El engaño del crédito

 


Hay ideas que incomodan no porque sean débiles, sino porque son demasiado coherentes para ser ignoradas. En el contexto colombiano actual, donde el debate económico oscila entre la intervención activa del Estado y la defensa de la libertad de mercado, resulta particularmente perturbador sostener —con rigor lógico— que los ciclos económicos no son una falla inherente del capitalismo, sino la consecuencia directa de una única causa exógena: la manipulación del crédito. Más incómodo aún es aceptar que, si el diagnóstico es correcto, la solución también es única, y políticamente poco atractiva: dejar de intervenir donde hoy se interviene con mayor intensidad.

Partamos de un punto que rara vez se discute con suficiente profundidad. La economía no es un sistema mecánico, sino un entramado de decisiones humanas coordinadas en el tiempo bajo condiciones de incertidumbre. Este enfoque, sistematizado por Ludwig von Mises, no permite concesiones fáciles a explicaciones ambiguas o multicausales cuando estas contradicen la lógica de la acción humana. Si millones de individuos toman decisiones basadas en precios que transmiten información, entonces cualquier error generalizado y persistente en esas decisiones no puede surgir espontáneamente del propio sistema, sino de una distorsión en la señal que coordina esas acciones.

Y aquí es donde Colombia deja de ser una excepción para convertirse en un caso ilustrativo. El rol del Banco de la República en la fijación de tasas de interés y en la expansión o contracción del crédito no es un asunto técnico menor, sino el punto neurálgico de la coordinación económica del país. Cuando el crédito se expande más allá del ahorro real disponible, no estamos frente a un simple estímulo a la economía, sino ante la generación de una ilusión colectiva: la creencia de que existen más recursos de los que realmente hay.

En la práctica, esta ilusión se traduce en fenómenos cotidianos que muchos colombianos experimentan sin necesariamente comprender su origen. El auge de proyectos inmobiliarios en ciertas ciudades, el crecimiento acelerado del consumo financiado, el endeudamiento creciente de los hogares y las empresas, no son hechos aislados. Son manifestaciones visibles de una señal distorsionada: tasas de interés artificialmente bajas que inducen a pensar que el futuro es más abundante de lo que realmente será.

Pero toda ilusión tiene un límite. Y cuando la realidad se impone, lo que antes parecía crecimiento sostenido se revela como una mala asignación de recursos. Proyectos que parecían rentables dejan de serlo, empresas reducen su actividad, el desempleo aumenta y el crédito se contrae. Lo que el discurso político suele presentar como “crisis externas” o “choques inesperados” es, desde esta perspectiva, la fase inevitable de corrección de un error previo inducido.

Ahora bien, en el debate público colombiano, esta interpretación compite con narrativas profundamente arraigadas. La influencia intelectual de John Maynard Keynes sigue siendo evidente en la forma en que se concibe la política económica: ante la desaceleración, se propone más gasto, más crédito, más intervención. Bajo esta lógica, el problema nunca es el exceso previo, sino la insuficiencia actual. Sin embargo, esta visión incurre en una contradicción fundamental: intenta corregir una distorsión profundizándola.

La experiencia reciente del país refuerza esta tensión. Durante periodos de desaceleración, las presiones para reducir tasas de interés o expandir el gasto público aumentan, con el argumento de reactivar la economía. Pero rara vez se cuestiona si esa misma expansión previa fue la que generó las condiciones de fragilidad. En otras palabras, se trata el síntoma ignorando la causa, o peor aún, alimentándola.

Este punto resulta particularmente sensible en el contexto político actual, donde figuras como Gustavo Petro han planteado una visión económica en la que el Estado asume un rol protagónico en la asignación de recursos. Más allá de las intenciones, el problema no es de voluntad política sino de coherencia económica: ningún sistema puede sostener indefinidamente decisiones basadas en información distorsionada sin enfrentar consecuencias.

Y aquí es donde la praxeología, lejos de ser una abstracción teórica, se convierte en una herramienta incómodamente precisa. Si el ciclo económico es causado por la expansión artificial del crédito, entonces no hay múltiples soluciones posibles. No se trata de calibrar mejor la intervención, ni de hacerla más eficiente, ni de cambiar de responsables. La única solución coherente es eliminar la fuente de la distorsión.

Esto, por supuesto, no es políticamente neutral. Implica cuestionar pilares fundamentales del sistema económico moderno: el monopolio estatal del dinero, la discrecionalidad de los bancos centrales y la creencia de que el crecimiento puede ser inducido desde arriba mediante políticas monetarias expansivas. Implica también aceptar que los ajustes económicos no son fallas que deban evitarse a toda costa, sino procesos necesarios para corregir errores previos.

En el contexto colombiano, donde la desigualdad, la informalidad y la fragilidad institucional son problemas reales, esta conclusión puede parecer incluso provocadora. ¿Cómo sostener que la solución no es más intervención cuando las necesidades son evidentes? La respuesta, aunque incómoda, es que intervenir sobre una señal distorsionada no resuelve el problema de fondo, sino que lo agrava. No se puede construir estabilidad sobre una base de información errónea.

La controversia, entonces, no radica en la falta de evidencia, sino en la resistencia a aceptar las implicaciones. Reconocer que existe una única causa exógena del ciclo económico es, en última instancia, reconocer que muchas de las herramientas que hoy se consideran indispensables son, en realidad, parte del problema. Y aceptar que existe una única solución es admitir que no hay atajos, ni soluciones intermedias, ni políticas de compromiso que puedan evitar el costo del ajuste.

En un país como Colombia, donde el debate económico suele estar cargado de ideología y urgencia política, introducir este nivel de rigor analítico no es fácil. Pero precisamente por eso es necesario. Porque mientras se sigan tratando los efectos sin cuestionar la causa, el ciclo no desaparecerá, solo cambiará de forma y de intensidad.

Y así, lo que comienza como una reflexión teórica termina convirtiéndose en una pregunta profundamente práctica: ¿estamos dispuestos a renunciar a la ilusión del crédito fácil para enfrentar la realidad de una economía coordinada por señales genuinas? La respuesta, como tantas otras en economía, no es técnica. Es política. Y, sobre todo, es incómoda.

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