Trump, los aranceles y el costo invisible del populismo económico
En la era del espectáculo político, pocos líderes han logrado dominar la narrativa como Donald Trump. Sus discursos, cargados de nacionalismo económico, han reconfigurado el debate sobre el comercio global. Lo que para muchos era una cuestión técnica, compleja y de largo plazo, se convirtió en una cruzada emocional: proteger al trabajador estadounidense, castigar a quienes “nos roban empleos”, y devolver la grandeza económica con políticas de aparente contundencia. Pero en medio de esta narrativa populista, se esconde un costo profundo, silencioso y persistente: el precio que pagan los propios ciudadanos estadounidenses, y también socios comerciales estratégicos como Colombia.
Algunos defensores de Trump sostienen que sus aranceles no deben entenderse como medidas proteccionistas per se, sino como tácticas de negociación: una especie de chantaje económico para forzar a otros países a eliminar sus propias barreras comerciales. En este marco, las tarifas no serían el fin, sino el medio hacia un mundo sin aranceles. Es un objetivo noble —si se toma al pie de la letra—, pero ejecutado con una lógica que contradice los principios más elementales de la economía.
Porque los aranceles, en la práctica, funcionan como impuestos aplicados a las importaciones. Pero esos impuestos no los paga China, ni Alemania, ni México. Los pagan los consumidores estadounidenses. Se traducen en precios más altos para electrodomésticos, partes de vehículos, maquinaria, alimentos y textiles. La ley económica no distingue entre ideologías: imponer barreras al comercio reduce la eficiencia, encarece los productos y, en última instancia, disminuye el poder adquisitivo de los hogares. Esa fue una de las razones por las que la inflación afectó tanto a la administración Biden, incluso entre sus votantes leales.
La pregunta es inevitable: si Trump realmente busca un mundo sin aranceles, ¿por qué cargar el costo de la negociación sobre su propio pueblo? Existen otras formas de ejercer presión internacional sin dispararse en el pie. Imaginemos un escenario en el que Estados Unidos amenazara con retirar su apoyo económico y militar a la Unión Europea si no se eliminan determinadas barreras comerciales. Esa acción, aunque drástica, trasladaría el costo político y económico hacia los gobiernos que mantienen los aranceles. Pero lo que ha hecho Trump —y lo que amenaza con seguir haciendo— es castigar al consumidor americano con la esperanza de que ese sufrimiento se traduzca, eventualmente, en concesiones externas.
Y Colombia no escapa a este juego de tensiones. Nuestro país, aunque no ha sido blanco directo de tarifas generalizadas como China, se ha visto afectado por la lógica de proteccionismo que Trump promueve. Como exportador de productos agrícolas, textiles y manufacturas ligeras, Colombia ha encontrado un terreno más incierto en el comercio con Estados Unidos. Los mensajes contradictorios de “América Primero” ponen en riesgo la estabilidad del tratado de libre comercio (TLC), generan desconfianza entre inversionistas, y afectan la planeación estratégica de nuestras exportaciones.
Además, los aranceles sobre insumos que Colombia importa desde otras partes del mundo —como maquinaria, partes electrónicas y fertilizantes— elevan los costos de producción nacional. Esto encarece nuestros productos tanto para el mercado interno como para la exportación, debilitando nuestra competitividad y reduciendo márgenes de rentabilidad, especialmente para las pequeñas y medianas empresas.
Lo más preocupante es que el populismo arancelario tiende a replicarse. Otros países, ante las señales de proteccionismo estadounidense, adoptan medidas similares para proteger sus propios mercados. El resultado es un círculo vicioso de represalias, que puede llevar a una desglobalización dañina. Para una economía emergente como la colombiana, integrada y dependiente del comercio internacional, ese escenario sería devastador.
Trump y sus aliados juegan una apuesta peligrosa: o bien confían en que la clase media estadounidense aceptará —esta vez sí— pagar más por sus productos si se les dice que eso beneficia a unas pocas industrias locales, o bien creen que pueden redefinir las reglas del comercio sin consecuencias estructurales. Ambas ideas son erróneas. Los consumidores no votan por teorías; votan por realidades tangibles. Y la historia económica ha demostrado que los aranceles, más que una solución, suelen ser una promesa costosa que se cumple con inflación, desempleo y frustración.
El mundo necesita menos discursos que apelan al nacionalismo económico y más liderazgo basado en cooperación, apertura y reglas claras. Los países como Colombia necesitan estabilidad comercial, no amenazas disfrazadas de estrategia. Y los estadounidenses merecen algo mejor que pagar un precio más alto por una ilusión.

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