Ni árbitros ni partidos: el mercado como acto de libertad


En Colombia, hablar de libre mercado se ha vuelto casi un tabú en ciertos círculos académicos, políticos y sociales. Se confunde con privilegios, se relaciona con desigualdad, y se acusa de estar en la raíz de todos los males. Pero rara vez se comprende. Y mucho menos se defiende desde una convicción genuina de libertad. Vivimos un tiempo donde las narrativas populistas han ganado terreno, y donde las políticas intervencionistas vuelven a prometer soluciones mágicas a problemas estructurales que, paradójicamente, ellas mismas han alimentado durante décadas. En este contexto, defender el libre mercado no es solo una postura económica: es una forma de resistencia intelectual y moral.

Ludwig von Mises nos advertía que cada intervención del Estado en el mercado genera consecuencias no previstas que exigen nuevas intervenciones, hasta llevarnos, si no se detiene el proceso, al control total. En Colombia, hemos visto esta lógica con claridad en sectores como el energético, la salud o el transporte. Se subsidia el consumo, se regula el precio, se castiga la oferta, y cuando el sistema colapsa, se exige más intervención. Así ocurrió con el sistema de salud: tras años de fallas estructurales inducidas por regulaciones contradictorias, la solución que se plantea es destruir el modelo mixto para instaurar un monopolio estatal. No se corrigen los errores del intervencionismo anterior; se profundiza. Lo que se vende como justicia social termina siendo un nuevo tipo de dominación burocrática, menos eficiente y más peligrosa.

La crítica más profunda al intervencionismo, sin embargo, no es técnica, sino moral. Friedrich Hayek lo explicó con una lucidez insuperable: ningún burócrata puede sustituir el conocimiento disperso entre millones de individuos. La planificación central no solo falla porque es ineficiente; falla porque es arrogante. En Colombia, lo vemos cuando desde los escritorios de Bogotá se dictan normas que afectan a campesinos en Putumayo o a pescadores en el Magdalena sin haber pisado jamás sus territorios. Esa arrogancia tecnocrática, disfrazada de buenas intenciones, acaba asfixiando las formas de vida y producción más cercanas a la realidad. Las soluciones homogéneas, impuestas desde arriba, ignoran las dinámicas espontáneas y diversas de las comunidades.

El mercado, por el contrario, es el lugar donde los ciudadanos se encuentran como iguales, no por decreto, sino por necesidad. Es el único sistema en el que el panadero y el cliente, el mecánico y el agricultor, el emprendedor y el consumidor, cooperan sin necesidad de conocerse, sin imponer sus valores, sin mediar coerción. El precio —ese dato que tanto intentan manipular los gobiernos— es en realidad un mensaje, una señal de lo que otros valoran. Alterarlo desde el poder político es sabotear esa conversación silenciosa que sostiene la vida económica de millones.

Israel Kirzner agregó algo fundamental a esta visión: el papel del empresario como descubridor. En lugar de ver al empresario como un explotador, deberíamos entenderlo como un agente que identifica vacíos en el mercado, conecta recursos dispersos, y genera soluciones antes inexistentes. En Colombia abundan estos héroes anónimos: el joven que inicia una empresa de reciclaje en Medellín, la mujer que convierte su cocina en un negocio de almuerzos en Cartagena, el campesino que exporta aguacate desde el Quindío. Ellos no necesitan más licencias ni permisos ni controles. Necesitan libertad para actuar, para equivocarse, para innovar. Necesitan menos Estado y más respeto.

Por supuesto, hay quienes creen que la libertad económica es una amenaza. Que el mercado debe someterse a los fines “superiores” definidos por los gobernantes de turno. Murray Rothbard respondió con contundencia a esa visión: la coerción no puede producir prosperidad. Y si lo hace, lo hace a un costo moral inaceptable. El progreso genuino no puede nacer del miedo ni de la imposición. Cuando el gobierno impone su visión del bien común por la fuerza, termina dividiendo a la sociedad en dos grupos: quienes reparten privilegios y quienes los sufren. Y esa división no es solo económica, sino profundamente política.

En Colombia, la tentación de concentrar el poder económico en manos del Estado ha regresado con fuerza. Se disfrazan de justicia las viejas recetas fracasadas del populismo latinoamericano. Se persigue al capital privado mientras se alimenta un aparato público cada vez más costoso e ineficiente. La narrativa de los “pobres contra los ricos” sustituye al análisis serio de las causas de la pobreza. Y el resultado previsible no es la equidad, sino el estancamiento. El dinero huye, la inversión se detiene, el talento emigra. No por egoísmo, sino por supervivencia.

Pero la economía no es un juego de suma cero. No es un partido de béisbol donde hay árbitros, reglas fijas y un ganador y un perdedor. La vida económica —la vida real— es más parecida a un mercado abierto donde cada quien aporta lo que tiene y recibe lo que necesita. Todos ganan, porque el intercambio voluntario siempre implica beneficio mutuo. El vendedor quiere vender, el comprador quiere comprar, y ambos salen mejor de lo que entraron. Esa es la lógica que los políticos no entienden o prefieren ignorar, porque no les da poder. Y sin embargo, es la única lógica que ha demostrado, a lo largo de la historia, sacar a los pueblos de la miseria.

Hoy más que nunca, defender el libre mercado en Colombia es defender la dignidad del ciudadano común. Es rechazar la idea de que los problemas sociales se resuelven desde un escritorio central, y reafirmar que la libertad no es un lujo de las élites, sino un derecho de todos. No se trata de idealizar un sistema, sino de comprender que, con todos sus defectos, es el que más espacio deja a la creatividad, a la cooperación y al crecimiento auténtico.

La verdadera justicia social no se impone con subsidios ni con discursos moralistas, sino con instituciones que respeten la propiedad, promuevan la competencia, y garanticen la libertad. Si queremos una Colombia próspera, debemos dejar de ver al mercado como un enemigo, y empezar a verlo como lo que realmente es: el espacio donde los seres humanos libres crean valor, resuelven problemas, y se benefician mutuamente sin necesidad de árbitros ni planificadores. Porque al final, la libertad no es solo un principio económico. Es el principio fundamental de toda sociedad que aspira a ser verdaderamente humana.


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