Ni víctimas ni pioneros: imitadores estratégicos o países estancados
Hay una narrativa que se ha vuelto casi dogma en los discursos sobre desarrollo en países como Colombia: la de la deuda histórica, el colonialismo perpetuo, las heridas abiertas que supuestamente explican cada rezago económico. Es una narrativa cómoda, y como toda comodidad, termina siendo estéril. Mientras seguimos reclamando justicia simbólica a potencias extranjeras, otros países —igual de colonizados, igual de saqueados— han elegido otro camino: el de la acción, la copia, la adaptación, la transformación. Y hoy son potencias tecnológicas.
En el siglo XXI, el conocimiento es el capital más valioso, pero no necesariamente hay que inventarlo para beneficiarse de él. La historia económica global está plagada de imitadores exitosos. Corea del Sur, un país devastado por la guerra en los años 50, decidió que no podía esperar a que la innovación brotara espontáneamente de su tierra arrasada. En cambio, se concentró en absorber tecnología extranjera, formar capital humano en masa y establecer conglomerados industriales que hoy compiten con gigantes del mundo. Japón hizo lo mismo en el siglo XIX con la era Meiji. China, durante décadas, se convirtió en un laboratorio de adaptación tecnológica, muchas veces a través de mecanismos cuestionables de ingeniería inversa, sí, pero también con resultados innegables: crecimiento sostenido, aumento de productividad, y mejora en las condiciones de vida.
Colombia, sin embargo, parece atrapada en un limbo intelectual. Discutimos sin cesar sobre quién tiene la culpa de nuestra pobreza, mientras pasamos por alto lo fundamental: no estamos creando valor, ni copiando bien el valor que otros crean. Hay una obsesión por ser originales sin haber sido aprendices. Creemos que el desarrollo económico será fruto de una innovación repentina, cuando ni siquiera hemos hecho el trabajo previo de absorber y adaptar lo que ya existe. En vez de reclamar el lugar que no tenemos, deberíamos preguntarnos por qué no hemos ocupado el lugar que está disponible: el del imitador estratégico.
Lo más paradójico es que nuestra relativa irrelevancia geopolítica podría jugar a favor. Colombia no está en el radar de las grandes potencias como una amenaza tecnológica. A diferencia de India, China o incluso Brasil, no despertamos sospechas de espionaje industrial. Esta invisibilidad nos da una libertad impensable: podríamos importar conocimientos, absorber modelos, replicar sistemas productivos, copiar métodos educativos o industriales sin encender alarmas en Washington o Bruselas. Pero no lo hacemos. ¿Por qué? Porque seguimos entretenidos en debates estériles sobre agravios históricos mientras se nos escapan las oportunidades del presente.
No se trata de negar la historia, sino de no quedar atrapados en ella. El colonialismo dejó cicatrices, sí, pero también dejó instituciones, puertos, lenguas, rutas de comercio, sistemas jurídicos que muchos países supieron aprovechar. No hay dignidad en la miseria autoinfligida. Las reparaciones simbólicas no generan empleo, no incrementan la productividad, no modernizan el agro ni reducen el hambre. Solo una mentalidad orientada al aprendizaje constante, a la apropiación estratégica del conocimiento y a la creación de capacidades internas puede hacer eso.
En Colombia, por ejemplo, tenemos un agro estancado, donde los pequeños productores aún siembran como hace cincuenta años. No por ignorancia, sino por falta de acceso a tecnologías que ya existen y funcionan: sistemas de riego eficientes, modelos de cultivo inteligente, plataformas de trazabilidad o redes de comercialización digitales. Nada de eso requiere inventar la rueda. Basta con replicar lo que ya es cotidiano en otras regiones del mundo. Pero nuestra clase política, en vez de facilitar la transferencia tecnológica, mantiene un discurso anacrónico que romantiza al campesino como símbolo de resistencia, en lugar de convertirlo en empresario rural del siglo XXI.
Lo mismo ocurre en la educación. Seguimos atados a un modelo memorístico, desconectado del mercado laboral y de los cambios tecnológicos. Mientras países como Vietnam enseñan robótica e inteligencia artificial desde la secundaria, en Colombia aún se debate si es necesario incluir programación en el currículo escolar. El desfase no es por incapacidad, sino por falta de ambición. Preferimos debatir sobre el “derecho a la educación” como si fuera un asunto de justicia simbólica, en lugar de preguntarnos: ¿qué tipo de educación nos hará competitivos?
Incluso en nuestras ciudades, la brecha tecnológica se nota. Las pequeñas y medianas empresas, que generan más del 80% del empleo nacional, rara vez adoptan herramientas digitales para mejorar su productividad. En parte porque el Estado no lidera un ecosistema de transferencia tecnológica robusto, y en parte porque hemos normalizado el atraso como una especie de identidad cultural. Como si la informalidad fuera una forma de autenticidad.
Pero hay una solución. No pasa por esperar inversiones millonarias del extranjero ni por crear la próxima startup unicornio. Pasa por copiar bien. Por crear políticas públicas que incentiven la transferencia de tecnología, por establecer alianzas estratégicas con universidades extranjeras, por financiar programas de formación técnica que respondan a necesidades reales, por flexibilizar la legislación de propiedad intelectual en ciertos sectores para facilitar la adaptación tecnológica. Todo esto puede hacerse sin necesidad de ser potencia. Solo se requiere voluntad.
Ya es hora de que Colombia supere su complejo de inferioridad disfrazado de resistencia histórica. La dignidad no está en reclamar lo que fuimos, sino en construir lo que podemos ser. El futuro no pertenece a los pioneros solitarios, sino a los imitadores inteligentes. Los que no inventan, pero entienden. Los que no crean, pero transforman. Los que no necesitan permiso para aprender, copiar, adaptar y crecer.
La historia no absuelve a los que esperan. Absuelve a los que actúan.

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