Premio Nobel de Economía de 2025: La Traición Matemática


El Premio Nobel de Economía 2025 ha vuelto a encender un debate que trasciende la academia y alcanza la realidad concreta de países como Colombia. Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt fueron reconocidos por su trabajo sobre el crecimiento económico impulsado por la innovación, y específicamente, Aghion y Howitt por formalizar el concepto de “destrucción creativa” de Schumpeter. Sin embargo, el gesto académico no es inocuo: en su reinterpretación matemática, se encuentra una tensión entre la vitalidad del capitalismo y la lógica de la intervención estatal, una tensión que hoy vemos replicada de manera preocupante en la política económica colombiana.

Schumpeter concibió la destrucción creativa como el mecanismo que permite que lo viejo ceda paso a lo nuevo, un proceso inherentemente dinámico y subjetivo, arraigado en la iniciativa individual y en la audacia empresarial. La innovación, en su visión, no es un objetivo de planificación ni un problema de optimización, sino un fenómeno de descubrimiento espontáneo. Aghion y Howitt, al envolver esta intuición en ecuaciones diferenciales y modelos estocásticos, transforman un concepto filosófico y práctico sobre la vitalidad económica en un argumento técnico para justificar la intervención gubernamental. Este formalismo, si bien elegante, pierde la esencia de la idea: la destrucción creativa no es una enfermedad que deba “curarse” mediante regulación; es el latido mismo del capitalismo.

En Colombia, esta reinterpretación tiene implicaciones inmediatas y visibles. Durante los últimos años, la discusión sobre la “necesidad” de intervenir en los mercados para corregir fallas se ha traducido en propuestas de política que aumentan impuestos, expanden la deuda pública y promueven subsidios que distorsionan la competencia. Se promueve la idea de que el Estado debe dirigir la innovación, proteger sectores considerados estratégicos y regular con precisión quirúrgica la economía. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que estas medidas no generan crecimiento sostenido: según el Banco Mundial, la inversión privada en Colombia sigue siendo baja frente a la región, en parte por la percepción de un marco regulatorio impredecible y costoso para los empresarios. La “protección del mercado” termina erosionando la misma iniciativa que debería alimentar la innovación.

El problema no es que los modelos matemáticos existan; es que sirven como pretexto para políticas que confunden planificación con progreso. Aghion y Howitt argumentan que la intervención puede mejorar los resultados del mercado, pero en Colombia vemos cómo los incentivos erróneos, los subsidios mal dirigidos y la sobreregulación han generado un sistema donde lo nuevo enfrenta frenos burocráticos y lo viejo sobrevive artificialmente. El resultado es un mercado menos dinámico, con menor rotación empresarial y, por ende, menos innovación. La paradoja es evidente: cuanto más “científicas” y “precisas” se presentan las recomendaciones, más alejadas están de la realidad productiva del país.

El caso colombiano también revela la relevancia del componente subjetivo de la destrucción creativa. Las pequeñas y medianas empresas, los emprendedores de sectores emergentes y los innovadores locales dependen de su libertad para experimentar, fracasar y reinvertir. Cada regulación adicional que limita la capacidad de ajustar precios, reorganizar personal o pivotar modelos de negocio reduce la audacia empresarial y con ello, la posibilidad de descubrimientos significativos. La intervención estatal, bajo la lógica de los modelos de Aghion, parece ignorar que la verdadera riqueza se genera en los intersticios de la economía, donde lo inesperado encuentra espacio para florecer.

Aun más, la política fiscal y monetaria colombiana reciente refleja la tensión entre formalismo y realidad. La expansión del gasto público y la presión tributaria sobre la inversión productiva podrían interpretarse como una aplicación contemporánea de la “destrucción creativa regulada”, donde se busca corregir fallas de mercado a costa de ralentizar el propio proceso de renovación empresarial. Schumpeter alertó que el capitalismo podría perecer por exceso de regulación, y hoy, aunque el contexto es distinto, la advertencia resuena: sobrerregular es matar la audacia que hace posible la innovación.

Finalmente, este debate no es meramente teórico. La experiencia de países que han priorizado la flexibilidad empresarial frente a la intervención, como Singapur o Corea del Sur, muestra que la innovación florece cuando los agentes económicos pueden tomar riesgos, aprender de los fracasos y reorganizar recursos sin obstáculos excesivos. Colombia, con su enfoque regulatorio cada vez más intrusivo y con la narrativa de que el Estado debe corregir y guiar la innovación, corre el riesgo de consolidar un modelo donde la “creación” se estrangula antes de nacer.

El Nobel de 2025, más que un homenaje a la innovación, se convierte en una lección doble: por un lado, reconoce la importancia de entender cómo la economía crece; por otro, evidencia los peligros de traducir intuiciones dinámicas en fórmulas que justifican la intervención. En Colombia, esto se traduce en un llamado urgente: debemos proteger la libertad de los actores económicos para crear y destruir, permitir que lo nuevo emerja sin frenos artificiales y entender que la verdadera innovación no necesita permisos, sino espacios para prosperar. La destrucción creativa no destruye nada vital; detenerla, en cambio, podría destruir el futuro económico del país.


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