Vivimos en un país donde se nos ha enseñado a aplaudir cada anuncio de gasto público como si de ello dependiera el bienestar nacional. Cada presupuesto que aumenta, cada subsidio que se amplía, cada nuevo plan asistencialista se celebra como si el crecimiento económico surgiera de la nada, como si bastara con poner dinero en circulación para generar riqueza. Pero detrás de esta ilusión contable se esconde una realidad incómoda: no es el consumo lo que sostiene a una economía, sino la producción. No es el gasto lo que nos saca de la pobreza, sino la creación de valor a través del trabajo, el ahorro y la inversión.
Colombia ha caído en el error de muchos países en desarrollo: creer que la abundancia puede decretarse desde los escritorios del Estado. Se nos dice que para activar la economía basta con gastar más, endeudarse más, imprimir más dinero o subsidiar más sectores. Se apela a la “demanda agregada” como si fuera un dios invisible que premia a quienes gastan sin preocuparse por el origen de los recursos. Pero toda demanda, si no está respaldada por producción real, no es más que un acto de consumo que agota el presente sin construir el futuro. Como lo advirtió Richard von Strigl, sin un fondo de subsistencia, sin ahorro previo, ningún proceso productivo sostenido es posible. La economía no es magia, es tiempo, esfuerzo y capital acumulado.
Imaginemos por un momento a un joven colombiano de clase media baja que recibe un subsidio del gobierno para estudiar, mientras su familia vive del Ingreso Solidario y algunos programas de asistencia. Sin duda, estas ayudas pueden ser necesarias en contextos de vulnerabilidad, pero la pregunta clave es: ¿de dónde provienen los recursos que permiten entregar esos subsidios? Si no vienen de impuestos sobre una economía vigorosa y productiva, tienen que provenir de deuda o emisión monetaria. En ambos casos, no se está creando riqueza, solo se está trasladando el costo al futuro. Se está consumiendo hoy lo que aún no se ha producido, hipotecando el bienestar de las generaciones venideras. El joven estudia, sí, pero en un entorno donde la economía no genera suficientes empleos productivos, donde la inversión privada se retrae frente a la inseguridad jurídica, la burocracia y los discursos antiempresa. ¿Qué le espera al final de su formación? ¿Qué oportunidades reales tendrá si la economía no crece en función de más capital, más productividad y más libertad para crear?
En Colombia, muchos celebran que el Estado incremente su gasto en nombre de la equidad, pero olvidan que ese gasto no cae del cielo. No podemos consumir más de lo que producimos. Tampoco podemos producir si no se ahorra e invierte. El crecimiento genuino, como lo explica la ley de Say, no proviene de inyectar dinero a la demanda, sino de aumentar la oferta. Las personas no quieren dinero por el dinero mismo —que no se come ni abriga—, lo quieren porque les permite intercambiarlo por bienes y servicios. Y solo podrán demandar si antes han producido algo que otros valoren. Es el principio básico del intercambio, algo que nuestros dirigentes políticos, atrapados en visiones cortoplacistas, parecen haber olvidado por completo.
Este principio se vuelve aún más urgente en un país como Colombia, donde las cifras de informalidad laboral superan el 55%, donde más del 40% de los trabajadores no están cubiertos por pensiones ni seguridad social, y donde cerca de 20 millones de personas viven en condiciones de pobreza multidimensional o ingresos bajos. La solución no es seguir distribuyendo más dinero ficticio, sino construir una economía capaz de generar empleos reales, sostenibles y productivos. Pero para eso se necesita inversión, y para que haya inversión se necesita ahorro. Y para que haya ahorro, debe haber confianza en las instituciones, en las reglas del juego, en la estabilidad jurídica y en la seguridad física.
Pero el discurso dominante apunta en la dirección contraria: se ataca al empresario, se demoniza el lucro, se desincentiva la inversión con más cargas regulatorias, y se promueven narrativas que enfrentan al capital con el trabajo, al productor con el consumidor, al privado con el Estado. Como si el pastel económico pudiera crecer repartiendo lo que aún no se ha horneado. En ese contexto, el Estado no solo no estimula el crecimiento, sino que lo frena. No lo impulsa, lo inhibe. Porque el capital huye del riesgo, y en Colombia cada vez se corre más riesgo por producir, por emplear, por generar valor.
La situación se agrava cuando desde el Banco de la República se presiona por reducir tasas para estimular la demanda, mientras el déficit fiscal crece, la deuda pública supera el 60% del PIB y la inflación persiste como un impuesto silencioso sobre los más pobres. Creer que el crecimiento vendrá por consumir más es como creer que uno puede vivir comiéndose sus herramientas de trabajo. El dinero, como bien lo advirtió Rothbard, no produce nada por sí mismo. Solo facilita los intercambios. No puede sustituir al capital, ni al trabajo, ni a la inteligencia empresarial. Una economía donde se imprimen billetes pero no se produce más riqueza, no está creciendo: está fingiendo.
Bajo esta lógica, incluso muchas de las políticas de “reactivación económica” implementadas tras la pandemia no hicieron más que agravar el problema estructural. Se inyectó liquidez en un sistema que no había recuperado su capacidad de producción, y se empujó al consumo en sectores que aún no habían restaurado sus cadenas de valor. El resultado fue una inflación alimentada por demanda artificial, combinada con una oferta limitada y una inversión empresarial que no termina de despegar. Porque ningún incentivo al consumo puede sustituir los fundamentos reales del crecimiento: más productividad, más capital, más ahorro.
Colombia necesita urgentemente una pedagogía del crecimiento. Necesitamos dejar de pensar en el gasto como solución y empezar a pensar en la producción como camino. Necesitamos una revolución cultural que reivindique la figura del productor: del empresario que arriesga, del trabajador que se esfuerza, del campesino que ahorra, del innovador que crea. Necesitamos entender que la única forma de que haya más para todos es que haya más producción, y para que la producción crezca, debe crecer el capital. Y el capital solo crece cuando se ahorra, cuando se reinvierte, cuando se permite que el excedente se acumule y se destine a mejorar procesos, crear tecnología, abrir mercados y contratar talento.
Mientras sigamos creyendo que podemos gastar sin producir, seguiremos empobreciéndonos. Mientras sigamos creyendo que el dinero puede sustituir al trabajo, seguiremos estancados. Y mientras sigamos celebrando cada nuevo subsidio sin preguntarnos cómo se financia, estaremos caminando, sin darnos cuenta, hacia la ruina fiscal y la dependencia crónica.
La economía no es una ilusión colectiva ni un deseo proyectado en cifras de presupuesto. Es un proceso de creación real de valor. Y ese valor no se decreta: se produce. El verdadero desafío no es repartir lo que hay, sino multiplicarlo. Y para eso, Colombia necesita menos discursos sobre gasto, y más acciones orientadas a producir, ahorrar e invertir. Solo entonces podremos hablar de crecimiento real y bienestar sostenible. Lo demás, como decía Bastiat, es lo que no se ve: la destrucción silenciosa de nuestro futuro.
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