¿Poder o libertad?


Cada vez que la izquierda y los socialistas hablan de libertad, lo hacen con un disfraz retórico que esconde un interés más profundo: el poder. Se presentan como defensores de los oprimidos, como los portadores de un proyecto moral que busca reparar injusticias históricas, y sin embargo, en la práctica, sus propuestas no se traducen en más autonomía para los ciudadanos, sino en más dependencia del Estado. En Colombia lo estamos viendo con claridad. Se promete que la intervención estatal resolverá las desigualdades, que los subsidios compensarán la falta de ingresos, que la estatización de sectores estratégicos nos devolverá la soberanía económica. Sin embargo, detrás de esas promesas se encuentra una concentración creciente de poder en manos de quienes gobiernan, disfrazada de un discurso de justicia social.

La libertad, entendida en su sentido clásico como la capacidad del individuo de tomar decisiones sobre su vida sin imposiciones arbitrarias, choca frontalmente con la visión socialista, que exige al individuo ceder parte de esa autonomía a cambio de supuestas garantías colectivas. Se promete libertad a través del Estado, cuando en realidad lo que se instala es un aparato de control. La izquierda vende lo bueno del capitalismo —la abundancia de bienes, el dinamismo económico, la innovación— pero asegura que será el socialismo el camino para alcanzarlo. El resultado es un engaño que repite la historia en diferentes contextos: cuando se suprimen los incentivos de la iniciativa privada y se trasladan al control político, el desenlace es predecible, con corrupción, ineficiencia y pobreza.

En este punto conviene recordar lo que ocurrió en Venezuela, un país con una de las reservas petroleras más grandes del mundo, que en menos de dos décadas pasó de ser una de las economías más prósperas de América Latina a un escenario de miseria generalizada. Hugo Chávez habló de devolverle la libertad y la dignidad al pueblo, pero lo que consolidó fue un sistema en el que el poder político decidió qué se producía, cómo se distribuía y quién accedía a los bienes. El resultado fue desabastecimiento, inflación y la salida de millones de venezolanos en busca de oportunidades en otras tierras. Ese mismo discurso, con matices propios, lo hemos escuchado en Colombia en boca de quienes creen que basta con más Estado para garantizar la justicia social.

El caso colombiano es particular porque se libra en medio de una sociedad profundamente desconfiada de sus instituciones y cansada de la desigualdad. Es en ese terreno fértil donde germina el discurso socialista: se señala al mercado como culpable de la pobreza, se acusa a la propiedad privada de ser un privilegio injusto, y se ofrece el Estado como redentor. Sin embargo, la evidencia empírica muestra otra cosa: en Colombia, cuando se han abierto sectores a la competencia, como en telecomunicaciones o transporte aéreo, los costos han bajado y el acceso ha aumentado. En contraste, en sectores dominados por la intervención estatal, como la salud con sus burocracias interminables o la educación pública capturada por sindicatos, lo que prevalece es la ineficiencia y el estancamiento.

La paradoja es que la izquierda colombiana habla de libertades mientras busca imponer controles. Cuando el presidente Gustavo Petro afirma que la economía debe orientarse desde el Estado para garantizar derechos, lo que propone no es otra cosa que trasladar la libertad de elegir de los individuos a los burócratas. Bajo esa visión, la libertad del ciudadano se convierte en obediencia a un aparato que dice saber qué es lo mejor para todos. Y el poder, disfrazado de libertad, se convierte en el verdadero motor del proyecto.

El problema no es nuevo. Karl Popper advertía que la búsqueda de una justicia absoluta por parte del Estado terminaba siempre en tiranía, porque para materializarla había que concentrar poder y sacrificar libertades individuales. En Colombia, donde los gobiernos han demostrado repetidamente incapacidad para administrar con transparencia incluso los programas más básicos, pensar que más poder estatal traerá prosperidad es un salto de fe difícil de justificar. Y sin embargo, ahí está el atractivo del socialismo: en el relato emocional de que alguien vendrá a salvarnos de la desigualdad, aunque la historia y la lógica indiquen que ese alguien solo puede hacerlo a costa de nuestra propia libertad.

No se trata de un debate abstracto. Basta con mirar la vida cotidiana. Un emprendedor en Barranquilla que quiere montar un pequeño negocio de comidas rápidas debe enfrentarse a trámites, licencias, permisos y requisitos que le roban tiempo y dinero. Al mismo tiempo, escucha que el gobierno promete subsidios y programas para apoyar al “pequeño empresario”. La contradicción es evidente: el mismo Estado que asfixia la iniciativa privada se presenta como salvador. La pregunta es si esa persona quiere libertad para emprender o prefiere depender de un subsidio. Y ahí se revela la esencia del dilema: el socialismo necesita que los individuos dependan, porque la dependencia refuerza el poder de quienes gobiernan.

La conclusión es inevitable: la izquierda y los socialistas no valoran la libertad en sí misma, porque la libertad es un límite al poder. Hablan de libertad porque es un concepto atractivo, movilizador, pero lo que en realidad buscan es el poder, entendido como la capacidad de decidir por los demás en nombre de un bien común abstracto. Y cuando el poder se convierte en el centro del proyecto político, los resultados se repiten: corrupción, porque acceder a favores del Estado es más rentable que producir; pobreza, porque la iniciativa individual se desincentiva; y desilusión, porque las promesas de abundancia se diluyen en la realidad de la escasez.

El gran desafío para Colombia es no caer en la trampa del discurso que promete lo mejor del capitalismo a través del socialismo, porque la experiencia demuestra que ese camino conduce al mismo destino: más poder para unos pocos y menos libertad para la mayoría. La verdadera disyuntiva, hoy más que nunca, no es entre izquierda o derecha, sino entre poder y libertad. Y mientras la izquierda siga prefiriendo el poder, el costo para nuestra sociedad será siempre la libertad perdida.


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