Camisetas, Salarios y Desigualdad
Hay una ironía dolorosa en la economía colombiana actual: mientras millones de aficionados celebran los goles de sus equipos europeos favoritos, pocos podrían pagar una camiseta oficial sin sacrificar buena parte de su salario mensual. En Colombia, una camiseta original de fútbol, importada desde Europa o Estados Unidos, puede costar entre 400.000 y 600.000 pesos, el equivalente a casi una cuarta parte del salario mínimo legal vigente, fijado en 1.300.000 pesos para 2025. La misma prenda, en España o Alemania, ronda los 90 euros, apenas el 6% o 7% del salario mínimo en esos países. Esa desproporción, que va más allá del fanatismo deportivo, refleja una verdad incómoda: la moneda colombiana se ha devaluado al punto de desanclar el trabajo nacional de los precios internacionales.
El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. El peso colombiano se ha depreciado más de un 20% en los últimos tres años frente al dólar y casi un 30% frente al euro. Mientras tanto, los precios de los bienes importados —como ropa deportiva, tecnología o alimentos procesados— se ajustan inmediatamente a las fluctuaciones del mercado internacional. Sin embargo, los salarios en Colombia permanecen estáticos, atados a una economía de baja productividad y a un modelo de ajuste político que negocia incrementos nominales, pero no reales. Así, el poder adquisitivo se desangra lentamente bajo el disfraz de un crecimiento que nunca llega a los bolsillos.
El caso de las camisetas es ilustrativo por su carga simbólica y económica. Los clubes europeos obtienen regalías del 10% al 15% sobre cada prenda vendida, mientras las grandes marcas como Adidas o Nike concentran la mayor parte del margen. El resto lo determinan costos logísticos, impuestos y tipo de cambio. Pero cuando esa cadena global aterriza en Colombia, el diferencial de poder adquisitivo hace que un producto de consumo masivo en Europa se convierta en un lujo aspiracional aquí. Lo que en Madrid es una compra impulsiva después de cobrar la quincena, en Barranquilla o Medellín se transforma en un gasto prohibitivo que simboliza la distancia entre dos mundos económicos: el del consumidor global y el del trabajador local atrapado en una moneda débil.
Este desfase revela un problema estructural. En economías dolarizadas o estables, el salario mantiene una relación proporcional con los precios internacionales. En Colombia, en cambio, el trabajo nacional está atado a una moneda frágil y a un aparato productivo que depende en exceso de importaciones. Cada vez que el peso se devalúa, no solo sube el precio del dólar: sube el costo de vivir. Los alimentos importados, los repuestos, los celulares, los uniformes deportivos, incluso los medicamentos, se encarecen. Pero el salario mínimo, reajustado políticamente una vez al año, apenas compensa la inflación local, no la global. Así, el colombiano trabaja en pesos, pero vive en un mundo de precios en dólares.
La paradoja se agrava por la psicología económica del consumo aspiracional. La globalización nos enseñó a desear lo mismo que consume un europeo o un estadounidense, pero no nos permitió ganar lo mismo. Las redes sociales amplifican esa brecha: el joven colombiano que sigue al Real Madrid o al Manchester City ve las mismas camisetas, los mismos tenis y los mismos anuncios, pero con un ingreso cien veces menor al de un joven promedio en Europa. En esa tensión simbólica, el mercado crea frustración, no bienestar. Y en esa frustración, se alimenta una percepción distorsionada del éxito y del progreso, donde la apariencia pesa más que la realidad económica.
Sin embargo, el problema de fondo no es el precio de una camiseta, sino lo que revela: el deterioro del valor real del trabajo en Colombia. Un país donde el salario mínimo apenas cubre lo básico, y donde la moneda pierde cada año su capacidad de compra frente al mundo, no puede hablar de crecimiento sostenible. La devaluación permanente actúa como un impuesto silencioso sobre los trabajadores y los ahorradores. El Estado gasta más, el ciudadano compra menos y las empresas se ajustan reduciendo costos laborales o trasladando el golpe al consumidor. Es un círculo vicioso que refleja la falta de una política monetaria que proteja el ingreso nacional frente al mercado global.
Hay quienes argumentan que la devaluación favorece las exportaciones, pues abarata los productos colombianos en el exterior. Pero ese argumento ignora la estructura de nuestra economía: exportamos materias primas con poco valor agregado e importamos bienes manufacturados. En ese contexto, la devaluación no industrializa, empobrece. Los países que han usado su moneda como herramienta de competitividad —como Corea del Sur o Singapur— lo hicieron acompañando la política cambiaria con una transformación productiva interna, no con discursos. Colombia, en cambio, se ha conformado con una economía extractiva y dependiente, donde cada crisis global golpea al ciudadano común mucho más que al Estado o al gran capital.
La consecuencia más grave de esta distorsión es la pérdida de confianza en el esfuerzo individual. Cuando un joven profesional compara su salario con los precios globales, comprende que, aunque trabaje el doble, nunca alcanzará el mismo nivel de consumo que un europeo medio. Esa brecha destruye el incentivo a producir y empuja a muchos hacia la informalidad o la emigración. No es casual que miles de colombianos busquen oportunidades en economías donde su trabajo se mide en monedas fuertes: no huyen del país, huyen de la devaluación.
En el fondo, la distancia entre el salario colombiano y los precios del mundo es la distancia entre una economía cerrada en sí misma y un mercado globalizado que no espera. Mientras no se fortalezca la productividad, se diversifiquen las exportaciones y se fomente un salario vinculado al valor real del trabajo, seguiremos pagando camisetas en euros con bolsillos en pesos. La devaluación no es solo un fenómeno financiero: es un espejo que refleja lo que valemos en el mundo. Y por ahora, ese reflejo muestra un país que trabaja duro, pero que no puede pagar ni siquiera la camiseta del equipo que lo inspira.
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