Cuba: la mentira del bloqueo


Hablar de Cuba es hablar de un país atrapado en un relato construido durante más de seis décadas, un relato que ha servido de escudo para encubrir una de las dictaduras más longevas y represivas del continente. En el discurso oficial, todo mal se explica por “el bloqueo”, esa palabra repetida como un mantra que supuestamente justifica la miseria, la falta de libertades y la escasez crónica que padece el pueblo cubano. Sin embargo, basta con observar la realidad con un mínimo de honestidad intelectual para entender que el verdadero bloqueo no proviene de afuera, sino del propio régimen contra su gente. Es el cerco interno, el control asfixiante sobre la vida cotidiana y la represión sistemática de cualquier atisbo de disidencia lo que mantiene a la sociedad cubana en la precariedad.

La estrategia no es nueva ni original. Los regímenes totalitarios, a lo largo de la historia, han necesitado un enemigo externo para justificar sus fracasos internos. En el caso cubano, el embargo norteamericano se convirtió en la excusa perfecta, magnificada por la propaganda, para ocultar que Cuba comercia con más de 180 países, que recibe millones en remesas y que el ingreso de alimentos y medicinas nunca ha estado prohibido. De hecho, cada vez que el régimen “levanta” temporalmente restricciones a la importación de insumos básicos, se hace evidente que no era un bloqueo extranjero lo que impedía el acceso, sino la voluntad política de mantener a la población atada al racionamiento y a la dependencia absoluta del Estado. Esa dependencia no es accidental, es un mecanismo de control social, una manera de convertir la sobrevivencia en un acto de sumisión.

El ejemplo más claro de cómo se sostiene la mentira es el de la salud pública. Desde hace décadas, se ha vendido la idea de que el sistema sanitario cubano es un modelo para el mundo, un ejemplo de gratuidad y eficacia. Pero cualquier visitante a la isla sabe que esa narrativa se estrella contra la realidad de hospitales sin medicinas, instrumental médico deteriorado, falta de insumos básicos y una atención diferenciada entre los cubanos de a pie y los extranjeros que pagan en dólares o los dirigentes del Partido. La ONG Archivo Cuba ha documentado cómo la supuesta “potencia médica” es, en verdad, un sistema jerárquico que practica una suerte de apartheid sanitario: privilegio para la élite y para los turistas, abandono y carencias para la mayoría. Incluso el mecanismo de exportación de médicos, presentado como solidaridad internacional, ha sido denunciado por organismos de derechos humanos como una forma de trabajo forzoso, en la que los profesionales son enviados al extranjero y el Estado se queda con la mayor parte de su salario. La gratuidad de la que tanto presume el régimen no es más que el disfraz de la precariedad, porque en última instancia el cubano común paga con su libertad y con su salud un sistema ruinoso.

Quienes han viajado a Cuba pueden constatar que otra de las grandes falacias es la supuesta “ausencia de desnutrición infantil”. La persistencia de la cartilla de racionamiento revela que la comida no es un derecho garantizado sino una dádiva controlada por el gobierno. Ese instrumento, instaurado en los años sesenta, nunca desapareció porque siempre cumplió una función política: condicionar la mesa del hogar cubano a la lealtad. La precariedad alimentaria no es un accidente del embargo, es el resultado de un modelo económico que destruyó la producción agrícola y volvió dependiente al país de las importaciones que luego son dosificadas como migajas. En esto radica la esencia del comunismo cubano: no se trata de igualdad ni de justicia social, se trata de control mediante la miseria.

Esta reflexión sobre Cuba debería resonar en Colombia, porque aquí también enfrentamos la tentación de las narrativas fáciles y de los discursos que culpan a factores externos de problemas que nacen dentro de nuestro propio sistema. En nuestro país, algunos sectores políticos han romantizado la experiencia cubana como una alternativa de resistencia frente a las desigualdades del capitalismo, olvidando que detrás de esa romantización se esconde una sociedad silenciada, reprimida y sin opciones. Colombia, con todas sus dificultades, mantiene espacios de libertad que hacen posible el disenso, la protesta, la pluralidad de voces. Pero no está exenta de la amenaza de quienes pretenden imponer el relato de que la pobreza y la desigualdad solo pueden resolverse con más Estado y menos mercado, con más control y menos libertad. Ese camino, como lo demuestra la experiencia cubana, no conduce a la prosperidad sino a la ruina.

Si algo enseña la tragedia cubana es que la mentira política sostenida en el tiempo termina moldeando la realidad de las generaciones que crecen bajo su sombra. Hoy los jóvenes cubanos, muchos de ellos nacidos después de la caída del Muro de Berlín, heredan un país sin horizontes, donde la emigración es la única vía de escape y donde expresarse libremente puede costar años de cárcel. Esos jóvenes ya no creen en el mito del bloqueo, saben que lo que los condena es un régimen que les robó el futuro. Su grito en las calles, cuando se atreven a desafiar al poder, no es contra Estados Unidos ni contra las sanciones, es contra el Partido Comunista, es contra la dictadura.

Colombia tiene la responsabilidad de aprender de esa experiencia. La prosperidad y la libertad no se construyen desde la excusa ni desde la propaganda, sino desde la apertura, el respeto a los derechos individuales y la confianza en la capacidad creadora de sus ciudadanos. Allí donde se recorta la libertad en nombre de una promesa de igualdad, la historia muestra que lo que se obtiene es miseria e injusticia. Cuba es el espejo que refleja lo que sucede cuando el poder se perpetúa bajo el disfraz de un ideal que nunca se cumple.

El verdadero bloqueo no es externo, es el que ejerce un Estado que convierte a su pueblo en rehén. Y mientras esa verdad no se reconozca, la isla seguirá siendo la demostración viviente de que el comunismo no libera, solo destruye.

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