El revisionismo como poder
Colombia atraviesa una época donde la verdad ha dejado de ser un punto de partida para convertirse en un territorio en disputa. Lo que antes era una confrontación política entre visiones de desarrollo, hoy es una batalla simbólica por el sentido de la historia, por la autoridad moral de los relatos y por la definición misma de lo que el país considera justo, legítimo o verdadero. En este contexto, el revisionismo no es una corriente de pensamiento sino una estrategia de poder. Reescribir el pasado, reinterpretar el presente y condicionar el futuro son los mecanismos mediante los cuales se impone una visión ideológica que se presenta como emancipadora, pero que en realidad busca dominar el relato colectivo.
El actual gobierno ha convertido el revisionismo en su instrumento más eficaz de legitimación. No se trata únicamente de discutir el pasado sino de reescribirlo según las necesidades del presente político, reinterpretando la historia reciente con un lenguaje de redención. Los héroes ya no son los fundadores de la república, ni los reformadores del siglo XX, sino los “marginados” elevados al estatus de víctimas redentoras. Las FARC, antes consideradas un movimiento armado responsable de atrocidades, son ahora presentadas en algunos discursos como actores políticos incomprendidos, víctimas del Estado o del sistema. Los campesinos y las comunidades excluidas, que efectivamente sufrieron la violencia estructural del país, son ahora instrumentalizados como símbolo de una lucha que trasciende la reparación y se transforma en narrativa de poder.
Pero el revisionismo histórico no solo altera el relato sobre el conflicto armado; también redefine los valores fundacionales de la nación. La figura de Bolívar, que en su tiempo simbolizó la unidad y el republicanismo, es reinterpretada como un precursor del socialismo latinoamericano. Se le despoja de su contexto histórico y se le reviste con el manto del revolucionario eterno, como si su propósito hubiera sido crear una federación de pueblos oprimidos y no una república basada en leyes. La historia se convierte así en un espejo ideológico donde el pasado se distorsiona para reflejar el presente que se desea justificar.
En el plano ideológico, el revisionismo colombiano actual adopta una forma más sofisticada. No se presenta como marxismo, sino como “justicia social”. No se declara anticapitalista, sino “postneoliberal”. Sin embargo, sus raíces son las mismas: una desconfianza profunda hacia el mercado, hacia la empresa privada y hacia cualquier forma de riqueza que no provenga del Estado. En esta reinterpretación, el éxito individual se asocia con la corrupción y la desigualdad, mientras que la pobreza se romantiza como símbolo de pureza moral. Se impone así una ética invertida: el mérito deja de ser virtud y la dependencia se convierte en derecho.
La política económica se reviste de lenguaje moral. Se habla de “democratizar la economía” mientras se expanden los monopolios estatales; se invoca la “transición energética” mientras se castiga la inversión privada; se exige “soberanía alimentaria” mientras se ahoga al sector productivo con trabas y discursos hostiles. Es un revisionismo económico que busca sustituir el modelo de libertad individual por un modelo de control moral, donde el Estado decide qué producir, a quién subsidiar y quién merece prosperar. En esencia, el revisionismo ideológico es la versión contemporánea del viejo estatismo latinoamericano que disfrazó su fracaso con la retórica de la justicia.
Pero quizás donde el revisionismo ha sido más visible es en el campo cultural. Allí no se debate con argumentos, sino con símbolos. Se sustituyen los héroes, se resignifican las palabras, se moraliza el lenguaje. Los discursos del poder han introducido un nuevo vocabulario en la vida pública: resistencia, pueblo, colonialidad, soberanía. Cada término tiene una carga política y emocional que busca dividir más que unir. Decir “pueblo” ya no significa ciudadanía, sino militancia; decir “élite” equivale a enemigo; decir “crítica” equivale a traición. Este lenguaje no describe la realidad, la produce. Y lo hace con el propósito de que todo aquello que no encaje en la nueva narrativa parezca moralmente sospechoso.
El revisionismo cultural no busca comprender la diversidad del país, sino imponer una versión moral única de ella. En nombre de la inclusión, se reescriben los valores tradicionales y se desacreditan las creencias que dieron estabilidad a la sociedad. La religión es vista como opresora, la familia como estructura conservadora y el éxito como símbolo de desigualdad. En su lugar, se promueve una cultura política donde la victimización sustituye la responsabilidad y donde la memoria se convierte en campo de adoctrinamiento. Como advertía Václav Havel, los regímenes que buscan el control de la conciencia no necesitan reprimir, les basta con reeducar.
Lo preocupante de este fenómeno es que no se limita al discurso oficial. Penetra los medios, las universidades y las instituciones culturales, que comienzan a actuar como repetidores del nuevo credo. En el sistema educativo se reemplaza la historia por el relato, la ciencia por la ideología, la meritocracia por la culpa. Se enseña que la pobreza no es un problema a superar, sino una consecuencia estructural que debe mantenerse visible para sostener la narrativa de los oprimidos. Como resultado, las nuevas generaciones aprenden más sobre las ofensas del pasado que sobre las herramientas del futuro.
En este escenario, el revisionismo se convierte en una forma de control político. No necesita censura formal, porque su fuerza radica en el monopolio de la moral. El ciudadano que discrepa no es un opositor, sino un “reaccionario”. Quien cuestiona el relato oficial no es un crítico, sino un “enemigo del cambio”. Así, la democracia se vacía de debate y se llena de dogmas. Los partidos, las instituciones y los medios pierden su función de contrapeso, porque todo se interpreta bajo el prisma de la lucha moral entre “los buenos del pueblo” y “los malos del sistema”.
Colombia se enfrenta hoy a una paradoja histórica: mientras el discurso oficial proclama la libertad, en los hechos se limita la autonomía; mientras se habla de inclusión, se impone una ortodoxia; mientras se invoca la verdad, se manipula la memoria. El revisionismo no está corrigiendo errores del pasado, está construyendo un relato para dominar el presente. Y ese relato, aunque revestido de buenas intenciones, conduce inevitablemente a una sociedad menos libre, menos crítica y más dependiente del poder político.
La historia, decía George Orwell, la escriben los vencedores, pero en las democracias modernas la reescriben los gobiernos que saben dominar el relato. En Colombia, ese relato se ha convertido en arma política. Por eso es urgente recuperar la verdad no como dogma, sino como búsqueda; la historia no como propaganda, sino como memoria común; y la crítica no como amenaza, sino como el derecho más esencial de una sociedad libre. Solo así podremos resistir el avance silencioso de un revisionismo que, en nombre de la justicia, amenaza con borrar la verdad.
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