Mises y la moral estatizada: una advertencia vigente para Colombia
El reciente incremento de la violencia política en Colombia, evidenciado de forma dramática por los ataques, amenazas y agresiones verbales y físicas contra líderes públicos como Miguel Uribe Turbay, pone en evidencia una fractura moral que Ludwig von Mises anticipó hace más de medio siglo: la sustitución de la ética individual por la moral del Estado. Lo que en apariencia son discrepancias ideológicas se ha transformado en un conflicto moral, donde los oponentes no son vistos como adversarios en el debate público, sino como enemigos del bien, de la justicia o del pueblo.
En la Colombia actual, la crispación política se alimenta de una peligrosa tendencia: moralizar la política y politizar la moral. En lugar de discutir sobre ideas, programas o resultados, los discursos públicos se estructuran en torno a categorías morales absolutas. Los unos son “los buenos”, “los justos”, “los defensores del pueblo”; los otros, “los corruptos”, “los enemigos de la patria”, “los opresores”. De esta forma, el espacio de deliberación racional se sustituye por una guerra de virtudes impuestas, donde la persuasión se abandona y la coerción —física, legal o mediática— se convierte en el medio legítimo para imponer el bien.
En el capítulo 8 de La acción humana, Mises advirtió que el universalismo ético, al pretender establecer una moral única y obligatoria, inevitablemente desemboca en sistemas de gobierno teocráticos. El colectivismo, en cualquiera de sus versiones, convierte al Estado en un nuevo dios secular, al que se le atribuyen cualidades divinas: sabiduría, justicia, bondad y autoridad moral. Y cuando el Estado —o quienes lo dirigen— asumen el papel de intérpretes de esa moral superior, los individuos dejan de ser ciudadanos para convertirse en súbditos de una fe política.
En Colombia, esa deriva se manifiesta en el lenguaje cotidiano de la política. Desde la izquierda hasta la derecha, los discursos tienden a reivindicar una autoridad moral exclusiva: unos en nombre de “la justicia social”, otros en nombre del “orden” o “la defensa de la libertad”. El resultado es el mismo: el adversario deja de ser un sujeto racional y pasa a ser un enemigo moral. Bajo esta lógica, figuras como Miguel Uribe Turbay —representante de un sector liberal en defensa del libre mercado, la institucionalidad y el Estado de derecho— no son simplemente contradictoras ideológicas, sino “villanos” en un relato político que necesita culpables para sostener su narrativa del bien contra el mal.
Mises explicaba que cuando el bien común deja de ser una construcción racional basada en la cooperación voluntaria y se convierte en un mandato político, el conflicto es inevitable. Si el Estado se asume como árbitro de la virtud, cualquier desacuerdo se vuelve una herejía. La violencia política, entonces, no surge por accidente: es el desenlace lógico de un sistema donde la moral se impone desde arriba y la libertad individual se considera peligrosa.
Colombia, a pesar de su larga tradición democrática, vive hoy un proceso de degradación del discurso público donde el Estado se confunde con la moral. Las instituciones dejan de ser garantes de derechos y se transforman en instrumentos de castigo contra quienes piensan distinto. En ese contexto, la agresión contra un político —sea Miguel Uribe, Gustavo Petro o cualquier otro— deja de ser un hecho aislado para convertirse en síntoma de una enfermedad más profunda: la intolerancia ética que produce el moralismo político.
Mises sostuvo que la única ética verdaderamente compatible con la libertad es la que reside en el individuo. La sociedad libre no necesita una moral única impuesta por decreto, sino la coexistencia pacífica de múltiples morales personales siempre que ninguna interfiera en la libertad del otro. Esa idea es radicalmente opuesta al colectivismo moral que domina la política colombiana actual, donde cada facción se siente investida del derecho de “redimir” al país de sus opositores.
Si Colombia no logra restablecer el principio de que la moral es un asunto de conciencia y no de coacción, seguirá atrapada en el ciclo de odio, cancelación y violencia que amenaza su estabilidad institucional. Mientras los ciudadanos sigan creyendo que solo hay un modo correcto de ser “bueno” o “patriota”, y que el Estado debe imponerlo, la guerra moral seguirá devorando la república liberal que alguna vez soñamos ser.
Mises no hablaba solo de economía: hablaba del alma de la civilización. Su advertencia resuena hoy en Colombia con fuerza: cuando la política reemplaza a la moralidad individual, la libertad muere y la violencia se convierte en virtud.
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