El espejismo de la riqueza fáci
En tiempos de incertidumbre económica, la inflación se ha convertido en el enemigo silencioso que corroe lentamente la confianza en el dinero. En Colombia, la promesa de estabilidad se enfrenta a una realidad inquietante: la de una economía que no logra contener el aumento de precios, mientras la población busca desesperadamente proteger su poder adquisitivo. La ilusión de escapar de la inflación mediante la especulación se ha convertido en un reflejo del miedo, pero también en un síntoma de desconfianza en las instituciones financieras y en la moneda misma. En medio de este caos, muchos colombianos creen haber encontrado refugio en los mismos mecanismos que destruyen la estabilidad que anhelan.
El dinero, tanto en su forma física como digital, es hoy más frágil que nunca. En una época en que los gobiernos imprimen billetes y los bancos centrales manipulan tasas con la misma facilidad con que se cambia de discurso político, el valor de la moneda se ha vuelto una ficción colectiva sostenida por la fe. La inflación en Colombia, que cerró 2024 con un 7,36% según el DANE, no es solo un número; es una sensación cotidiana de pérdida. Cada día, los colombianos sienten que su dinero rinde menos: en el mercado, en el arriendo, en los servicios. Esta pérdida de confianza no se traduce en ahorro, sino en fuga. Una fuga hacia la especulación.
El auge de las criptomonedas, los fondos inmobiliarios, los CDT de alto rendimiento o incluso las apuestas financieras digitales son respuestas distintas a una misma angustia: la de no quedarse atrás mientras el peso se devalúa y los precios suben. Pero el problema es que la especulación no es un refugio, sino un espejismo. Es el intento de convertir la incertidumbre en ganancia, sin aceptar que toda ganancia sin productividad real es, por naturaleza, insostenible. Lo advirtió Friedrich Hayek hace décadas: cuando el dinero se manipula desde el Estado y se distorsionan los precios del mercado, las personas terminan tomando decisiones erradas, empujadas por señales falsas. El resultado no es riqueza, sino burbujas.
En el contexto colombiano, esta dinámica se ve con claridad. Mientras el Banco de la República sube o baja las tasas buscando “controlar la inflación”, los ciudadanos interpretan esas decisiones como oportunidades de especulación. Los bancos ofrecen CDT al 11% anual y muchos creen haber encontrado el refugio perfecto, sin comprender que si la inflación sigue cercana al 8%, la rentabilidad real apenas supera el 2%. Otros corren hacia los bienes raíces, convencidos de que “la tierra nunca pierde valor”, olvidando que los precios de vivienda ya muestran signos de sobrevaloración en ciudades como Bogotá o Barranquilla, donde el costo del metro cuadrado ha crecido más rápido que los salarios reales. Este fenómeno recuerda los años previos a 2008, cuando millones creyeron en el mito de que las propiedades siempre suben.
La historia, sin embargo, es implacable con los ingenuos financieros. En los ochenta, la burbuja japonesa convirtió acciones y terrenos en símbolos de riqueza instantánea hasta que todo colapsó. En 2008, los bancos norteamericanos hicieron del crédito un juguete hasta que se quebró el sistema global. Hoy, en Colombia, la especulación adopta formas más sofisticadas, pero igual de peligrosas: desde plataformas digitales que prometen duplicar inversiones hasta jóvenes que ven en las criptomonedas un boleto rápido a la libertad financiera. El resultado es una economía cada vez más desconectada de la producción, donde el valor no se crea, solo se intercambia, se infla y se destruye.
Intentar escapar de la inflación especulando es, en esencia, intentar apagar el fuego con gasolina. Porque la inflación no se vence apostando, sino produciendo. La especulación solo desplaza el problema, lo disfraza, lo posterga. Adam Smith ya advertía que la verdadera riqueza de una nación no reside en el dinero circulante, sino en la capacidad productiva de su gente. Pero hoy Colombia parece atrapada en la lógica opuesta: creer que la prosperidad puede venir del flujo financiero y no del trabajo real, de la innovación o de la creación de valor. Mientras tanto, el Estado incrementa su deuda pública —que en 2025 ya supera el 56% del PIB según el Ministerio de Hacienda—, y el peso sigue perdiendo poder frente al dólar. Todo esto genera un entorno perfecto para el autoengaño colectivo: el de pensar que podemos ganarle a un sistema que en realidad se alimenta de nuestras propias decisiones.
El economista Nouriel Roubini, conocido como “Doctor Doom” por haber anticipado la crisis de 2008, advirtió recientemente que el mundo se dirige a una “estanflación prolongada”: bajo crecimiento, alta inflación y endeudamiento excesivo. Colombia no escapa a ese diagnóstico. La deuda crece, la inversión productiva se estanca, y el consumo se sostiene gracias al crédito y no al ingreso. La especulación, entonces, no solo es una huida, sino una trampa moral: nos hace creer que estamos actuando inteligentemente cuando en realidad estamos contribuyendo a inflar el próximo colapso.
La fragilidad del dinero colombiano se revela no solo en los mercados financieros, sino en la vida cotidiana. Las familias que antes ahorraban en pesos ahora compran dólares o euros, aunque los guarden debajo del colchón. Los comerciantes ajustan precios cada semana “por si acaso”. Los jóvenes prefieren invertir en una aplicación que promete rendimientos diarios antes que en educación o emprendimiento. Este fenómeno no es racional; es emocional. Es el miedo al empobrecimiento, el miedo a ser el último en salir del juego. Pero en la economía, como en el póker, cuando todos corren a la mesa creyendo que son más listos que los demás, la mayoría termina perdiendo.
Tal vez el debate de fondo en Colombia no sea cómo ganarle a la inflación, sino cómo recuperar la confianza en el trabajo, en la producción, en la creatividad y en la innovación. Mientras sigamos persiguiendo ganancias instantáneas, seguiremos siendo cómplices de un modelo que destruye el valor que pretende proteger. En últimas, el dinero no es más que un acuerdo social sobre confianza. Cuando esa confianza se reemplaza por la codicia o el miedo, el dinero se vuelve humo, y las burbujas, inevitables.
Hoy, en un país donde la deuda es alta, la especulación está descontrolada y lo que parece demasiado bueno para ser verdad lo es, Colombia se enfrenta al espejo de su propia economía: una sociedad que, en lugar de construir valor, intenta especular con él. El desafío no está en buscar refugios financieros, sino en reconstruir la cultura del valor real. Porque solo cuando entendamos que la riqueza no se improvisa ni se apuesta, sino que se produce, dejaremos de correr detrás de las burbujas que nosotros mismos inflamos.
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