Más empresarios, menos políticos
La historia enseña que quienes realmente han transformado la vida de los trabajadores no han sido los políticos ni los sindicatos, sino los empresarios que, en su búsqueda de eficiencia, productividad y competitividad, terminan creando condiciones de trabajo más dignas y oportunidades de progreso real. Henry Ford es un símbolo de ello: al duplicar salarios y reducir jornadas en 1914 no lo hizo por altruismo, sino porque entendió que, para mantener la rotación de personal bajo control y garantizar que su modelo de producción en serie funcionara, debía ofrecer a sus trabajadores mejores condiciones que sus competidores. El resultado fue que sus decisiones elevaron estándares laborales que los sindicatos llevaban décadas reclamando sin éxito, y que los gobiernos no habían sido capaces de legislar.
Ese contraste entre acción empresarial y promesa política es todavía más visible en Colombia, donde la clase política ha convertido el discurso laboral en un terreno de ilusiones y populismo. Hoy se habla de una nueva reforma laboral como la gran conquista que traerá justicia para los trabajadores. Sin embargo, lo que se esconde detrás de ese relato es una realidad incómoda: aumentar los costos de contratación, endurecer las cargas sobre el empleador y restringir la flexibilidad del trabajo no garantiza dignidad laboral, sino que expulsa a más colombianos hacia la informalidad, que ya supera el 57 % en las principales ciudades del país. La paradoja es brutal: en nombre de proteger al trabajador, se está condenando a millones a no tener empleo formal.
Los políticos venden la idea de que basta con decretar un salario más alto, más prestaciones o más protecciones para que la vida del trabajador mejore, cuando lo que realmente se logra es que muchos empresarios se vean forzados a reducir su personal o a refugiarse en la economía informal. El pequeño empresario en Barranquilla que contrata tres personas en su negocio de comidas rápidas no puede cargar con las mismas responsabilidades que una multinacional, y si el Estado le impone más costos en nombre de la justicia social, terminará despidiendo o cerrando. Así, el político gana aplausos, pero el trabajador pierde su sustento.
En cambio, cuando el empresario actúa guiado por la competencia, el resultado es muy distinto. El café colombiano no es reconocido en el mundo por leyes del Congreso, sino por la innovación constante de los caficultores y exportadores que entendieron que debían elevar estándares de calidad para conquistar mercados internacionales. El sector tecnológico de Medellín no se ha convertido en un referente regional gracias a los decretos presidenciales, sino a la iniciativa de emprendedores que apostaron por la formación de talento digital y la creación de ecosistemas de innovación. La agroindustria del Caribe que exporta frutas no lo hace porque el Estado le dé permisos especiales, sino porque empresarios invirtieron en infraestructura, logística y capacitación para poder competir. Ahí está el verdadero progreso, no en las promesas, sino en los hechos.
El discurso político suele acusar a los empresarios de actuar solo por lucro, pero la realidad es que el mercado convierte esa búsqueda individual en progreso colectivo. El dueño de una empresa de transporte que quiere crecer necesita mejorar el servicio, contratar más personal y ampliar rutas, lo que automáticamente beneficia a la comunidad. El desarrollador de software que busca aumentar sus ventas necesita hacer su producto más accesible, lo que termina facilitando la vida de miles de usuarios. El agricultor que quiere producir más y mejor se ve obligado a innovar en técnicas y abrir empleos temporales y permanentes en su región. Ninguno de ellos lo hace por altruismo, pero los beneficios sociales son reales, palpables y sostenibles.
La política, en cambio, está atrapada en la lógica electoral: prometer mucho para obtener votos, incluso a costa de la viabilidad económica. La actual discusión sobre la reforma laboral refleja esa tensión. Se promete que se acabará la precariedad, pero no se dice que esas medidas elevarán el costo de contratar hasta un punto en el que solo sobrevivirán los grandes, mientras que los pequeños —los que realmente sostienen el empleo en Colombia— desaparecerán. El resultado será más informalidad, más desempleo y más frustración para la clase trabajadora. Lo que no lograron los empresarios ni con crisis económicas lo lograrán los políticos con un par de artículos en una ley.
Henry Ford, sin sindicatos y sin intervención estatal, creó condiciones que cambiaron para siempre el mundo del trabajo. No lo hizo con discursos moralistas, sino con decisiones pragmáticas que respondían a la lógica de la competencia. Su historia es un recordatorio de que el progreso social no necesita de políticos que se proclamen redentores del pueblo, sino de empresarios libres para innovar, producir y arriesgar. En Colombia, la pregunta es inevitable: ¿queremos seguir confiando en la política que nos vende ilusiones, o en la fuerza creadora del empresario que, con cada inversión, cada empleo y cada innovación, transforma silenciosamente la vida de millones?
El futuro del trabajo en nuestro país no depende de cuántas reformas apruebe el Congreso ni de cuántas promesas repita el presidente de turno. Depende de que dejemos respirar a quienes arriesgan, dependen de que valoremos al empresario como motor real de progreso y no como enemigo, y de que entendamos que el bienestar colectivo no se construye con discursos, sino con libertad para producir. Mientras sigamos esperando salvación de los políticos, el país seguirá atrapado en promesas incumplidas. Solo cuando reconozcamos que los empresarios han hecho, hacen y harán mucho más por los trabajadores que cualquier gobierno, podremos aspirar a un futuro verdaderamente próspero.
Comentarios
Publicar un comentario