El Peso de lo Impredecible
En una época en la que muchos insisten en encajar a Colombia dentro de marcos teóricos rígidos, modelos deterministas o explicaciones que pretenden reducir la complejidad humana a fórmulas, conviene recordar una verdad simple pero decisiva: los individuos no son piezas intercambiables, ni engranajes obedientes de un sistema histórico predefinido. Cada colombiano, desde el joven que emprende con una tienda virtual en Barranquilla hasta el campesino del Catatumbo que decide migrar a la ciudad buscando seguridad, actúa bajo circunstancias irrepetibles, influencias personales invisibles y motivaciones que ninguna teoría política puede capturar del todo. Pretender que la historia nacional obedece exclusivamente a fuerzas macroeconómicas, a ideologías predecibles o a cálculos colectivos es ignorar que son precisamente estas decisiones particulares, casi siempre impredecibles, las que terminan alterando el curso de la sociedad.
Esta constatación debería alejarnos de la tentación del determinismo político, que en Colombia adopta varias formas. A veces se manifiesta en quienes sostienen que el país está condenado a repetir ciclos de corrupción sin importar quién gobierne; otras veces aparece en discursos que aseguran que la pobreza estructural es el resultado inevitable de la desigualdad latinoamericana; y también se cuela en la retórica que considera al voto popular como una masa homogénea manipulada por medios, influencers o maquinarias. Pero la realidad es más disruptiva: ningún individuo es totalmente moldeable, ningún comportamiento es absolutamente predecible y ninguna sociedad está encerrada en un destino inalterable. La historia colombiana está llena de ejemplos que desmontan estas certezas. El ascenso imprevisto de líderes regionales que luego transforman la política nacional, la resistencia inesperada de comunidades que frenan políticas estatales, el éxito espontáneo de emprendimientos que cambian dinámicas locales, o incluso el fracaso de reformas que parecían inevitables muestran que la acción humana introduce una dosis de incertidumbre que desarma cualquier doctrina determinista.
Cambiar de perspectiva exige reconocer que la fuente más poderosa de transformación en Colombia no está en los grandes discursos ideológicos, sino en la capacidad de los individuos de generar ideas que rompen inercias. Basta observar fenómenos contemporáneos. Los movimientos ciudadanos que desafían la pasividad histórica y logran impulsar debates públicos sin respaldo partidista; los jóvenes investigadores que, desde universidades públicas con presupuestos limitados, producen conocimiento que luego influye en decisiones estatales; los empresarios que reinventan modelos de negocio sin esperar regulaciones favorables; o las comunidades barriales que resuelven sus problemas sin auxilio del Estado. Ninguno de estos actores responde a patrones previsibles. Su creatividad, como plantearía Friedrich Hayek en su defensa del conocimiento disperso, emerge precisamente porque nadie puede centralizar ni anticipar toda la información que los individuos manejan en su día a día.
Esta dinámica es visible también en la política reciente. La volatilidad electoral colombiana demuestra que, lejos de ser masa dócil, el votante está reaccionando a circunstancias personales que cambian mes a mes. El mismo ciudadano que votó por Gustavo Petro en 2022 pudo haberlo hecho por razones tan diversas como el cansancio frente a la desigualdad, la expectativa de cambio o incluso la fascinación con el discurso de justicia social, pero ese mismo votante hoy puede estar rechazando sus reformas por motivos igualmente particulares: temor a la incertidumbre económica, desconfianza en sus aliados, o un simple balance personal entre promesas y resultados. Esa fluctuación, lejos de ser señal de incoherencia colectiva, es evidencia de que los individuos, enfrentados a nuevas circunstancias y nueva información, ajustan sus decisiones de forma imposible de predecir con exactitud.
Introducir una nueva idea en esta reflexión permite profundizar aún más en la realidad nacional: la impredecibilidad no es solo una característica humana, sino una fuerza histórica. Lo vimos con el proceso de paz con las FARC, donde decisiones individuales—de comandantes, negociadores, líderes sociales y hasta empresarios rurales—terminaron influyendo tanto como las grandes estrategias estatales. Lo vemos también en los fenómenos económicos: la informalidad laboral, que según el DANE supera el 55% en algunas ciudades, no es únicamente el resultado de variables estructurales, sino del cálculo cotidiano que millones de colombianos hacen entre riesgo, ingreso, libertad y supervivencia. Esas microdecisiones, aunque invisibles para los modelos econométricos, terminan configurando de manera decisiva la economía nacional.
Al traer un referente internacional para fortalecer el argumento, resulta útil recordar a Nassim Nicholas Taleb, quien advierte que la historia humana está marcada por eventos altamente improbables pero profundamente transformadores, los llamados “cisnes negros”. Bajo esta lógica, Colombia no es la excepción: la aparición de liderazgos inesperados, la irrupción de nuevas tecnologías que reconfiguran sectores enteros o incluso el surgimiento de movimientos sociales espontáneos pueden alterar más al país que décadas de políticas estatales cuidadosamente planificadas. No se trata de glorificar la incertidumbre, sino de entender que es la creatividad individual, no las estructuras rígidas, la que impulsa las rupturas históricas.
Y al volver al terreno cotidiano, un ejemplo más sencillo muestra esta idea en su expresión más accesible: la persistencia de las tiendas de barrio frente a la expansión de grandes cadenas de supermercados. Ni la teoría económica clásica, ni la planificación corporativa, ni la intuición determinista podrían haber predicho que, en pleno auge de la globalización, millones de colombianos seguirían prefiriendo la cercanía emocional y práctica de “la tienda de la esquina”. Allí el dueño conoce al cliente, le fía sin burocracia, entiende sus horarios, conversa sobre el barrio y se adapta a la rutina diaria. Ese tipo de relaciones personales es imposible de cuantificar, pero es tan determinante que ninguna multinacional ha podido desplazarlo completamente. Lo mismo ocurre con papelerías, gimnasios locales, talleres familiares y pequeños emprendimientos que sobreviven porque responden a necesidades humanas que no caben en un modelo matemático.
Colombia, en su complejidad y diversidad, es un recordatorio insistente de que la historia no la hacen las fuerzas impersonales, sino los individuos que actúan desde sus circunstancias particulares. Por eso resulta peligroso abrazar doctrinas que prometen explicarlo todo: ideologías que aseguran que el mercado lo resuelve todo, discursos que atribuyen todos los males al neoliberalismo, narrativas que responsabilizan de la pobreza únicamente al Estado o a los grupos económicos, o promesas políticas que suponen que basta una reforma para corregir décadas de desigualdad. La realidad es más cruda y más fascinante: cada colombiano es un nodo de creatividad, de juicio, de errores, de intuiciones y de aspiraciones que no se pueden programar.
Tal vez ese sea el verdadero mensaje escondido en las mejores historias de ciencia ficción, donde mundos enteros cambian por decisiones aparentemente pequeñas de individuos corrientes. Porque si algo demuestra el presente colombiano es que cada persona posee un potencial impredecible, capaz de alterar narrativas que parecían escritas de antemano. Y comprender eso no solo invita a abandonar el determinismo, sino a valorar la capacidad humana de generar ideas que desafían lo establecido y dan forma, día a día, a la historia que todavía estamos escribiendo.
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