Elige Mal, Repite la Historia


La fotografía política que dejó Chile después de la primera vuelta electoral es un recordatorio brutal de que los pueblos pueden olvidar incluso sus lecciones más dolorosas. Resulta casi inexplicable que, después de décadas de convertirse en uno de los países más prósperos, estables y previsibles de América Latina, buena parte de la ciudadanía chilena vuelva a coquetear con una propuesta abiertamente comunista, representada esta vez en la figura de Jeannette Jara. Es una paradoja amarga: el país que fue ejemplo regional de crecimiento, reducción de pobreza e instituciones sólidas gracias a reformas inspiradas en el orden de mercado hoy parece rendirse nuevamente a las narrativas que prometen justicia social desde el Estado, pero que históricamente terminan produciendo el efecto contrario.

Chile no es un caso aislado, pero sí un símbolo. Durante años sostuvo indicadores que lo ubicaban consistentemente entre los mejores del continente: de acuerdo con la OCDE, desde los años noventa hasta 2015 fue el país que más rápido redujo la pobreza porcentual en la región, y entre 1990 y 2010 multiplicó su ingreso per cápita por más de tres veces. Ese progreso no fue casualidad, ni obra de discursos emotivos. Fue el resultado de un ecosistema donde el emprendimiento florecía, la inversión encontraba reglas claras y el Estado entendía que su función era permitir la iniciativa privada, no reemplazarla.

Sin embargo, la memoria colectiva es frágil. Las crisis políticas recientes, los estallidos sociales y las disputas ideológicas que se alimentan del resentimiento han abierto nuevamente una puerta a las ideas que durante el siglo XX destruyeron naciones enteras. Es como si el continente entero viviera atrapado en un ciclo donde el pasado se repite con disfraces nuevos: ahora el relato viene suavizado por palabras como “derechos sociales”, “igualdad sustantiva” o “Estado solidario”, pero las consecuencias económicas y políticas de esa visión siguen siendo las mismas que describieron Friedrich Hayek y Ludwig von Mises hace casi un siglo: cuando el Estado pretende planificar la vida de todos, inevitablemente termina asfixiando la libertad, desincentivando la productividad y empobreciendo a las naciones.

Lo más inquietante no es la candidatura de Jara en sí, sino lo que representa. Es el triunfo del relato sobre la evidencia. En Chile, la izquierda ha logrado posicionar la idea de que los avances de las últimas décadas fueron una ficción elitista, cuando los datos muestran que nunca antes tantos chilenos habían accedido a educación superior, servicios financieros, vivienda propia o movilidad social real. De acuerdo con el Banco Mundial, entre 2000 y 2017 Chile duplicó su clase media, pasando del 24% al 48% de la población. Pero el discurso político tiene una fuerza emocional que la estadística rara vez alcanza: basta sembrar la idea de que “el modelo fracasó” para que una parte de la población decida destruir aquello que lo hizo avanzar.

Y es aquí donde la reflexión se vuelve necesaria para Colombia. Porque mientras Chile parece navegar entre la nostalgia socialista y el arrepentimiento tardío, nuestro país se encuentra nuevamente frente a un ciclo electoral decisivo. Si algo ha demostrado América Latina es que los votantes, cuando están frustrados o cansados de la realidad, se vuelven especialmente vulnerables a las narrativas que prometen soluciones rápidas, redistribuciones mágicas y Estados omnipresentes. Venezuela cayó así. Argentina también. Y Cuba ni siquiera tuvo oportunidad de elegir.

El problema no es que la izquierda haga promesas; el problema es que ya sabemos, con evidencia empírica acumulada, que cuando gobierna, su incentivo político no es la prosperidad ciudadana sino la dependencia del Estado. Un ciudadano próspero es un ciudadano libre; uno pobre es manipulable. El “proyecto político” se sostiene mejor cuando la gente no puede vivir sin subsidios. Por eso, en todos los países donde han gobernado, la pobreza no disminuye: se multiplica. No es un error, es un mecanismo. Basta recordar que, según CEPAL, entre 2014 y 2022 Venezuela pasó de ser un país con niveles de pobreza moderados a uno donde más del 94% de la población cayó en pobreza y 76% en pobreza extrema. No fue una tragedia natural: fue una decisión ideológica.

Los colombianos no podemos darnos el lujo de mirar estos espejos y decir que “aquí no va a pasar”. Ya nos pasó. El deterioro económico, institucional y social que hemos vivido en los últimos años lo demuestra. Y aun así, existe el riesgo de que se abra nuevamente una brecha electoral que permita un regreso reforzado del proyecto estatista. Colombia, a diferencia de Chile, no tiene colchón institucional para soportar cuatro años de radicalismo sin colapsar; no tenemos el nivel de ahorro, ni la diversificación productiva, ni la fortaleza fiscal que tuvo Chile para absorber errores antes de derrumbarse. Un giro profundo hacia el intervencionismo, en nuestro contexto, sería devastador.

Pero aquí aparece otra lección que Chile deja al continente: la derecha, incluso cuando ha demostrado resultados, no gana por inercia. Requiere narrativas. Requiere conectar emocionalmente con la gente sin renunciar a la evidencia. Requiere explicar, con claridad y sin vergüenza, que la libertad económica no es un privilegio de ricos, sino el único camino probado hacia la movilidad social. En Chile, el sector liberal-libertario que encarna Johannes Kaiser habló con fuerza y con un discurso directo, pero llegó tarde para evitar el ascenso de un proyecto que ya venía avanzando desde el resentimiento y la manipulación emocional. Esa es la advertencia.

Lo que hoy ocurre en Chile es una señal de alarma para todos los países que buscan defender la libertad: si no se confronta el relato antes de que se consolide, después será demasiado tarde. La izquierda no llega para corregir; llega para controlar. No llega para mejorar; llega para refundar. Y no llega para administrar; llega para poseer. Cada experiencia histórica, desde la Rusia soviética hasta la Venezuela chavista, pasando por la Cuba castrista o la Nicaragua orteguista, demuestra que cuando un gobierno de ese tipo se instala, no se va fácilmente. Y para cuando la ciudadanía se arrepiente, el daño ya es irreversible.

Por eso, lo que está en juego en Colombia no es una elección más. Es la posibilidad de decidir si repetimos la historia de quienes eligieron mal y perdieron décadas de futuro, o si finalmente aprendemos de los errores ajenos y defendemos el único modelo que ha demostrado ser capaz de generar prosperidad: una economía libre, un Estado limitado y ciudadanos empoderados. Es hora de entender que el progreso no es un accidente; es una construcción diaria. Y que la libertad, una vez perdida, rara vez se recupera.

Los chilenos ya tomaron su decisión en primera vuelta. Nosotros aún tenemos tiempo de evitar el mismo error.


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