Por qué Colombia necesita un comercio sin barreras

  


La historia económica de Colombia ha estado marcada por un proteccionismo que, aunque justificado en discursos de soberanía y desarrollo nacional, ha terminado por empobrecer a la población y obstaculizar el crecimiento. Nos han hecho creer que cerrarse al mundo es una estrategia de supervivencia, que las barreras comerciales protegen a la industria nacional y garantizan empleo, cuando la realidad demuestra lo contrario: el proteccionismo encarece la vida, limita la innovación y perpetúa estructuras de privilegio que benefician a unos pocos a costa de todos.  

Hoy, el ciudadano colombiano promedio paga más por bienes y servicios de lo que pagaría en un mercado abierto. La leche, el azúcar, los electrodomésticos, los automóviles y hasta los insumos médicos llegan a precios inflados debido a los aranceles que supuestamente buscan proteger a la industria nacional, pero que en realidad funcionan como un impuesto disfrazado que va directo al bolsillo del consumidor. En un país donde el salario mínimo apenas alcanza para cubrir lo básico, estas distorsiones no son un problema técnico de economistas, sino una carga diaria sobre millones de familias que ven cómo su poder adquisitivo se reduce artificialmente.  

No es casualidad que las economías más prósperas del mundo sean también las más abiertas. Singapur, un país sin recursos naturales, se convirtió en un gigante económico gracias a su política de libre comercio, permitiendo la entrada y salida de bienes sin restricciones absurdas. En contraste, Venezuela apostó por el proteccionismo y la intervención estatal, con el resultado catastrófico que todos conocemos. Y sin embargo, en Colombia seguimos viendo con buenos ojos las medidas que restringen el comercio, como si los errores de otros países no fueran advertencias claras sobre lo que no se debe hacer.  

El problema de fondo no es solo económico, sino también político. En un país donde el enriquecimiento muchas veces depende de favores del Estado, el proteccionismo se convierte en una herramienta de clientelismo. No se protegen industrias porque sean viables o eficientes, sino porque ciertos grupos de poder tienen la capacidad de influir en las decisiones gubernamentales para garantizar su monopolio. Mientras tanto, los emprendedores y pequeños empresarios que no tienen conexiones políticas deben luchar contra una maraña de regulaciones que les impiden importar mejores insumos o exportar sus productos libremente.  

Y así llegamos a un punto clave: el proteccionismo no solo afecta al consumidor, sino también al productor. Nos han vendido la idea de que cerrar las fronteras impulsa la industria nacional, pero la realidad es que la competencia es el verdadero motor del desarrollo. Sin competencia, las empresas nacionales no tienen incentivos para innovar, mejorar su calidad o reducir costos. Se vuelven cómodas, ineficientes y dependientes de subsidios que tarde o temprano terminan siendo insostenibles. En cambio, en un entorno de libre comercio, solo sobreviven las empresas que realmente ofrecen valor, generando empleo de calidad y crecimiento económico real.  

Es común escuchar el argumento de que sin proteccionismo nuestra industria desaparecería, que no podríamos competir contra productos extranjeros más baratos. Pero este miedo ignora un hecho fundamental: Colombia no tiene por qué producirlo todo. En un mundo globalizado, cada país debe especializarse en lo que hace mejor y comerciar con el resto del mundo para obtener lo que necesita. Pretender fabricar desde un tornillo hasta un satélite en territorio nacional no solo es ineficiente, sino que condena a la economía a un atraso perpetuo.  

Un ejemplo claro de este absurdo proteccionista lo vemos en el sector agrícola. Mientras países como Chile han abierto sus mercados y se han convertido en potencias exportadoras, en Colombia seguimos atrapados en un modelo de subsidios y restricciones que encarece los alimentos y limita la competitividad. No es que los agricultores colombianos no sean capaces, sino que el sistema los ha condenado a trabajar en condiciones desfavorables, sin acceso a mejores tecnologías ni mercados internacionales. Y cuando se habla de abrir la economía, surgen discursos alarmistas sobre el “peligro” de importar productos más baratos, como si obligar a los ciudadanos a pagar más por lo mismo fuera un acto de patriotismo.  

El proteccionismo es un muro que nos separa de la prosperidad. Pero como todo muro, no es indestructible. La historia demuestra que los países que han derribado estas barreras han visto florecer su economía y mejorar la calidad de vida de su gente. No se trata de abrirse al mundo sin reglas, sino de permitir que el mercado funcione sin las distorsiones impuestas por intereses particulares.  

Colombia necesita una revolución comercial, un cambio de mentalidad que nos lleve a entender que el libre comercio no es una amenaza, sino una oportunidad. Que la competencia no destruye empleos, sino que los transforma y los hace más productivos. Que en un mundo globalizado no gana el que se encierra, sino el que sabe integrarse de manera inteligente. Seguir apostando por un modelo que ya ha fracasado en innumerables ocasiones es, en el mejor de los casos, ingenuo. En el peor, es una condena al estancamiento y la pobreza.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La democracia no se mata solo con balas: se pudre en silencio, cuando aplaudimos el odio

El negocio de la pobreza y la trampa de la ilusión

La Inflación Persistente: Un Desafío para los Consumidores