Ni un peso más


Cada nuevo gobierno en Colombia parece tener un ritual inevitable: anunciar una reforma tributaria como si fuera la llave mágica que abrirá las puertas de la justicia social y de un futuro digno para todos. El actual gobierno de Gustavo Petro no se quedó atrás y, con su tercera reforma en tres años, repite el mismo libreto: discursos de equidad, promesas de bienestar y advertencias apocalípticas sobre lo que ocurrirá si no se aprueba. Pero detrás del ropaje progresista y del relato cargado de emociones, se esconde una verdad cruda: esta reforma no aliviará al pueblo, lo golpeará aún más, y sus consecuencias serán exactamente lo contrario de lo que se promete.

Lo que se plantea como un acto de justicia tributaria no es más que un espejismo. Nos dicen que la reforma tocará a los más ricos, que se gravarán los privilegios y que los grandes capitales pondrán la mayor parte. Pero cualquier colombiano que viva de su salario, que pague un arriendo, que compre en la tienda de la esquina o que recargue gasolina, sabe que esos costos siempre terminan cayendo sobre sus hombros. Cada peso adicional en impuestos a la gasolina encarece el transporte, y con él la comida, la ropa, los medicamentos. Cada nuevo tributo a los espectáculos o a las bebidas populares es un castigo disfrazado de justicia. ¿Acaso no es evidente que cuando se juega con el bolsillo de las mayorías el resultado es menos oportunidades y más frustración?

La retórica del poder juega con los sentimientos. Se apela al resentimiento contra los ricos, al miedo de perder programas sociales, a la ilusión de un futuro inmediato de igualdad. Pero lo que no se dice es que el déficit de 26,3 billones de pesos no se cubre porque el Estado gasta sin control, porque la evasión sigue campante y porque la corrupción se traga buena parte de lo que ya se recauda. José Antonio Ocampo lo dijo con claridad: una reforma sin recorte del gasto es inviable, y si no se combate la evasión, cualquier nuevo esfuerzo se convierte en un balde de agua en un barril sin fondo. ¿De qué sirve exigir más impuestos si el propio Estado no es capaz de ajustarse ni de ser austero?

La experiencia internacional también nos lo grita. Países que apostaron por la creatividad fiscal y la competitividad tributaria, como Irlanda o Estonia, lograron crecer, atraer inversión y recaudar más sin estrangular a sus ciudadanos. En cambio, países que repitieron la fórmula de más impuestos sin austeridad, como Argentina, se hundieron en crisis interminables, inflación desbordada y un descrédito absoluto hacia sus instituciones. Colombia, si aprueba esta reforma, se acerca peligrosamente a ese espejo roto.

Seamos claros: este proyecto no es justicia tributaria, es una trampa. Es un disfraz de “ley de financiamiento” que busca meterle la mano al bolsillo a los colombianos descaradamente, como lo dijo Jaime Cabal. Es un golpe directo a las familias, al comercio formal, a la innovación tecnológica, al sector cultural, al transporte. Es una receta para la recesión, para la informalidad, para el contrabando. Se vende como una esperanza, pero es una bomba de tiempo para la economía nacional.

El presidente Petro ha dicho que los ricos de Colombia “viven deliciosamente y de gorra”. Pero la realidad es otra: los que terminan pagando estas aventuras fiscales no son los magnates blindados con sus fortunas en el exterior, sino los trabajadores que ven encarecerse el transporte, los jóvenes que pagan más por un concierto, los emprendedores que se ahogan con impuestos absurdos, las familias que ya no pueden darse un pequeño gusto porque el Estado decidió “redistribuir” a punta de castigo.

Ni un peso más. Ese debería ser el grito ciudadano. Ni un peso más para sostener un gasto estatal que no se ajusta. Ni un peso más para un aparato burocrático que crece mientras la gente se empobrece. Ni un peso más para financiar ilusiones que nunca llegan a la realidad. El verdadero cambio no está en exprimir al contribuyente, sino en reformar al Estado, en reducir la corrupción, en premiar la productividad y en liberar las fuerzas creativas del mercado.

Colombia no necesita otra reforma tributaria. Colombia necesita responsabilidad, necesita disciplina, necesita un gobierno que deje de jugar con las ilusiones de su gente. Si el Congreso aprueba este proyecto, habrá traicionado a los ciudadanos que dice representar. Y entonces, el futuro que nos espera no será de equidad ni de prosperidad, sino de más pobreza, más frustración y más indignación. Porque un pueblo puede soportar mucho, pero no soporta eternamente que le vendan espejismos mientras le vacían los bolsillos.

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