La economía no es lo que crees: es libertad, no cifras
Durante décadas nos han hecho creer que la economía es una ciencia oscura, repleta de gráficas, porcentajes y tecnicismos que solo los expertos pueden comprender. Se nos enseña a concebirla como una disciplina lejana, ajena al día a día del ciudadano común, como si los principios que la rigen fuesen análogos a las leyes de la física: fríos, inmutables y medibles. Pero esta visión tecnocrática ha desviado la atención de una verdad fundamental: la economía no trata de números, sino de personas que toman decisiones. No se basa en predicciones estadísticas, sino en la comprensión de la acción humana. Y en países como Colombia, donde la intervención estatal ha distorsionado por décadas las verdaderas señales del mercado, esta comprensión resulta vital para cualquier intento serio de construir una sociedad más próspera.
La economía es, ante todo, acción con propósito. Cada vez que una madre de familia en Soacha decide cambiar de tienda porque en la otra el arroz está doscientos pesos más barato, está actuando económicamente. Cuando un joven emprendedor en Barranquilla decide invertir sus ahorros en montar una barbería en lugar de gastar en un celular nuevo, está haciendo economía. Cuando un campesino en el Cesar decide vender su cosecha directamente al consumidor para evitar los intermediarios, también está tomando decisiones económicas. Y lo hace no porque haya leído a Adam Smith, sino porque busca mejorar su condición, usando los medios que tiene a su alcance para alcanzar fines que valora. Ese es el verdadero corazón de la economía: la elección racional en un mundo donde no podemos tenerlo todo al mismo tiempo.
Sin embargo, en lugar de enseñarnos esto, se nos ha educado bajo el paradigma del intervencionismo: que el Estado debe planear, dirigir y controlar las actividades económicas, porque el ciudadano, supuestamente, no sabe lo que le conviene. Esta lógica paternalista no solo es ofensiva en términos morales —porque infantiliza al individuo—, sino que es destructiva en términos prácticos. Colombia es un ejemplo vivo de los efectos negativos del exceso de regulación, los subsidios arbitrarios, los controles de precios y la hipertrofia burocrática. El resultado es una economía coaccionada, donde la innovación es castigada con impuestos y trámites, y donde el mérito es desplazado por la relación con el poder político.
Esta distorsión del concepto de economía ha permitido que el discurso público se inunde de propuestas supuestamente técnicas pero profundamente autoritarias. Nos hablan de “redistribución”, “justicia social” y “planes de desarrollo” como si el bienestar pudiera planearse desde un escritorio en Bogotá. Pero no se puede redistribuir lo que no se ha producido, y no se puede producir sin libertad. Cuando el presidente habla de “ordenar la economía desde el Estado”, está ignorando que cada intervención distorsiona las señales que permiten a las personas coordinar sus acciones en libertad. Si se fija el precio del huevo, por ejemplo, se desincentiva la producción, se genera escasez y se obliga al consumidor a pagar más por menos. No es ideología: es consecuencia lógica de la intervención.
Es aquí donde la escuela austriaca de economía ofrece un respiro intelectual frente al consenso planificador. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek entendieron que la economía no es una rama de las matemáticas, sino una ciencia de la acción humana. Propusieron una metodología basada en la lógica pura —la praxeología— que parte de un axioma irrebatible: el ser humano actúa. Desde allí, construyeron un cuerpo teórico robusto que explica fenómenos complejos sin necesidad de recurrir a modelos abstractos y desconectados de la realidad. La inflación, por ejemplo, no es un “fenómeno multicausal” como repite el dogma oficial; es la consecuencia directa de emitir dinero sin respaldo para financiar déficits estatales. Y eso es precisamente lo que estamos viendo hoy en Colombia.
Según cifras del DANE, la inflación interanual en marzo de 2025 fue del 7,4%. Aunque los titulares lo celebren como una “desaceleración”, el ciudadano de a pie no siente alivio alguno: sigue viendo cómo su salario se diluye mientras el Estado gasta más que nunca. Las reformas propuestas, lejos de aliviar el problema, profundizan la dependencia estatal con más subsidios, más intervenciones y más deuda. En nombre de los pobres, se les hace más pobres. En nombre de la justicia, se destruye el tejido productivo que genera empleo.
La economía no necesita ser reinventada, necesita ser entendida. Y eso solo es posible si abandonamos el enfoque de la predicción tecnocrática y abrazamos el de la comprensión lógica. No podemos seguir esperando que modelos computacionales nos digan qué hacer, cuando la clave está en entender cómo y por qué actúa cada individuo. Solo así podemos construir instituciones que respeten la libertad de elegir, de producir, de intercambiar. Porque allí donde hay libertad económica, hay progreso. Y allí donde hay planificación centralizada, hay pobreza y represión.
Colombia necesita una revolución intelectual que parta de lo más elemental: reconocer que la economía no es algo que ocurre en los ministerios, sino en cada transacción voluntaria entre ciudadanos libres. Que el desarrollo no lo trae el gasto público, sino la acumulación de capital, la confianza en las reglas del juego y la protección a la propiedad privada. Que el futuro no se diseña, se construye con cada decisión que tomamos al elegir entre alternativas escasas.
La verdadera economía no se impone, se permite. Y si algo necesita Colombia hoy, es permitirle al ciudadano actuar, equivocarse, aprender, prosperar. Solo cuando entendamos que la economía es eso —acción humana con propósito—, dejaremos de ser víctimas de los que prometen todo y no producen nada. La economía no es lo que crees: no es una ciencia de ecuaciones, es una ciencia de elecciones. Y en esa elección, aún podemos optar por la libertad.
¿Quieres que diseñe una imagen poderosa para acompañar este artículo en LinkedIn?

Comentarios
Publicar un comentario