El libre comercio: el único rincón de cordura entre tantas ideas rotas



En medio de un panorama ideológico plagado de contradicciones, donde economistas y políticos de todos los colores se lanzan cifras como si fueran dogmas, hay un extraño y persistente punto de coincidencia: el libre comercio. Es casi una anomalía histórica que, tanto Paul Krugman —adalid del keynesianismo moderno— como Karl Marx —el más citado crítico del capitalismo— hayan reconocido, aunque por motivos distintos, las virtudes o inevitabilidades del comercio sin barreras. ¿Por qué, entonces, tantos economistas malos, mediocres o ideológicamente dispersos apoyan una idea tan profundamente coherente con la libertad humana? Tal vez porque es la única que los obliga a pensar como economistas, aunque sea por un instante.

En Colombia, esta reflexión cobra una relevancia particular. En un país donde las decisiones económicas suelen tomarse en clave política, donde el proteccionismo se vende como patriotismo y donde los subsidios y los aranceles se disfrazan de justicia social, el libre comercio aparece como una luz incómoda. No porque sea difícil de entender, sino porque desmantela narrativas construidas sobre la manipulación emocional y la desinformación estructural.

No hay que ir muy lejos para ver las consecuencias del proteccionismo en Colombia. Pensemos en el precio de un celular, una lavadora o una computadora. Mientras en otros países estos productos son más accesibles debido a la apertura comercial, en Colombia pueden costar hasta un 40% más debido a los impuestos de importación, el IVA y otros tributos que terminan castigando al consumidor final. El argumento oficial suele ser la protección de la industria nacional, pero la verdad es que esa protección rara vez estimula la productividad o la innovación. Lo que realmente genera es complacencia y clientelismo. Cuando se bloquea la competencia externa, se eternizan los monopolios locales, se suben los precios y se baja la calidad.

Como advertía Frédéric Bastiat en el siglo XIX, el problema de las malas políticas económicas no está en lo que se ve —el empleo "protegido", el productor nacional “salvado”— sino en lo que no se ve: el consumidor que paga más, el joven que no puede acceder a tecnología, la empresa pequeña que no puede importar insumos baratos. El proteccionismo es el arte de sacrificar a los muchos en nombre de unos pocos con buenos contactos. En Colombia, esto no es teoría: es práctica cotidiana.

Henry Hazlitt, en su obra La economía en una lección, plantea que el buen economista es aquel que piensa en las consecuencias a largo plazo de las políticas públicas y en sus efectos para todos los grupos, no solo para uno. Pero esa forma de pensar rara vez se aplica en los debates económicos de nuestro país. Basta con escuchar el Congreso: los aplausos se los llevan quienes prometen subsidios y barreras; los abucheos, quienes hablan de libre empresa y competencia.

Y, sin embargo, incluso quienes defienden modelos estatistas o neomarxistas suelen evitar criticar abiertamente el comercio internacional. Saben que es difícil hacerlo sin quedar en ridículo. En un mundo globalizado, la eficiencia en la producción y distribución de bienes es un hecho tan obvio como la gravedad. Un campesino colombiano puede cultivar cacao, pero difícilmente puede fabricar sus propias herramientas, fertilizantes o maquinaria. ¿Por qué imponerle aranceles a los insumos que necesita, si eso solo encarece su trabajo? El resultado de estas barreras es la pobreza perpetuada, no la autonomía nacional.

La ironía está en que muchos de los que defienden el proteccionismo en nombre del pueblo, lo hacen desde una clase política que jamás compra en tiendas populares ni siente el alza de precios. Visten con ropa importada, usan celulares de última generación y viajan a convenciones internacionales, mientras justifican aranceles que afectan a millones de colombianos que apenas pueden costear lo básico.

¿Y qué dicen los economistas? Algunos, afortunadamente, se mantienen firmes en la defensa del libre comercio, pero muchos otros lo apoyan solo de forma parcial, compartimentando sus principios, como señala Mark Thornton. Es decir, pueden defender el libre comercio mientras en la misma frase promueven el gasto público desmedido, los controles de precios o la expansión monetaria sin límite. Es como aplaudir una dieta sana mientras uno se alimenta a diario de fritanga.

El libre comercio no es una panacea, pero sí es una condición necesaria para cualquier sociedad que aspire a la prosperidad. Es un reflejo de algo más profundo: la libertad de elegir, de intercambiar, de buscar el beneficio mutuo. Si un colombiano quiere comprar arroz tailandés porque es más barato o de mejor calidad, nadie debería impedirlo en nombre de un nacionalismo económico que solo sirve a los políticos y sus aliados industriales. La verdadera defensa del pueblo está en dejarlo decidir qué consumir y a qué precio.

En estos tiempos de inflación, desempleo estructural y déficit fiscal, deberíamos preguntarnos si acaso no hemos ignorado demasiado tiempo las lecciones más básicas de la economía. Quizá es hora de dejar de pensar en categorías ideológicas y comenzar a pensar en principios. El libre comercio —tan odiado por los extremos, tan ignorado por los burócratas— puede ser el único espacio donde la cordura económica aún respira. Y si logramos entenderlo, no solo como estrategia internacional sino como filosofía de vida, quizás podamos empezar a desmontar el andamiaje de intereses que mantiene a millones de colombianos atrapados en la escasez.

Porque al final, el comercio libre no es solo una política: es una prueba de que la libertad funciona. Y en un país que aún busca su camino entre tantas promesas rotas, es quizás la única promesa que nunca nos ha fallado.

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