Más allá de la grieta: repensar a Colombia sin etiquetas


En la Colombia de hoy, la palabra “derecha” suena casi como un insulto colectivo, un estigma ideológico que arrastra consigo prejuicios históricos y pugnas de poder. La narrativa dominante ha pintado de nefasto cualquier atisbo de liberalismo o defensa de la propiedad privada, de tal manera que muchos reservan su voz o la vuelcan hacia la izquierda sin cuestionar. Este rechazo no es fortuito: se construyó bajo la lógica de la victimización, donde la culpa siempre recae en “el imperio”, el “capitalismo” o el “empresario”, mientras nuestros propios gobernantes eluden la responsabilidad de sus fracasos y se aferran a discursos maniqueos que simplifican la realidad colombiana.

La juventud, en su afán natural de rebeldía, ha abrazado la izquierda como emblema de protesta. Sin embargo, resulta irónico que muchos de esos jóvenes, que claman por justicia social, terminen atrapados en proyectos políticos que fomentan la dependencia del Estado y refuerzan la cultura del asistencialismo. La paradoja se hace evidente al ver que la tasa de desempleo en Colombia se sitúa en un 9,6 % en marzo de 2025 (DANE), cifra histórica pero maquillada por la informalidad creciente, que alcanza el 57,7 % de los nuevos empleos generados (DANE). En un país donde más del 31 % de la población vive por debajo de la línea de pobreza monetaria (DANE), subsistir gracias a un subsidio estatal no es símbolo de progreso, sino de supervivencia.

Quizá la verdadera tragedia sea que hemos olvidado que el Estado no crea riqueza: la extrae. Cada peso recaudado proviene del sacrificio de un trabajador, del riesgo de un emprendedor, de la innovación de pequeñas y medianas empresas que sortean una maraña burocrática para subsistir. En un día cualquiera en Barranquilla, un padre de familia abre su taller de mecánica a las seis de la mañana, limpia piezas oxidadas y factura cada servicio con la incertidumbre de si le alcanzará para pagar la nómina y los impuestos. Ese empresario informal es, a la vez, el sostén de su hogar y el pilar anónimo del erario público. Si él desapareciera, el Estado perdería su fuente de ingresos y miles de empleados quedarían sin empleo.

Cuando hablamos de “ser de derecha”, no nos referimos a un dogma sectario, sino a una visión pragmática centrada en la seguridad, la justicia y la libertad económica como condiciones sine qua non para el desarrollo. Países nórdicos como Finlandia o Suecia demuestran que la combinación de un mercado libre robusto con un Estado de bienestar sólido no es utópica: es resultado de políticas coherentes que reconocen el valor de la iniciativa privada y, al mismo tiempo, protegen a los más vulnerables (OECD, 2024). Allá, los emprendedores operan con certeza jurídica, pagan tasas competitivas y reinvierten sus ganancias en innovación. Aquí, sin embargo, nuestros políticos, sean de un partido u otro, abren y cierran la llave de la redistribución según la conveniencia electoral, sin una hoja de ruta clara que trascienda las elecciones.

Sorprende, además, que figuras históricas como Margaret Thatcher, a quien se etiquetó de derecha en su momento, respetaran sin titubeos el libre mercado, el papel del empresario y la propiedad privada, aun implementando políticas sociales cuando la coyuntura lo exigía (Heriot-Watt University). Nueva Zelanda, bajo mandatarios de diversa afiliación, consolidó reformas económicas profundas que impulsaron su prosperidad, demostrando que la etiqueta política es secundaria frente a la ejecución de reformas estructurales (Banco Mundial). Hasta China —con un régimen comunista dominante— ha comprendido que sólo liberando zonas económicas y reduciendo impuestos al sector privado podrá sostener su gigantesca economía (Fondo Monetario Internacional). Si un país con un sistema tan centralizado reconoce la necesidad del mercado, ¿por qué nosotros seguimos debatiendo en términos binarios?

En la práctica, Colombia carece de partidos auténticamente de derecha. Todos, sin excepción, gestionan impuestos crecientes, subsidios de corto plazo y políticas de redistribución que atentan contra la productividad. Según el más reciente informe de DANE, la pobreza multidimensional cayó significativamente en zonas rurales —del 51 % al 24 %— y urbanas —del 23 % al 8 %— entre 2010 y 2024, un avance notable pero insuficiente para erradicar las desigualdades estructurales (DANE). Ese progreso se truncará si seguimos premiando la informalidad y el tamaño del Estado como mecanismo de inclusión, en lugar de fortalecer la educación, la formalización laboral y la competitividad.

No se trata, entonces, de adherir ciegamente a la derecha o a la izquierda, sino de entender que el verdadero cambio exige repensar el contrato social: un Estado que sirva y no que asfixie, un mercado que produzca bienestar y un ciudadano que ejerza presión informada sobre sus gobernantes. En Colombia, donde cada día nacen 1 100 empresas nuevas pero sólo un 20 % permanece activa a los dos años (Cámara de Comercio de Bogotá), necesitamos políticas que simplifiquen trámites, reduzcan costos laborales y promuevan la formalización sin perder de vista la protección social.

La grieta ideológica nos ha distraído de lo esencial: la construcción de instituciones inclusivas que impulsen la creatividad, el emprendimiento y la justicia basada en el mérito. Si queremos un país próspero, debemos abandonar la simplificación de “derecha versus izquierda” y abrazar la complejidad de la realidad colombiana. Eso implica reconocer que el Estado necesita del mercado para funcionar, que el empresario merece respeto y estímulo, y que la justicia social no se logra repartiendo recursos escasos, sino generando riqueza sostenible.

En última instancia, el desafío no es político, sino cultural: cambiar la forma en que pensamos. Volver a crear un pacto ciudadano donde el valor del trabajo, la innovación y la libertad individual se reconozcan como motores del progreso común. Solo así lograremos trascender la grieta y edificar una Colombia en la que todos, sin distinción ideológica, tengamos la oportunidad de ser protagonistas de nuestro destino.

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