El huracán que nos sigue soplando en la cara

 


Hace poco vi un documental en Netflix sobre el huracán Katrina, aquel desastre que arrasó Nueva Orleans en 2005 y que aún sigue siendo objeto de debate académico y político. No lo niego: me atrapó la crudeza de las imágenes, la magnitud de la tragedia y la impotencia de una ciudad que quedó sumergida en el agua y en la desidia. Pero lo que me dejó una sensación amarga no fue tanto la catástrofe natural en sí, sino el relato dominante que se tejió alrededor de ella: todo parecía girar en torno a la raza, como si el huracán hubiera soplado con criterios de identidad y no con la violencia ciega de la naturaleza.

Lo sorprendente es que, al revisar la historia, otros huracanes habían pasado por la misma región y, gracias a evacuaciones organizadas y decisiones acertadas, no dejaron tras de sí el mismo saldo de muerte y destrucción. Con Katrina, la evacuación no fue obligatoria, los diques estaban mal diseñados, las instituciones reaccionaron tarde, la burocracia se enredó en sí misma y, en medio de ese caos, las comunidades más vulnerables quedaron atrapadas. Esos son hechos. Y sin embargo, lo que muchos prefirieron contar fue otra cosa: que todo lo que pasó tenía que ver con que eran negros, con que el racismo estructural había decidido su suerte de antemano.

Me pregunto hasta qué punto estamos atrapados en una cultura de la victimización que insiste en que todo lo que le ocurre a una comunidad debe ser leído bajo la lupa de la raza, el género o la identidad. ¿De verdad la naturaleza discrimina? ¿O será más bien que la incompetencia del Estado, las promesas incumplidas de la política y la ingenuidad de confiar ciegamente en soluciones públicas de mala calidad son las que convierten cada fenómeno natural en una catástrofe social?

Este dilema me recordó las discusiones sobre lo que algunos llaman el “igualitarismo jurídico radical”, esa corriente de pensamiento que se alimenta de la teoría crítica de la raza y de ciertos postulados posmodernos que han convertido la anécdota y la narrativa en sustitutos de la razón. Según estos académicos, no existe realidad objetiva, solo relatos. No hay espacio para datos o diagnósticos, solo para historias subjetivas que terminan imponiendo una visión del mundo en la que siempre hay un opresor y un oprimido. En esa lógica, cualquier análisis técnico sobre la gestión de desastres, sobre el diseño de infraestructuras o sobre la corrupción estatal queda eclipsado por el argumento identitario.

Lo que me resulta más preocupante no es el sesgo de esta visión, sino su capacidad de instalarse en la conversación pública como si fuera verdad absoluta. Si uno osa cuestionarla, inmediatamente es etiquetado como insensible, como alguien que no comprende el sufrimiento ajeno. Pero lo cierto es que al reducir todo al color de la piel se pierde la oportunidad de analizar lo verdaderamente relevante: las malas decisiones, las instituciones capturadas, la corrupción, la falta de previsión, la dependencia excesiva de promesas estatales que nunca llegan a buen puerto.

Este es un problema que trasciende Estados Unidos y que se refleja en América Latina de manera aún más brutal. Aquí también nos venden casas gratis y dignas, planes de educación transformadores, hospitales de última generación y oportunidades de empleo para todos. La promesa suena bien, casi utópica. Pero cuando llega la hora de la verdad, lo que tenemos son barrios mal diseñados, colegios sin recursos, hospitales que nunca se terminan de construir y empleos que no aparecen. Y cuando llega la crisis —sea un huracán, una pandemia o una recesión económica— descubrimos que esas promesas eran castillos de arena y que lo poco que tenemos se lo lleva la marea de la corrupción y de la mediocridad gubernamental.

El huracán Katrina no fue un castigo racial. Fue, como tantas veces ocurre, un golpe de la naturaleza amplificado por la incompetencia humana. Y lo mismo pasa cada temporada en nuestras costas caribeñas, donde sabemos que los huracanes volverán, pero seguimos sin aprender de ellos. La narrativa racial podrá generar titulares y movilizar indignación, pero no salva vidas ni construye diques más resistentes. Lo único que hace es encasillar a las personas en una identidad que las condena a verse siempre como víctimas.

Necesitamos romper con esa inercia. Necesitamos dejar de pensar que todo lo que nos ocurre es producto de fuerzas externas y empezar a asumir que gran parte de lo que padecemos es consecuencia de nuestras malas decisiones colectivas, de nuestra tolerancia a la corrupción, de nuestra complacencia frente a las promesas políticas que sabemos que son imposibles. La pregunta que deberíamos hacernos no es si el Estado nos discriminó, sino por qué seguimos creyendo que el Estado puede resolver lo que no sabe ni quiere resolver.

El verdadero huracán no es el viento que sopla desde el Atlántico, sino la tormenta de dependencia, corrupción y mediocridad que seguimos alimentando. Ese huracán sí nos golpea cada año, y lo seguirá haciendo mientras prefiramos los relatos de victimización antes que la responsabilidad y el sentido común.


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