El espejismo del enemigo


Durante más de veinte años, una parte importante de la juventud colombiana ha sido educada bajo una narrativa política que encontró en un solo hombre la explicación de todos los males del país. En colegios, universidades y redes sociales se consolidó la idea de que Álvaro Uribe Vélez era la raíz de la corrupción, la violencia, la desigualdad y el atraso nacional. Se construyó un relato eficaz, emocional y persistente: el del villano que representaba el mal absoluto, el enemigo que justificaba cualquier lucha, cualquier radicalismo. Así, una generación entera creció repitiendo un dogma ideológico sin detenerse a examinar sus fundamentos, sin contrastar datos ni analizar procesos históricos más amplios. Se volvió más fácil odiar a un símbolo que entender la complejidad de la historia política colombiana.

Esa simplificación de la realidad, impulsada por sectores de izquierda y reproducida por movimientos estudiantiles, sindicatos, colectivos y algunos medios, generó un efecto cultural profundo: el de una juventud más dispuesta a indignarse que a razonar. Muchos jóvenes de mentalidad comunista o simpatizantes del petrismo asumieron el discurso político como una forma de identidad emocional, no como un ejercicio de reflexión. El “antiuribismo” se convirtió en una especie de religión laica, donde los hechos importan menos que la pertenencia al grupo. Y en ese contexto, Gustavo Petro emergió como el redentor prometido, el hombre que simbolizaba la ruptura con el pasado, el que prometía justicia social, equidad y libertad frente al supuesto “régimen uribista”.

Sin embargo, la historia ha mostrado que el relato político no siempre coincide con la verdad. Hoy, cuando el país observa que Uribe no ha sido condenado, que las acusaciones en su contra se desmoronan y que incluso la JEP ha desmontado mitos como el número de los “6.402 falsos positivos”, muchos se enfrentan a un vacío ideológico difícil de aceptar. Porque el relato necesita un culpable, y sin él, se derrumba la estructura emocional sobre la que se edificó toda una visión del país. La verdad, cuando contradice la narrativa, suele ser recibida con rabia o negación.

La realidad política actual de Colombia obliga a esa misma juventud a enfrentar un espejo incómodo. Petro, aquel que prometió ser el cambio, ha demostrado ser la más clara representación de la incoherencia política. Su gestión ha combinado improvisación con dogmatismo, y sus decisiones económicas, más que promover justicia social, han desatado una profunda incertidumbre que afecta directamente a las clases trabajadoras que decía defender. Según el DANE, el crecimiento económico de 2024 fue de apenas 0,6%, una de las tasas más bajas en la región, mientras la inflación se mantuvo sobre el 9% gran parte del año, erosionando el poder adquisitivo de los hogares. El desempleo juvenil, que fue uno de sus estandartes de campaña, sigue superando el 18%, y el índice de confianza del consumidor se mantiene en terreno negativo desde hace meses.

Pero más grave que las cifras es la erosión institucional. Petro ha debilitado la independencia de los organismos de control, ha descalificado a la prensa libre, ha manipulado la protesta social para su beneficio político y ha promovido una retórica constante de odio de clases. Cada discurso es una trinchera, no una propuesta; cada decreto, un experimento ideológico; cada crisis, una oportunidad para victimizarse. La izquierda en el poder no ha traído más democracia, sino más división. Y mientras el presidente busca enemigos en todas partes —los empresarios, la justicia, los medios, la oposición—, el país se hunde en una crisis moral y económica que no tiene precedentes desde los años noventa.

Paradójicamente, el Petro que acusa a otros de autoritarismo se abraza con dictadores. Mientras la democracia liberal se debilita, Petro rinde homenaje a figuras como Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Miguel Díaz-Canel, líderes que destruyeron la economía, silenciaron a la prensa y persiguieron a la disidencia en nombre del pueblo. Su cercanía con ellos no es anecdótica: refleja una afinidad ideológica con el populismo de izquierda latinoamericano que prioriza la retórica revolucionaria sobre la gestión pública. Al mismo tiempo, su desprecio por líderes occidentales como Donald Trump o su confrontación con gobiernos aliados de Estados Unidos muestran una incomprensión peligrosa del orden internacional, especialmente en una economía dependiente de la inversión extranjera y el comercio global.

El drama es que sus errores no los paga él, los pagan cincuenta millones de colombianos. El populismo siempre ofrece emociones, pero cobra con realidades. Cada vez que Petro improvisa una política económica, se pierden empleos. Cada vez que ataca al sector privado, se reducen las inversiones. Cada vez que politiza una institución, se debilita la democracia. Su “estrategia política” no es más que una combinación de confrontación constante y victimización, una fórmula que ya fracasó en Venezuela y Nicaragua, donde el costo del populismo fue la destrucción de la clase media.

Colombia, que por años fue un ejemplo de estabilidad relativa en la región, se desliza peligrosamente hacia la misma trampa ideológica que destruyó a sus vecinos. La diferencia es que aquí aún existe una ciudadanía que empieza a despertar. Cada día más colombianos —incluyendo muchos jóvenes— reconocen que el discurso del resentimiento no paga facturas, no da empleo, no baja precios y no alimenta familias. Comienzan a entender que la verdadera libertad no depende del Estado, sino de la capacidad individual de crear, producir y prosperar sin ser castigado por ello.

Tal vez ese sea el aprendizaje más duro de nuestra época: comprender que el enemigo no era Uribe, ni Santos, ni ningún político en particular, sino la manipulación emocional de la ideología. Cuando la política se convierte en religión, la razón se extingue. Y en esa oscuridad, los pueblos repiten sus errores. Petro no es solo un presidente equivocado; es el resultado de un adoctrinamiento que confundió justicia con venganza, igualdad con sometimiento y cambio con destrucción.

El verdadero desafío para Colombia será superar la etapa del odio y recuperar la sensatez. No se trata de volver al pasado ni de idealizar viejos liderazgos, sino de entender que ningún país prospera cuando su política se construye sobre la base del resentimiento. El progreso no nace de destruir, sino de construir sobre la libertad, la responsabilidad individual y el respeto por la verdad. Tal vez entonces podamos dejar atrás el espejismo del enemigo y empezar, por fin, a vernos como una nación que busca futuro, no culpables.

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