El espejismo del crecimiento: cómo el banco central convierte a los inversores en jugadores de azar
Vivimos en una época donde la confianza en las instituciones tiende a estar más basada en la costumbre que en la evidencia. La mayoría de los ciudadanos dan por sentada la existencia de un banco central, como si fuera una pieza natural e indispensable del orden económico moderno. Pero ¿qué pasaría si el Banco de la República, en lugar de ser un garante de estabilidad y crecimiento, fuera un agente de distorsión estructural que lleva a millones de colombianos —inversores, ahorradores, empresarios— a tomar decisiones profundamente erróneas? No se trata de una teoría marginal o apocalíptica. Es una reflexión urgente en un país como Colombia, donde el acceso al capital, la inversión productiva y el crecimiento real están secuestrados por una arquitectura económica que privilegia lo ficticio sobre lo tangible, lo financiero sobre lo productivo, la ilusión sobre la realidad.
En Colombia, como en muchos países de América Latina, el mercado de valores es aún incipiente para el pequeño inversor. Sin embargo, el fenómeno de la "financierización" de la economía ha comenzado a permear la conciencia colectiva. Hoy cualquier joven con un teléfono inteligente puede abrir una cuenta en una plataforma de inversión, comprar acciones o criptomonedas, y sentirse parte de la nueva economía digital. Pero lo que pocas veces se analiza es que estas decisiones, supuestamente libres y racionales, están mediadas por un marco de referencia completamente distorsionado: tasas de interés artificialmente bajas o impredecibles, ciclos de crédito inducidos, inflación maquillada y señales de mercado completamente manipuladas desde la política monetaria.
La ilusión de que el mercado siempre sube, especialmente en un entorno donde el banco central expande el dinero para sostener la demanda, termina reforzando una cultura de apuestas. No se invierte con visión de largo plazo, no se analiza la productividad de las empresas ni la solidez de sus modelos de negocio. Se compra lo que sube. Se vende lo que baja. Se sigue la manada. En esta lógica, el inversor se convierte en jugador. Y la bolsa de valores, en casino. Lo irónico es que esta no es una desviación del sistema, sino su consecuencia natural.
Esta lógica de "boom y colapso" no es ajena a nuestra historia reciente. En Colombia, el auge del crédito barato entre 2011 y 2014 generó un crecimiento artificial en sectores como la construcción, el consumo y la importación de bienes durables. Pero cuando el ciclo se invirtió, con la caída de los precios del petróleo y la subida de tasas, muchas familias quedaron endeudadas, muchas constructoras quebraron, y el modelo de crecimiento mostró su vulnerabilidad. No fue una falla del mercado, fue una falla de origen: una economía empujada por estímulos monetarios, no por ahorro real ni inversión productiva.
Más recientemente, el mismo Banco de la República que durante la pandemia redujo sus tasas hasta niveles históricamente bajos para "estimular la economía", hoy se ve obligado a subirlas agresivamente en su cruzada por controlar una inflación que ellos mismos ayudaron a desatar. En el medio, los colombianos de a pie son los que sufren: se encarecen los créditos hipotecarios, se frenan los emprendimientos, se aplaza la compra de maquinaria, se posterga el empleo. Y lo más grave: se destruye la confianza en el futuro. ¿Cómo planificar inversiones productivas en un entorno donde la brújula monetaria gira caprichosamente en función de decisiones centralizadas, no de las condiciones reales del mercado?
Este dilema nos lleva a una reflexión más profunda: el crecimiento económico no se decreta, no se estimula desde un escritorio ni se imprime desde una bóveda. El verdadero crecimiento nace del ahorro voluntario, de la inversión de largo plazo, de la mejora continua en los procesos productivos. Es en el taller del artesano, en la finca del campesino, en la innovación del pequeño emprendedor, donde se construye riqueza. Pero para que esta prosperidad tenga bases sólidas, se requiere una estructura de precios que refleje la realidad, no la ficción de una política monetaria cortoplacista.
Sin embargo, al manipular la tasa de interés, el Banco de la República no solo desinforma a los inversores sobre el costo real del capital, sino que también desvía los recursos hacia sectores burbuja. En lugar de que el ahorro financie actividades productivas, financia activos inflados. En lugar de que el crédito se dirija al agro, la industria o la tecnología, se dirige a consumo desbordado o proyectos inmobiliarios sobredimensionados. Esto es especialmente nocivo en Colombia, donde el acceso al crédito productivo para pequeños empresarios sigue siendo limitado, y donde buena parte de la inversión extranjera entra para especular en TES y acciones de corto plazo, atraída por diferenciales de tasas, no por oportunidades productivas reales.
La consecuencia cultural es devastadora. Se erosiona la ética del trabajo y el mérito, se promueve la ganancia rápida y sin esfuerzo, se idolatra al especulador y se menosprecia al productor. En última instancia, se destruye la confianza en la posibilidad de construir riqueza de forma sostenible. Y sin esa confianza, no hay inversión, no hay emprendimiento, no hay futuro.
Frente a este panorama, el debate no puede seguir girando en torno a si el banco central subirá o bajará tasas en la próxima reunión, como si fuera un oráculo divino. El debate real es si debemos seguir aceptando que un pequeño comité de tecnócratas tenga el poder de determinar el precio del dinero, como si la economía fuera una máquina que se puede calibrar desde un tablero. El dinero no es una variable técnica, es una institución social. Y cuando se manipula su valor, se manipulan también las decisiones, las expectativas y, en última instancia, la vida misma de millones de personas.
Es hora de pensar alternativas. En lugar de un banco central con poder monopólico sobre la emisión y el crédito, podríamos avanzar hacia un sistema financiero verdaderamente libre, donde distintas monedas compitan, donde los tipos de interés sean determinados por la interacción entre ahorro e inversión, y donde los precios reflejen la realidad, no el capricho político. No se trata de una utopía, sino de recuperar el principio básico de toda economía sana: que el valor se crea, no se impone.
La economía colombiana no necesita más "estímulo monetario", necesita instituciones que respeten la libertad económica, que garanticen la propiedad privada y que permitan a cada ciudadano planear su vida en función de reglas claras, no de shocks impredecibles. Necesitamos volver a la sensatez económica, a la ética del ahorro, al respeto por el precio real del dinero. Porque sin eso, todo crecimiento será solo un espejismo. Y tarde o temprano, como en todo casino, la casa siempre gana. Y no es la nuestra.

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