Camino a la servidumbre


La pregunta sobre si Colombia puede convertirse en una dictadura no es un ejercicio de ficción ni una exageración retórica. Es una advertencia que se desprende de la experiencia histórica y de la realidad política de nuestro continente. Los países no despiertan un día descubriendo que ya no son democracias; la erosión ocurre de manera lenta, imperceptible, pero constante, hasta que los ciudadanos se sorprenden con la evidencia de que las instituciones que alguna vez los protegieron se han convertido en instrumentos al servicio del poder. Friedrich Hayek lo llamó el camino a la servidumbre: una senda que inicia con promesas de justicia social y termina con la pérdida de las libertades más elementales.

En América Latina conocemos de sobra ese libreto. Lo vimos en Cuba, donde un movimiento que prometía liberar al pueblo de Batista terminó instaurando una tiranía de décadas en la que la libertad económica fue suprimida y la disidencia perseguida. Lo vimos en Nicaragua, donde Ortega, otrora un líder revolucionario, consolidó un régimen que encarcela opositores y persigue a los medios independientes. Y lo vivimos en Venezuela, donde Hugo Chávez, con la legitimidad de las urnas, inició un proceso que acabó con la democracia más estable de Sudamérica para instalar un modelo que hoy mantiene a millones de venezolanos en la miseria. Ninguno de estos casos nació con un dictador declarado, todos llegaron con la fuerza de la democracia electoral. Esa es la paradoja más dolorosa: la democracia se suicida votando por quienes saben destruirla.

Colombia hoy atraviesa un momento que exige vigilancia. El gobierno de Gustavo Petro ha mostrado la disposición de confrontar las instituciones y tensionar el orden democrático en nombre de un “cambio histórico” que se presenta como la panacea frente a todos los males heredados. La narrativa de Petro, con un marcado componente de lucha de clases y un constante señalamiento a enemigos externos —el imperialismo, la derecha, los empresarios—, no difiere en lo esencial de la retórica que usaron Chávez, Castro u Ortega. El problema no es que Petro sea un líder autoritario en esencia, sino que el marco ideológico en el que se mueve conduce inevitablemente a la concentración de poder, a la justificación de medidas cada vez más restrictivas de la libertad y al debilitamiento de los contrapesos institucionales.

Los síntomas están ahí para quien quiera verlos. El ataque constante a los órganos de control, la descalificación de la prensa crítica, la propuesta de reformas que aumentan la dependencia del Estado y que reducen la autonomía económica de los individuos, el uso de un discurso que convierte cualquier oposición en enemigo del pueblo, son señales claras de que la democracia colombiana está siendo presionada. A esto se suma la política económica, orientada hacia un intervencionismo creciente, que debilita la confianza de los inversionistas y reduce las oportunidades de generación de empleo. En un país donde más del 39% de la población aún vive en condiciones de pobreza monetaria, la adopción de medidas que deterioran la inversión y el crecimiento es más que un error técnico: es una condena a perpetuar la miseria.

En este punto conviene recordar que el fracaso del socialismo no depende de si el líder se convierte o no en un dictador. El socialismo fracasa porque su lógica es incompatible con la libertad individual y con la creación de riqueza. Allí donde se aplica, genera desabastecimiento, fuga de capitales, pérdida de incentivos productivos y dependencia del Estado. Al cabo de unos años, el resultado siempre es el mismo: una economía destruida y un gobierno que, para sostenerse, necesita controlar cada vez más aspectos de la vida de los ciudadanos. No es casualidad que todos los experimentos socialistas de la región hayan terminado en autoritarismo. Es la consecuencia natural de un sistema que no funciona en condiciones de libertad.

Un ejemplo cercano ayuda a ilustrar este peligro. Venezuela, antes del chavismo, era uno de los países más ricos de América Latina, con una clase media en expansión y un sistema democrático relativamente estable. Bastaron dos décadas de socialismo para convertirlo en una de las naciones con mayor éxodo migratorio del mundo, con más de siete millones de personas huyendo de la crisis humanitaria. Los venezolanos, que alguna vez confiaron en que Chávez traería justicia social, hoy son testigos de cómo la promesa de igualdad se transformó en represión y miseria. Colombia, que ha recibido a millones de migrantes venezolanos, debería tener este espejo como la advertencia más clara de lo que significa entregar el futuro a proyectos populistas.

No obstante, la responsabilidad no recae únicamente en quienes gobiernan. También pesa sobre una ciudadanía que, en su desesperación por soluciones inmediatas, elige el camino de los atajos populistas. Los colombianos tenemos la obligación de comprender que el voto no puede ser un acto emocional ni un favor personal, sino una decisión consciente sobre el rumbo de nuestra sociedad. Votar esperando milagros es lo que nos acerca a los abismos. Votar pensando en instituciones sólidas y en la preservación de la libertad es lo único que puede salvarnos de repetir la historia. La madurez política no se mide en la cantidad de promesas que creemos, sino en la capacidad de reconocer que los políticos no son salvadores, sino administradores temporales del poder.

La democracia en Colombia aún existe, pero no es indestructible. Como decía Thomas Jefferson, la libertad debe ser vigilada por cada generación. Y en nuestro caso, esa vigilancia pasa por no dejarnos seducir por discursos que juegan con resentimientos y emociones, por defender las instituciones que garantizan el equilibrio de poderes y por asumir la responsabilidad de votar pensando en el futuro y no en ilusiones pasajeras. El riesgo de la dictadura no está en un golpe militar ni en un autócrata que se autoproclame, está en el desgaste paulatino de las instituciones y en la complicidad de una ciudadanía que, por ingenuidad o comodidad, permite que le arrebaten la libertad en nombre de promesas que jamás se cumplen.

Colombia no está condenada a repetir la tragedia de sus vecinos, pero tampoco está vacunada contra ella. Todo dependerá de si sus ciudadanos deciden actuar como adultos responsables en el ejercicio del voto o si prefieren seguir entregando el poder a quienes, bajo el disfraz del cambio, conducen al país hacia el mismo callejón sin salida que ya conocemos. La historia nos ha mostrado una y otra vez el desenlace del socialismo; lo que falta por ver es si hemos aprendido la lección o si estamos dispuestos a cometer, con plena conciencia, el mismo error.

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