El espejismo del bienestar


La declaración de Friedrich Merz en Alemania, advirtiendo que el Estado del bienestar ya no es financieramente viable, resuena como un eco que trasciende fronteras y nos obliga a mirarnos al espejo en Colombia. Aunque los contextos históricos, políticos y económicos son diferentes, el mensaje de fondo es el mismo: los Estados están llegando al límite de lo que pueden prometer y sostener. La narrativa de que siempre habrá recursos para financiar subsidios, burocracia y programas sociales se enfrenta a la fría realidad de la escasez. En Alemania, el debate surge en una economía desarrollada, con superávits acumulados y una estructura industrial robusta; en Colombia, el dilema es aún más crudo porque se habla de un país con una base tributaria estrecha, altos niveles de informalidad y una dependencia constante de deuda y renta extractiva.

El problema no está en la intención de garantizar bienestar, sino en la contradicción entre lo que se promete y lo que realmente puede sostenerse. En Colombia, hablar de Estado social de derecho se ha vuelto un recurso retórico que rara vez se traduce en un modelo económico sostenible. Los datos del Ministerio de Hacienda lo dejan en evidencia: en 2024 más del 50 % del presupuesto nacional se destinó al pago de deuda y al financiamiento de programas sociales, mientras la inversión en infraestructura productiva quedó rezagada. En otras palabras, Colombia no está sembrando riqueza futura, sino administrando pobreza presente. Y lo más preocupante es que gran parte de la población no es consciente de cuánto de lo que trabaja termina absorbido por un Estado que, en teoría, redistribuye, pero en la práctica mantiene una maquinaria burocrática costosa y poco eficiente.

No es casualidad que en debates internacionales resurjan las ideas de economistas liberales como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises, quienes advertían que la expansión ilimitada del Estado conduce a la ilusión de seguridad a corto plazo y a la decadencia a largo plazo. Merz, desde la derecha alemana, lanza la alerta, pero incluso figuras de corte socialdemócrata en Europa han comenzado a reconocer que los sistemas de bienestar diseñados en el siglo XX no resisten la presión demográfica, tecnológica y fiscal del siglo XXI. El aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento poblacional y la ralentización de la productividad hacen que lo que antes era sostenible hoy se convierta en un lastre. Si en Alemania la discusión ya es urgente, en Colombia debería ser impostergable.

Un ejemplo cercano es el de las transferencias sociales implementadas en nuestro país. Programas como Familias en Acción, Ingreso Solidario o la Renta Ciudadana buscan paliar la pobreza, pero no modifican sus causas estructurales. De hecho, Colombia sigue con un índice de informalidad laboral cercano al 56 %, lo que significa que más de la mitad de los trabajadores no cotizan a seguridad social y no contribuyen de manera estable al sostenimiento del sistema. El círculo vicioso es evidente: los que trabajan formalmente financian a quienes están por fuera del sistema, pero como la base contributiva es pequeña y la evasión elevada, el Estado se endeuda para cubrir la diferencia. Así, el bienestar deja de ser una conquista colectiva y se convierte en una carga insostenible.

La comparación con Alemania no es un ejercicio caprichoso, es un contraste que revela la magnitud de nuestra fragilidad institucional. Mientras un país desarrollado con una de las economías más fuertes del mundo se atreve a decir que su Estado de bienestar es inviable, en Colombia seguimos vendiendo la ilusión de que podemos expandirlo sin preguntarnos cómo se paga. Es como si un hogar endeudado hasta el cuello insistiera en comprar más electrodomésticos para dar la impresión de progreso, aun cuando no puede cubrir las cuotas de los anteriores. Esta lógica, trasladada a la política, explica por qué cada elección se convierte en una competencia de promesas sociales que difícilmente se financian con ingresos reales.

La pregunta de fondo es si estamos dispuestos a asumir una discusión seria sobre el tamaño del Estado y la responsabilidad individual en la generación de riqueza. La ideología juega un papel central. En la izquierda, persiste la creencia de que aumentar impuestos a los más ricos solucionará todo, ignorando que en un país con tan pocos grandes contribuyentes, esa vía tiene un límite evidente y puede ahuyentar la inversión. En la derecha, se defiende la reducción de impuestos y el estímulo al mercado, pero pocas veces se aborda el problema de cómo garantizar que la riqueza efectivamente se traduzca en oportunidades para los más pobres. En el centro, se ha instalado una narrativa pragmática que termina siendo ambigua y complaciente.

El riesgo de no enfrentar este dilema es caer en una crisis silenciosa: la de un Estado que promete más de lo que puede cumplir y que erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Lo estamos viendo en el día a día: hospitales que no pagan a médicos porque las EPS están quebradas, universidades públicas con déficit crecientes, subsidios que no llegan a tiempo o que se vuelven clientelares. Cada colombiano experimenta en carne propia lo que significa un Estado que se expande en promesas pero se contrae en resultados.

Es aquí donde las palabras de Merz adquieren una dimensión que trasciende la geografía. Lo que él advierte para Alemania es una advertencia global: no hay Estado que pueda sostener un bienestar financiado con deuda infinita, con bases tributarias cada vez más débiles y con sistemas de reparto diseñados para sociedades que ya no existen. La discusión que él abre debería resonar con más fuerza en países como Colombia, donde seguimos creyendo que el bienestar se decreta desde un escritorio y no se construye desde la productividad.

Al final, la verdadera disyuntiva no es entre más Estado o menos Estado, sino entre un Estado que se enfoque en garantizar reglas claras, justicia eficiente, seguridad y educación de calidad, o un Estado que intente ser el proveedor universal de todo y termine siendo un administrador del fracaso. La sostenibilidad del bienestar, tanto en Alemania como en Colombia, dependerá de la capacidad de los ciudadanos y de sus líderes para aceptar una verdad incómoda: no hay almuerzo gratis. Y cuanto antes entendamos que la riqueza se produce antes de redistribuirse, más cerca estaremos de construir un modelo de bienestar real y no un espejismo que tarde o temprano se desmorona.


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