La Ilusión del Progreso Económico: Reflexiones sobre el Gasto Público y la Prosperidad en Colombia


En la actualidad, vivimos una paradoja económica que atraviesa muchas de las economías contemporáneas, especialmente aquellas en vías de desarrollo como la colombiana. En un mundo donde los paradigmas económicos predominantes, influenciados principalmente por la teoría keynesiana, apuestan por una constante expansión de la demanda a través del gasto público y el endeudamiento, la realidad de los resultados a largo plazo parece contradecir las expectativas. ¿Estamos realmente avanzando hacia el bienestar, o nos dirigimos hacia una trampa económica que promueve una falsa sensación de prosperidad?

John Maynard Keynes, el economista que moldeó las políticas económicas de la mayor parte del siglo XX, postuló que la clave para salir de las crisis económicas es estimular la demanda. En su visión, los recesiones económicas surgen principalmente de una demanda insuficiente, y la respuesta adecuada ante esto es el aumento del gasto, ya sea privado o, en su defecto, público. En este marco, las recesiones no se resuelven con ajustes o recortes, sino con un aumento en el consumo que desencadene una multiplicación de la producción. A pesar de que este enfoque ha sido fundamental para las políticas de muchas naciones, incluida Colombia, los resultados que estamos presenciando parecen contradecir la teoría, revelando efectos que podrían ser incluso más destructivos que la crisis misma.

En el contexto colombiano, la realidad económica no está exenta de intervenciones estatales masivas. El gasto público ha aumentado de forma considerable en los últimos años, especialmente en áreas como subsidios, programas de transferencias directas y proyectos de infraestructura. El gobierno ha asumido un papel proactivo en tratar de estimular la economía mediante estos programas. Sin embargo, ¿ha logrado realmente generar prosperidad o simplemente ha diluido el verdadero motor del crecimiento económico?

En primer lugar, debemos entender que el modelo keynesiano asume que el aumento en el gasto público, si es bien gestionado, puede generar una recuperación que se traduzca en crecimiento real. Pero lo que se está pasando por alto, y lo que muchos economistas han alertado, es que este tipo de estímulos no pueden sostenerse a largo plazo sin un aumento paralelo en la producción real. En lugar de fomentar una base sólida de producción y ahorro, se fomenta un modelo en el que el consumo predomina, incluso a costa de un endeudamiento público y privado cada vez mayor. Esto crea una distorsión en la economía, donde la inversión en activos productivos es reemplazada por una creciente demanda insostenible.

Un ejemplo claro de este fenómeno se puede observar en la política fiscal del gobierno colombiano durante los últimos años. El aumento de la deuda pública ha sido una constante, con el gobierno recurriendo a préstamos internacionales para financiar el gasto en áreas como la salud, la educación y los programas de asistencia social. Mientras que estas iniciativas pueden tener un impacto positivo en el corto plazo, en el largo plazo, el endeudamiento sin respaldo en una economía productiva sólida genera una presión sobre las futuras generaciones, quienes tendrán que pagar por estos compromisos a través de impuestos más altos y recortes en otros sectores clave de la economía.

Pero, más allá del impacto macroeconómico, la distorsión en la estructura productiva tiene repercusiones en la vida cotidiana de los colombianos. Un claro ejemplo de esta distorsión es la inflación, que, a pesar de los esfuerzos por controlar el gasto público, sigue siendo un problema persistente. El aumento de los precios de los productos básicos, como alimentos y servicios, reduce el poder adquisitivo de la población, afectando especialmente a las clases medias y bajas, que son las más dependientes de los precios estables. En lugar de que el aumento del gasto público haya generado una mayor estabilidad económica, muchos colombianos se encuentran atrapados en una espiral de precios crecientes, mientras que el valor real de sus salarios se erosiona constantemente.

Lo que el enfoque keynesiano ignora es que el verdadero crecimiento económico se basa en un equilibrio entre consumo, ahorro e inversión. Un aumento artificial de la demanda, que no esté respaldado por una mayor producción, solo lleva a un círculo vicioso de inflación y endeudamiento. La prosperidad no se logra por consumir más, sino por generar más valor, por aumentar la productividad y por crear una estructura económica que permita que cada peso gastado se traduzca en una creación real de riqueza.

Este enfoque erróneo también tiene consecuencias políticas y sociales. En Colombia, el populismo económico, que se nutre de promesas de un gasto público expansivo para ganar apoyo electoral, ha sido una de las características de las últimas administraciones. Este tipo de políticas se perciben como soluciones rápidas para problemas complejos, pero sus efectos secundarios son devastadores para la estabilidad a largo plazo. Mientras tanto, la falta de una cultura de ahorro y una política económica orientada a la creación de riqueza a través de la inversión y la innovación sigue limitando el verdadero progreso del país.

Es imperativo replantear la forma en que entendemos la política económica y la intervención del Estado en la economía. No se trata solo de gastar más, sino de crear las condiciones para que el sector privado pueda prosperar, para que los individuos puedan invertir, ahorrar y generar riqueza de manera sostenible. La clave no está en el gasto desmedido, sino en una estrategia que favorezca el ahorro, la inversión y el emprendimiento.

En este contexto, las ideas de la escuela austríaca de economía, que critican el intervencionismo estatal y defienden un mercado libre, deben ser tenidas en cuenta al momento de replantear las políticas económicas en Colombia. En lugar de estimular artificialmente la demanda, se debería priorizar la creación de un entorno favorable para los empresarios, la reducción de barreras burocráticas y fiscales que dificultan el emprendimiento, y la promoción de una cultura del ahorro y la inversión.

Es necesario comprender que la riqueza no se crea con gasto público impulsado por deuda, sino con la producción real de bienes y servicios. La inflación no es una simple fluctuación en los precios; es un síntoma de una estructura económica desequilibrada, donde el dinero se diluye y los recursos no se utilizan de manera eficiente. Para que Colombia realmente progrese, debe centrarse en generar condiciones para que el sector privado pueda prosperar, reducir la dependencia del gasto público y permitir que la economía crezca de manera sólida y sostenible.

En definitiva, lo que estamos presenciando hoy no es un crecimiento genuino, sino una ilusión de prosperidad creada por políticas económicas que no están sustentadas en fundamentos sólidos. Si no cambiamos de rumbo, lo que nos espera no es un futuro de prosperidad, sino una crisis de deuda y pobreza generalizada. Es hora de dejar atrás las soluciones fáciles y comenzar a construir una economía basada en la producción, el ahorro y la inversión, para que realmente podamos alcanzar el bienestar colectivo que todos deseamos.


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