El Precio Real de la Libertad


En Colombia se ha vuelto casi un pecado hablar de dinero. La sola idea de afirmar que la mayoría de los problemas cotidianos no son sociales sino económicos desata incomodidades, como si reconocer la importancia del ingreso fuera una traición moral. Pero no hay dignidad sin autonomía material, y no hay autonomía material sin incentivos que premien el esfuerzo. Ese principio elemental, que no debería escandalizar a nadie, es precisamente lo que define la mentalidad capitalista: no la caricatura del empresario codicioso, sino la convicción profunda de que el esfuerzo individual merece recompensa y de que la prosperidad no nace de un decreto, sino del trabajo que cada persona está dispuesta a hacer para mejorar su vida.

Quien observa la realidad colombiana lo entiende rápido. La gente trabaja porque necesita sostener su hogar, porque quiere acceder a oportunidades, porque aspira a una movilidad social que, aunque se pregona como derecho universal, en la práctica está condicionada por la capacidad económica. Se estudia, se trasnocha, se pagan cursos, se adquieren deudas, se aceptan empleos sin vocación porque el salario —y no la poesía— es lo que llena la nevera. Podemos romantizar la frase “trabaja en lo que te apasiona”, pero en un país donde apenas el 17% de las personas considera que está en un empleo alineado con sus intereses según el DANE (2024), la pasión termina siendo un lujo minoritario. Lo demás es supervivencia. Y aquí aparece una verdad incómoda: si existe algún sistema que incluso permite aspirar a vivir de la pasión, es el capitalismo. No existe otro.

Pero para entender esto hace falta, primero, reconocer la dimensión real del esfuerzo en un país como Colombia. En un mercado donde el salario mínimo mensual legal vigente ronda los niveles más bajos de la región en términos de poder adquisitivo, el ciudadano promedio no trabaja por amor al arte: trabaja porque sin ingreso no hay futuro. E incluso trabajar no garantiza un futuro cómodo. Mientras en Estados Unidos —sí, el mismo país que muchos critican de manera automática— un trabajador que gana el salario mínimo federal puede comprar un carro usado financiado sin convertirlo en una proeza heroica, en Colombia esa misma meta se vuelve casi un proyecto de vida. No porque los colombianos trabajen menos, sino porque su ingreso, medido en dólares, pierde valor más rápido que su esfuerzo. Según cifras de la OECD, el poder adquisitivo del salario mínimo colombiano es uno de los más rezagados del continente, una consecuencia directa de la baja productividad, la informalidad persistente y una moneda debilitada por factores estructurales y políticos.

Y es aquí donde vale la pena introducir un giro necesario en la reflexión: la crítica no es hacia el trabajador ni hacia su esfuerzo, sino hacia un modelo económico mixto que, en lugar de liberar el potencial productivo, lo asfixia con cargas, trámites y restricciones que convierten metas sencillas en imposibles cotidianos. El joven que ahorra su merienda durante semanas para comprarse algo, el trabajador que suma un oficio nocturno para completar su presupuesto, el emprendedor que comienza desde cero vendiendo por redes sociales o desde su casa: todos ellos representan la esencia del capitalismo. No porque estén acumulando fortunas, sino porque están respondiendo al incentivo más humano que existe: transformar el esfuerzo en progreso.

Ahora bien, cuando esa lógica básica choca con un Estado que promete bienes “gratis”, se crea una ilusión peligrosa. Nada es gratuito: lo paga quien produce. Y ese productor, sea una empresa formal o un ciudadano independiente, termina cargando un aparato estatal cuya eficiencia no siempre está garantizada. El ministro que anuncia subsidios no genera riqueza; distribuye la que otros generaron antes. Por eso, países que comprenden este principio elevan la productividad y fortalecen su moneda, permitiendo que incluso los trabajadores de menor ingreso accedan a bienes que aquí se sienten inalcanzables. El carro en Estados Unidos no es barato por casualidad; es barato porque el sistema premia la producción, no la retórica.

Y aun así, hablar de capitalismo en Colombia se ha vuelto un tabú. Se confunde con explotación, se equipara con abuso o se demoniza con frases hechas que ignoran la experiencia empírica. Sin embargo, si miramos nuestra propia historia económica reciente, vemos que los momentos de mayor crecimiento han coincidido con periodos de apertura comercial, aumento del emprendimiento y expansión del mercado. No con controles de precios, no con subsidios desbordados, y definitivamente no con demonizaciones de quienes generan empleo. La economía colombiana ha demostrado una y otra vez que la prosperidad surge cuando se deja que la gente produzca, cree y genere valor sin tener que pedir permiso.

Aquí surge otra transición necesaria: la discusión no debería ser si el capitalismo es perfecto —no lo es— sino si las alternativas que se proponen funcionan mejor en la práctica. Y la evidencia en América Latina es contundente. Países que han optado por modelos estatistas y altamente intervencionistas enfrentan inflación desbordada, fuga de talento, pérdida de inversión y deterioro progresivo de la calidad de vida. El ejemplo venezolano, que durante décadas tuvo una de las economías más robustas del hemisferio, es suficiente para demostrar cómo las buenas intenciones ideológicas pueden destruir en pocos años el esfuerzo de generaciones. No hace falta mirar tan lejos: Argentina, con décadas de controles, subsidios y políticas anti-mercado, pasó de ser uno de los países más ricos del mundo a una economía que lucha por estabilizarse.

Sin embargo, Colombia aún tiene algo valioso: la aspiración. A diferencia de otros países donde ya se resignaron, aquí la gente todavía cree que trabajar duro puede mejorar su vida. Todavía se trasnocha por un sueño, todavía se estudia para ascender, todavía se emprende con creatividad. Ese instinto es capitalista, aunque algunos no lo acepten. Y ese instinto es también la última garantía de que Colombia no está condenada a repetir los errores de quienes creyeron que reemplazar la producción por redistribución era suficiente.

El ciudadano común —el que se sube a un bus a las 5 a.m., el que vende por catálogo, el que hace domicilios, el que trabaja horas extra, el que ahorra para una moto, el que sueña con un carro— no es un engranaje del sistema: es el sistema. Y cuando ese ciudadano entiende que su esfuerzo tiene valor, que su progreso depende de él y no de un decreto, y que el capital no es un enemigo sino una herramienta, surge una verdad que incomoda a muchos pero libera a otros: la libertad económica no es un privilegio, es una necesidad humana.

El precio real de la libertad es el esfuerzo. Pero el premio real del esfuerzo solo existe cuando el sistema económico lo recompensa. Y en Colombia, todavía estamos a tiempo de decidir si queremos un país donde el trabajo valga más que el discurso, donde el ingreso crezca más que la inflación, donde la aspiración no sea vista como soberbia sino como motor.

Porque al final, lo que mantiene andando al mundo no son los gobiernos; es la gente que produce, que arriesga, que compite, que crea valor. Y esa gente —aunque no lo diga, aunque a veces lo niegue, aunque otros la critiquen— es profundamente capitalista.


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