No se enseña a emprender, se aprende arriesgando


En Colombia, hablar de emprendimiento se ha vuelto una consigna política, un eslogan institucional y un pretexto académico. Todos hablan de “fomentar el espíritu emprendedor”, pero pocos comprenden que ese espíritu no se enseña en un aula, no se aprende en un diplomado ni se evalúa en un parcial. El emprendimiento no es una materia: es una actitud frente a la incertidumbre. Por eso, mientras el sistema educativo colombiano insiste en enseñar cómo evitar el error, el verdadero emprendedor aprende a convivir con él. No hay manual para anticipar el futuro, solo la intuición, el riesgo y la capacidad de adaptarse a lo que viene.

El emprendedor es, como bien lo describió Ludwig von Mises en La Acción Humana (1949), un especulador. Su éxito o fracaso depende de su capacidad de prever los acontecimientos inciertos del mercado, de interpretar las señales del entorno antes de que los demás las comprendan. Esa especulación no es azarosa ni irresponsable; es, en esencia, una forma de conocimiento práctico que solo se obtiene actuando. Y sin embargo, en Colombia, la educación sigue produciendo más empleados que visionarios, más seguidores de instrucciones que creadores de soluciones. Nos hemos acostumbrado a formar jóvenes para pasar exámenes, no para resolver problemas reales.

Esa desconexión entre la academia y la realidad productiva del país es alarmante. Según el Global Entrepreneurship Monitor (GEM, 2023), Colombia tiene una de las tasas más altas de intención emprendedora en América Latina (57% de la población adulta), pero también una de las más bajas de sostenibilidad empresarial a largo plazo: menos del 20% de los emprendimientos sobreviven más de tres años. No es falta de creatividad ni de esfuerzo; es una falla estructural del entorno educativo y económico. Se promueve la idea de “crear empresa”, pero no se enseña a asumir el riesgo, a lidiar con la frustración, ni a entender el mercado como un sistema dinámico de descubrimiento.

El sistema universitario colombiano, en su mayoría, sigue anclado a modelos del siglo XX, donde la seguridad laboral era el destino natural del profesional. Hoy ese paradigma ha muerto. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están reconfigurando el trabajo a una velocidad que ninguna reforma curricular alcanza a seguir. Según el Foro Económico Mundial (2024), el 44% de las habilidades laborales requeridas en el mercado actual cambiarán en los próximos cinco años. Sin embargo, gran parte de nuestras universidades aún forman profesionales para profesiones que ya están en decadencia. Frente a ese panorama, la enseñanza del emprendimiento debería ser un proceso de inspiración, no de instrucción; un espacio donde el error sea celebrado como fuente de aprendizaje y no castigado como evidencia de incapacidad.

Pero hay un problema más profundo: nuestra cultura teme al fracaso. En Estados Unidos, donde figuras como Elon Musk o Jeff Bezos construyeron imperios después de innumerables fracasos iniciales, el error es un paso natural del proceso. En Colombia, en cambio, fracasar se asocia con la vergüenza y el descrédito. Esa mentalidad se refleja en los jóvenes, que muchas veces prefieren empleos estables y mal pagados antes que arriesgarse a emprender. El resultado es una generación con talento, pero sin coraje.

Y no es un asunto menor. Mientras el país enfrenta tasas de desempleo juvenil cercanas al 18% (DANE, 2025), el discurso gubernamental sobre emprendimiento se queda en la retórica. Se crean fondos y programas, pero no ecosistemas de innovación real. Se abren ferias de emprendimiento, pero se imponen cargas tributarias y regulatorias que ahogan cualquier intento de independencia económica. En un país donde montar una empresa es más difícil que conseguir un contrato estatal, el verdadero emprendedor se convierte casi en un héroe anónimo.

El reto, entonces, no es enseñar emprendimiento, sino construir condiciones para que florezca. Inspirar a los jóvenes implica permitirles experimentar sin miedo, reducir las barreras burocráticas, conectar la universidad con la empresa y fomentar el pensamiento crítico por encima de la memorización. En otras palabras, necesitamos pasar de una educación para la obediencia a una educación para la acción. No basta con repetir los nombres de Steve Jobs o Richard Branson como modelos de éxito; hay que crear las condiciones para que surjan los nuestros, desde los barrios, desde las universidades públicas, desde los territorios que hoy son vistos como periferia.

El emprendedor colombiano no necesita discursos motivacionales; necesita libertad para intentar, para equivocarse y para aprender. Mientras el Estado siga viendo al empresario como un sospechoso de enriquecimiento y no como un generador de valor, seguiremos atrapados en la paradoja de un país con millones de ideas y pocas oportunidades. Y mientras las universidades sigan creyendo que el emprendimiento se enseña con diapositivas, los verdaderos innovadores seguirán aprendiendo en la calle, donde los errores cuestan dinero, pero también enseñan más que cualquier cátedra.

Adaptarse al cambio tecnológico y económico no es una opción, es una obligación. La universidad colombiana debe transformarse no solo para enseñar contenidos nuevos, sino para formar mentalidades distintas. Debe comprender que en un mundo gobernado por la inteligencia artificial, el pensamiento emprendedor será la única ventaja humana irreemplazable. No todos serán empresarios, pero todos necesitarán pensar como emprendedores: anticiparse, arriesgar, crear y adaptarse.

Porque al final, el emprendimiento no se enseña: se contagia. Se inspira con el ejemplo, con la libertad, con la posibilidad real de construir algo propio en un país donde el éxito no dependa del favor político, sino del mérito, la creatividad y la perseverancia. Colombia necesita menos cursos de emprendimiento y más libertad para emprender. Solo así podremos formar una generación que no tema al futuro, sino que lo invente.


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