Mercado eterno o espejismo: la eficiencia que no explica nuestra realidad
La hipótesis de los mercados eficientes es un sueño matemático vestido de realismo: una construcción elegante que promete que los precios siempre dicen la verdad, que el mercado jamás se equivoca y que toda búsqueda de ventaja es inútil porque la información disponible ya está incorporada instantáneamente en cada decisión. Si se acepta al pie de la letra, entonces la especulación es un acto de fe sin mérito y la inteligencia financiera no es una habilidad sino un accidente estadístico. Pero cuando esta teoría se enfrenta a la Colombia de hoy, a sus tensiones políticas, sus fluctuaciones cambiarias, sus incertidumbres fiscales y su desigual acceso a la información, queda claro que estamos ante una narrativa incompleta para explicar cómo funcionan realmente los mercados.
El comportamiento reciente de la inflación, que supera el 5% anual, no encaja con la idea de un sistema donde toda la información se incorpora de forma inmediata y perfecta. La inflación en Colombia sigue siendo superior a la meta del Banco de la República, reflejando rigideces de oferta, choques externos, rezagos en la transmisión monetaria y tensiones fiscales. No es simplemente “información nueva” que el mercado absorbe sin fricción; es una distorsión persistente que se siente en el bolsillo de cada colombiano cuando va al supermercado, que presiona negociaciones salariales y que alimenta expectativas futuras que no son homogéneas entre actores económicos.
Esta misma tensión se refleja en las decisiones del Banco de la República, que mantiene su tasa de política alrededor del 9% para contener la inflación sin asfixiar la actividad económica. Si los mercados fueran realmente eficientes, estas discusiones no tendrían peso; la información futura sería conocida en forma de probabilidades, los precios la habrían anticipado y no habría necesidad de ajustes graduales ni maniobras institucionales. Pero el banco central existe porque el mercado no puede autorregularse en medio de incertidumbre política, volatilidad externa y presiones distributivas internas. La política monetaria, con todas sus imperfecciones, demuestra que la información no fluye libre ni instantáneamente: es interpretada, debatida, resistida y, sobre todo, disputada.
El tipo de cambio colombiano es otra evidencia de que la supuesta eficiencia de los mercados es más mito que realidad cotidiana. La tasa de cambio ha mostrado apreciaciones y depreciaciones significativas a lo largo del año, influida por flujos de capital especulativo, noticias políticas locales, movimientos de tasas internacionales y percepciones sobre riesgo país. Si la HME fuese cierta, no existiría la posibilidad de arbitraje ni de anticipación informada: todo estaría ya reflejado en el precio. Pero las empresas importadoras y exportadoras saben que el dólar ofrece oportunidades, riesgos y márgenes que dependen no solo de datos económicos sino de decisiones políticas, de declaraciones presidenciales, de cambios regulatorios y de percepciones sobre estabilidad institucional. Es decir, depende de factores que no son ni gratuitos, ni homogéneos, ni disponibles para todos.
Si descendemos de los agregados macroeconómicos al terreno social y político, las fallas del paradigma eficiente se hacen aún más evidentes. La crisis en la prestación de servicios de salud, señalada por entidades como la Defensoría del Pueblo y debatida en el Congreso, muestra un sistema donde la información no fluye, donde los incentivos se distorsionan y donde el ciudadano paga el costo de errores administrativos, decisiones políticas contradictorias y reformas improvisadas. Nada de esto es “ruido” del mercado; es una realidad estructural que ningún ajuste instantáneo de precios puede corregir. Cuando un paciente espera meses por una cita de especialización, no estamos ante un fallo menor de información: estamos ante deficiencias regulatorias, institucionales y administrativas que generan costos sociales no internalizados por el mercado.
Y este mismo fenómeno se repite en debates como el salario mínimo. En Colombia, su negociación no es un proceso tecnocrático donde se analizan señales puras del mercado; es un escenario cargado de expectativas sociales, presiones políticas y demandas ciudadanas que se enfrentan a límites macroeconómicos. La HME sugeriría que los salarios reflejan la productividad y que cualquier intento de modificarlos artificialmente generará ineficiencias que el mercado corregirá con rapidez. Pero cuando millones de hogares ven erosionado su poder adquisitivo y exigen ajustes, lo que está en juego no es solo información: es política, justicia económica y estabilidad social. Ningún algoritmo financiero puede capturar eso.
Tampoco puede la HME explicar adecuadamente las enormes asimetrías de información que caracterizan a la economía colombiana. El supuesto de que todos los inversores interpretan la información de forma idéntica es insostenible en un país donde las grandes corporaciones cuentan con departamentos de análisis, acceso privilegiado a diagnósticos sectoriales y capacidad de influir en decisiones regulatorias, mientras que la mayoría de ciudadanos se informa a través de medios masivos, rumores o interpretaciones incompletas. Esta desigualdad informacional produce ganadores y perdedores sistemáticos, no aleatorios. Produce patrones previsibles de concentración de riqueza y oportunidades limitadas para quienes no tienen acceso a las mismas herramientas.
Sin embargo, la hipótesis de los mercados eficientes no debe descartarse por completo. Como modelo, es útil para establecer un punto ideal de referencia: una especie de brújula teórica que permite evaluar qué tanto se aleja la realidad de un mercado supuestamente perfecto. Pero allí precisamente radica la advertencia: en Colombia, el uso acrítico de esta hipótesis puede conducir a políticas equivocadas, reformas incompletas y una fe desmedida en que el mercado resolverá problemas que son, en esencia, institucionales y políticos.
Aceptar sin cuestionamiento la eficiencia de los mercados implicaría renunciar a fortalecer organismos reguladores, a mejorar la transparencia en sectores como salud y contratación pública, a diseñar políticas fiscales y monetarias prudentes, y a corregir desigualdades estructurales. Implicaría delegar en un mercado que no es perfecto, que no es simétrico y que no funciona en vacío, la tarea de equilibrar tensiones sociales que requieren intervención deliberada, responsabilidad pública y gobernanza fuerte.
La Colombia de hoy nos muestra que la eficiencia absoluta es un espejismo. La información no fluye sin fricción; los precios no reflejan toda la verdad; las instituciones sí importan; y las decisiones públicas determinan, en buena medida, el comportamiento de los mercados. Tal vez la lección más importante sea que no se trata de elegir entre mercado o Estado, sino de construir un entorno donde el mercado pueda operar con mayor transparencia y donde el Estado entienda que su papel no es reemplazarlo, sino garantizar reglas claras, información equitativa y estabilidad institucional. Ese es el verdadero desafío: superar la comodidad del modelo para enfrentar la complejidad del país real.

Comentarios
Publicar un comentario