempo, parte del discurso político oficial se construye demonizando precisamente a quienes generan capital y empleo. Esa tensión permanente erosiona la confianza lentamente, como una gotera que no derrumba la casa en un día, pero sí debilita toda la estructura con el tiempo.
Y hay otro elemento que suele ignorarse en el debate económico colombiano: la violencia. Ninguna economía prospera plenamente cuando la percepción de inseguridad aumenta. La expansión del narcotráfico, el fortalecimiento territorial de grupos armados, la extorsión en regiones productivas y la sensación de debilitamiento estatal afectan directamente la economía. La inversión huye de los territorios inseguros. El turismo se desacelera donde crece el miedo. El comercio se encarece donde la criminalidad controla rutas y actividades productivas.
Resulta imposible hablar de confianza económica mientras empresarios rurales pagan vacunas, transportadores temen bloqueos y regiones enteras sienten que el Estado perdió autoridad. La seguridad no es solamente un tema militar o policial; es una variable económica central. La historia lo demuestra constantemente. Ningún país atrae capital sostenido bajo incertidumbre jurídica y deterioro del orden público.
Y aun así, pese a todo esto, el dólar no se disparó más por una razón externa fundamental: la propia fragilidad de Estados Unidos. La Reserva Federal expandió brutalmente la liquidez durante años, la deuda norteamericana alcanzó niveles históricos y la confianza global en el dólar enfrenta tensiones crecientes. El debilitamiento parcial del dólar no es una victoria colombiana; es el reflejo de desequilibrios globales mucho más grandes que Colombia. Pretender apropiarse políticamente de ese fenómeno es intelectualmente deshonesto.
De hecho, si Colombia tuviera hoy un entorno de mayor estabilidad, confianza institucional y seguridad económica, probablemente el peso estaría considerablemente más fortalecido. Ese es el verdadero debate que muchos intentan evitar. Porque reconocerlo implicaría aceptar que la economía no responde a discursos emocionales ni a narrativas épicas de lucha política, sino a incentivos, expectativas y credibilidad.
Al final, el problema más grave no es que un gobierno quiera atribuirse éxitos ajenos. El problema es que millones de ciudadanos terminan creyendo que la economía funciona por voluntad ideológica y no por fundamentos reales. Y cuando una sociedad deja de entender cómo se construye la confianza económica, comienza lentamente a destruirla sin darse cuenta.
Las monedas hablan. Los mercados hablan. La inversión habla. Y lo que hoy dicen sobre Colombia no es precisamente tranquilidad. El dólar baja en algunos momentos porque el mundo financiero se mueve por dinámicas globales complejas. Pero si Colombia no logra reconstruir confianza, seguridad y estabilidad institucional, seguirá ocurriendo lo mismo: el país recibirá alivios externos temporales mientras internamente continúa debilitando las bases que podrían convertir ese alivio en prosperidad real.

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