Colombia y la Ilusión de la Libertad Democrática
Cada generación que ha amado la libertad ha tenido que aprender que su defensa no se hereda: se conquista. El pensamiento liberal, que nació como una rebelión frente a la tiranía de los reyes, enfrenta hoy un enemigo más difuso pero igual de poderoso: la tiranía del consenso. En Colombia, como en muchas democracias modernas, el discurso político ha sustituido la responsabilidad individual por la dependencia colectiva, y la libertad se ha vuelto un concepto decorativo, útil para campañas pero ausente en la práctica cotidiana. El poder, sea monárquico o democrático, tiende a concentrarse, a justificar su expansión con nobles razones, y a convertir el bienestar en excusa para el control. La historia enseña que el Estado rara vez devuelve lo que ha tomado, y sin embargo la sociedad contemporánea sigue creyendo que votando se preserva la libertad, cuando en realidad, como advertía Friedrich Hayek, cada intervención en nombre de la justicia social puede ser el primer paso hacia la servidumbre.
En Colombia, el debate sobre la libertad se ha reducido a una caricatura ideológica: unos la asocian con el mercado, otros con la resistencia social, y casi nadie con la responsabilidad moral del individuo. Pero la libertad no es una bandera de derecha ni una consigna de izquierda; es la condición previa para que cualquier sociedad evolucione, innove y prospere. Sin embargo, el ambiente cultural actual tiende a castigar al individuo libre. Desde la educación pública hasta el discurso político, se enseña que la desigualdad es una injusticia que debe corregirse mediante la redistribución estatal, y no un fenómeno natural de una sociedad diversa y competitiva. Quien prospera es visto con sospecha, y quien fracasa, con indulgencia. El resultado es una ciudadanía emocionalmente dependiente del poder, incapaz de asumir su destino sin subsidio ni permiso. Este clima de resentimiento institucionalizado erosiona el espíritu de libertad mucho más que cualquier ley.
El pensamiento liberal requiere un suelo fértil donde florecer, y ese suelo está compuesto por espacios independientes: medios libres, universidades abiertas al disenso, plataformas digitales donde el pensamiento no sea castigado por algoritmos moralistas ni cancelado por sensibilidades ideológicas. En Colombia, esos espacios se reducen cada vez más. Los medios están cooptados por intereses políticos o económicos; las universidades, por activismos que confunden militancia con pensamiento; y las redes sociales, por un nuevo tipo de censura moral que disfraza la intolerancia de virtud. No se trata de nostalgia por un pasado de libertad absoluta —que nunca existió— sino de reconocer que una sociedad sin debate auténtico se condena al dogma, y el dogma, tarde o temprano, termina justificando la represión.
Los liberales clásicos entendían que el mayor enemigo de la libertad no era el tirano, sino la indiferencia. Tocqueville lo advirtió con claridad: las democracias no caen por golpes de Estado, sino por la comodidad con que los ciudadanos delegan su soberanía en burócratas que prometen cuidarlos. En Colombia, la expansión del Estado bajo el discurso del bienestar ha generado una cultura de dependencia que crece a la sombra del clientelismo. Programas como el Ingreso Solidario o las transferencias condicionadas, si bien tienen un impacto inmediato en la reducción de la pobreza monetaria, consolidan una estructura mental asistencialista que debilita la autonomía de los individuos. Según el DANE, en 2023 más del 40% de los hogares colombianos recibió algún tipo de subsidio del Estado. Esa cifra revela una realidad inquietante: gran parte del país ya no ve al Estado como árbitro neutral, sino como proveedor permanente.
La libertad necesita ciudadanos que piensen, no súbditos que esperen. En las democracias modernas, el voto se ha convertido en un ritual vacío que reemplaza la reflexión por la obediencia colectiva. Cada cuatro años se elige al salvador de turno, y cada cuatro años se renueva la frustración nacional. El problema no es solo político, es cultural: hemos confundido la democracia con el bienestar, el derecho con el privilegio y la igualdad con la uniformidad. Mientras tanto, la verdadera libertad —la de pensar, crear, disentir y prosperar sin pedir permiso— se vuelve sospechosa. Los emprendedores enfrentan regulaciones sofocantes; los empresarios son señalados como enemigos del pueblo; y el ciudadano promedio, atrapado entre impuestos altos y servicios ineficientes, renuncia a la esperanza de progreso individual. El costo de la libertad en Colombia ya no es la persecución, sino el desánimo.
Sin embargo, incluso en medio de ese clima, la libertad sigue encontrando refugio. Hoy no está en los partidos ni en los ministerios, sino en pequeñas comunidades intelectuales, en proyectos culturales independientes, en voces que se niegan a aceptar que el pensamiento deba adaptarse al dogma político. Son espacios físicos o virtuales donde aún se puede discutir sin miedo a ser expulsado del debate público. En tiempos donde todo se polariza, preservar esos lugares es una forma de resistencia civil. Cada biblioteca abierta, cada medio independiente, cada aula donde se promueve el pensamiento crítico es una trinchera frente al poder. Porque, como decía Karl Popper, la libertad no puede defenderse con silencio; necesita crítica constante, necesita conversación.
Colombia vive hoy la paradoja de toda democracia que envejece: mientras crece la participación electoral, se reduce la comprensión de lo que significa ser libre. Las promesas de justicia social se han convertido en instrumentos de control político. El gobierno, sea del signo que sea, se presenta como redentor, y la ciudadanía como víctima necesitada de salvación. En este contexto, el desafío no es solo conservar instituciones republicanas, sino reavivar la cultura de la libertad en la mente de las personas. Si la libertad desaparece del pensamiento, las instituciones solo serán fachadas vacías. Por eso, el futuro de la libertad no se vota: se preserva cada día en los espacios donde se piensa, se escribe, se discute y se enseña a vivir sin depender del poder. La defensa más radical de la libertad no está en las urnas, sino en la conciencia de quienes se niegan a entregar su espíritu al Estado, aunque este prometa cuidarles de todo, incluso de sí mismos.
Comentarios
Publicar un comentario