La ideología de la felicidad


La felicidad, más allá de su aparente universalidad, siempre ha tenido raíces políticas. No en el sentido partidista, sino en la forma en que cada ser humano interpreta el mundo, su libertad y su lugar en la sociedad. En Estados Unidos, un grupo de investigadores encabezado por Brian Schaffner publicó en 2025 un estudio en PLOS ONE titulado Do conservatives really have better mental well-being than liberals?, basado en los datos del Cooperative Election Study (CES) de 2022 y 2023. El estudio, con más de 60.000 participantes, exploró algo que durante años había sido motivo de especulación: si las diferencias ideológicas también implican diferencias en el bienestar emocional y mental de las personas. Lo que encontraron, lejos de ser anecdótico, abrió una grieta en el pensamiento progresista contemporáneo y expuso la relación entre la percepción individual del mundo y la felicidad autodeclarada.

El estudio no fue un ejercicio de opinión, sino una investigación empírica rigurosa que comparó el nivel de bienestar mental entre quienes se identificaban con ideas conservadoras y quienes se ubicaban en posiciones más cercanas al progresismo. Se controlaron variables tan amplias como el nivel de ingresos, la educación, la raza, la orientación sexual, el estado civil y hasta la capacidad económica para enfrentar imprevistos. El hallazgo fue consistente: las personas con pensamiento conservador, en promedio, reportaron sentirse más felices, más estables y menos estresadas que las personas con pensamiento progresista, sin importar la categoría social a la que pertenecieran. Pero lo realmente disruptivo fue descubrir que este patrón se mantenía incluso dentro de las minorías. Según los datos, personas homosexuales o afrodescendientes que se identificaban con posturas conservadoras reportaban mayores niveles de bienestar que aquellas del mismo grupo que se consideraban progresistas o de izquierda. La conclusión inmediata no era moral, sino sociológica: la ideología política parece modelar la forma en que cada individuo interpreta la adversidad.

La investigación fue aún más interesante cuando los autores decidieron cambiar la redacción de las preguntas. En una segunda fase experimental, reemplazaron el término “salud mental” por “estado de ánimo general” y la diferencia entre conservadores y progresistas desapareció. Eso reveló algo profundo: más que un asunto clínico, la brecha entre ambos grupos reflejaba percepciones distintas sobre la vida, el éxito y la autocompasión. Mientras los progresistas tendían a autoevaluarse de manera más crítica, los conservadores tendían a ser más indulgentes consigo mismos. En palabras simples, unos miraban la vida con el lente de lo que falta, y los otros con el lente de lo que tienen.

Esa diferencia de percepción tiene consecuencias sociales tangibles. En entornos progresistas o estatistas, suele predominar la noción de injusticia estructural: la idea de que el sistema está diseñado para oprimir, que la desigualdad es el origen de todos los males y que el bienestar depende de transformaciones colectivas. En cambio, entre los conservadores y también entre los libertarios —corriente heredera del liberalismo clásico que reivindica la libertad individual y el mercado como motor del progreso—, se valora la responsabilidad personal, la autosuficiencia y la libertad como pilares del bienestar. Mientras unos piensan que la felicidad se construye cambiando las condiciones externas, los otros la entienden como una decisión interior frente a esas mismas condiciones. De ahí que el estudio haya concluido que las respuestas psicológicas ante el entorno están mediadas por la ideología: quien cree tener control sobre su destino tiende a sentirse más feliz que quien cree ser una víctima del sistema.

Este resultado, aunque basado en la sociedad estadounidense, tiene un eco inconfundible en América Latina, especialmente en Colombia. En nuestro país, donde el discurso de la lucha de clases, la redistribución y la victimización política ha ganado espacio en los últimos años, es fácil observar que la felicidad parece haber sido desplazada por la queja estructural. En Colombia, la política ha pasado de ser un instrumento para la convivencia a ser un escenario de competencia moral entre “buenos” y “malos”. En la retórica de algunos líderes, como Gustavo Petro, el éxito económico o la propiedad privada no son logros personales sino síntomas de injusticia social. Esa narrativa, al repetir que el país está dividido entre opresores y oprimidos, ha cultivado en amplios sectores un sentimiento de resentimiento y frustración permanente.

No es casual que en redes sociales proliferen discursos de odio hacia el empresario, el trabajador independiente o cualquiera que aspire a prosperar sin depender del Estado. Esa cultura de sospecha hacia el éxito individual, profundamente arraigada en sectores de izquierda, replica en el plano emocional lo que el estudio de Schaffner observó en Estados Unidos: una tendencia a medir la felicidad no por lo que uno tiene, sino por lo que el otro pierde. Cuando la idea de bienestar se define en función de que “a los ricos les vaya mal”, lo que se produce no es justicia sino una forma sofisticada de infelicidad colectiva.

En contraste, los colombianos que creen en el esfuerzo personal, en el mérito y en la libertad económica —valores que comparten tanto conservadores como libertarios— suelen mostrar una actitud más optimista frente a la vida, incluso en medio de la adversidad. Es una diferencia de enfoque, no de privilegio. El emprendedor que abre su pequeño negocio, el trabajador que busca crecer con su propio esfuerzo, o la familia que ahorra para comprar una casa, no son menos conscientes de las desigualdades, pero se niegan a permitir que el Estado o la ideología definan su destino emocional. Es lo que el estudio estadounidense demostró empíricamente: las personas que se perciben dueñas de su vida tienden a sentirse más felices, mientras las que depositan su bienestar en factores externos —el gobierno, el entorno o el reconocimiento social— se sienten más frustradas.

Cuando un colombiano siente orgullo por trabajar, invertir o generar empleo, está reafirmando su autonomía psicológica frente a la narrativa de la dependencia. Pero cuando el mismo ciudadano asume que su destino está en manos del Estado, o que su pobreza es producto exclusivo de la “injusticia del sistema”, entra en un círculo de impotencia y victimismo. De ahí que el estudio norteamericano, sin aplicarse en Colombia, sea fácilmente extrapolable a nuestro contexto: no es una diferencia de país, sino de mentalidad.

Podríamos pensar, por ejemplo, en la figura del empresario Mario Hernández, que ha sido criticado por su discurso meritocrático y su defensa del libre mercado. Sus declaraciones, a menudo polémicas, reflejan la visión de que el trabajo y la disciplina son fuentes de dignidad personal. Frente a él, las respuestas más airadas provienen de quienes perciben el éxito ajeno como una ofensa ideológica. Esa reacción no es económica, es emocional, y encaja perfectamente con la lógica del estudio: quienes interpretan el progreso como una injusticia estructural tienden a sentirse peor consigo mismos.

La felicidad, entonces, no depende tanto de las condiciones materiales como de la visión que se tiene del mundo. El pensamiento libertario —tan criticado por quienes promueven la intervención estatal— puede entenderse también como una filosofía emocional: promueve la idea de que cada individuo tiene la capacidad de mejorar su vida sin esperar la redención colectiva. En cambio, los discursos que promueven la dependencia del Estado, el resentimiento hacia los que producen o la culpabilidad por el éxito ajeno, terminan minando el bienestar emocional de toda una sociedad.

El estudio de Schaffner no fue diseñado para Colombia, pero sus conclusiones dialogan directamente con nuestra realidad. En un país donde la política se ha convertido en una batalla moral y el fracaso se justifica en nombre del sistema, es comprensible que la felicidad se haya vuelto un bien escaso. Si algo demostró la investigación estadounidense, es que la felicidad no está en el lado de la ideología, sino en la manera en que cada uno asume la responsabilidad sobre su propia vida. Y eso, sin encuestas ni laboratorios, lo sabemos de sobra: basta observar quiénes construyen, producen y avanzan pese a las dificultades, y quiénes siguen esperando que la felicidad llegue en forma de decreto.

La lección final es tan incómoda como cierta: no se puede ser feliz desde el resentimiento, ni libre desde la victimización. La ideología puede servir para explicar el mundo, pero nunca para justificar la infelicidad. En Colombia, como en cualquier otra parte, la felicidad sigue siendo el reflejo más claro de una mente que se siente libre. Y, como lo confirma la evidencia, la libertad —más que la igualdad— es la base emocional de todo bienestar duradero.


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