La verdad secuestrada


Colombia vive un tiempo político donde la verdad se ha vuelto un acto de rebeldía. Ya no importa si algo es cierto o falso, sino quién lo diga. La verdad ha dejado de ser un valor universal para convertirse en una bandera de guerra ideológica. Si la pronuncia alguien de derecha, se le acusa de odio de clase; si la repite alguien de izquierda, se eleva como palabra sagrada. En este escenario, el pensamiento libre se extingue, y el ciudadano común, confundido, termina creyendo que los hechos son opinables.

Gustavo Petro ha hecho del discurso una herramienta para fabricar realidades. En sus intervenciones, las cifras se inflan, los errores se maquillan y las crisis se justifican. Habla de una “Colombia potencia mundial de la vida” mientras el desempleo crece, la inversión cae y el país retrocede en confianza. Aplaude su supuesta lucha contra la corrupción mientras sus cercanos se hunden en escándalos semanales. Y aun así, logra que una parte de la población lo vea como un salvador incomprendido, víctima de una élite malvada que “no lo deja trabajar”.

Del otro lado, voces que se atreven a cuestionar este relato son atacadas con furia. Abelardo De La Espriella, con su tono provocador y su discurso directo, ha dicho verdades que duelen: ha denunciado la doble moral del petrismo, la hipocresía de quienes critican la corrupción pero callan ante los abusos del gobierno, y la miseria moral de una izquierda que exige tolerancia mientras censura a quien piensa distinto. Por eso lo odian. No por lo que dice, sino porque sus palabras golpean donde más duele: en la incoherencia.

Lo mismo ocurre con María Fernanda Cabal, quien con su estilo frontal ha puesto sobre la mesa temas que el gobierno intenta ocultar: la inseguridad desbordada, el control del narcotráfico en los territorios, la parálisis económica y la politización de las Fuerzas Armadas. Pero para el petrismo, Cabal no advierte, “desinforma”. Para ellos, su verdad no vale porque proviene del bando equivocado.

Miguel Uribe Turbay, desde el Senado, fue sido una de las voces más sólidas al denunciar el despilfarro burocrático y el uso político del presupuesto nacional. Cada cifra que revelaba, cada cuestionamiento que lanzaba, ha sido tachado por los simpatizantes del gobierno como mentira o manipulación, aunque los documentos públicos lo respalden. En Colombia, mostrar los hechos es hoy un acto de oposición.

Ni hablar de Paloma Valencia, quien ha señalado con claridad cómo el discurso de odio hacia el empresariado está destruyendo la confianza productiva del país. O de Andrés Forero, que con rigor técnico desmiente las cifras inventadas por los ministros, revelando que muchos “logros” oficiales no son más que humo. Todos ellos enfrentan el mismo destino: la descalificación automática.

Y aun fuera de la política partidista, hay voces que han osado decir la verdad. Periodistas como María Isabel Rueda o Salud Hernández-Mora, economistas como Mauricio Cárdenas o Jorge Restrepo, y analistas independientes que no viven del presupuesto público, se han atrevido a poner datos sobre la mesa. Pero el petrismo, fiel a su manual, los etiqueta de “enemigos del cambio”. En este país, quien cuestiona el relato oficial deja de ser ciudadano y pasa a ser enemigo.

El problema no es solo la mentira del poder, sino el pueblo que la cree. Petro no podría mentir si no existiera una audiencia dispuesta a aplaudirlo. Muchos colombianos ya no contrastan lo que escuchan con los hechos, sino con lo que sienten. Si la verdad contradice su identidad política, la rechazan. Si refuerza su emoción, la abrazan sin pensar. Hemos reemplazado la razón por la pertenencia, el análisis por la fe política.

Mientras tanto, el país real se desmorona. La corrupción se multiplica, la delincuencia se normaliza, el desempleo asfixia y el Estado crece como una máquina de gasto improductivo. Pero para el fanático, nada de eso importa: Petro sigue siendo “el único que piensa en los pobres”. La manipulación emocional ha alcanzado tal punto que incluso los fracasos se convierten en victorias, y los errores, en conspiraciones.

No se puede cambiar la mente del adoctrinado —esa ya no razona, solo repite—. Pero sí se puede despertar a quien aún conserva la capacidad de dudar. A quienes no odian a nadie, pero están cansados de que los manipulen. A los que entienden que amar al país no es idolatrar a un político, sino exigirle resultados.

Esa es la verdadera resistencia: la de los que defienden la verdad sin importar quién la diga. La de los que no callan ante la injusticia ni se arrodillan ante la propaganda. Colombia necesita más ciudadanos así: críticos, libres, incómodos. Porque cuando la verdad se convierte en delito y la mentira en virtud, la democracia muere y el poder se vuelve tiranía disfrazada de pueblo.

Es hora de recuperar la verdad. De rescatarla de las manos de los fanáticos y devolverla al terreno de los hechos. No importa si viene de la derecha, del centro o de la izquierda; lo que importa es que sea cierta. Solo así podremos reconstruir una nación donde la política deje de ser una guerra de relatos y vuelva a ser un espacio de razón, de evidencia y de responsabilidad.

Es posible no simpatizar con ellos ni alinearse con su discurso, pero la objetividad exige reconocer que la verdad es verdad, sin importar quién la diga o desde dónde se pronuncie. Negarla solo porque proviene de quien no nos agrada es un acto de inmadurez intelectual y moral. Ser adultos ilustrados implica respetarla, conocerla y, sobre todo, no temerle. Porque la verdad no tiene dueño, pero en Colombia, hace rato, la tienen secuestrada.



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