La ilusión de controlar el fuego con gasolina: por qué estabilizar precios con expansión monetaria es la receta del desastre

Colombia despierta cada mañana con titulares que anuncian el encarecimiento de la vida, el alza de productos básicos, y la caída del poder adquisitivo. La narrativa dominante intenta explicar este deterioro mediante factores externos: guerras, sequías, el precio del dólar, la pandemia, la geopolítica. Se apela, además, a las expectativas inflacionarias como si fueran entes autónomos que por sí mismos justificaran el aumento de los precios. Pero esta visión —tan repetida como errónea— olvida que detrás del aumento de los precios está el verdadero motor silencioso de la inflación: la expansión de la oferta monetaria. Mientras el ciudadano de a pie intenta ajustar su presupuesto frente al precio del arroz o la canasta familiar, el verdadero fenómeno que erosiona el valor del dinero ocurre mucho antes, en la política monetaria y fiscal del Estado, en la emisión que no se ve pero se siente.
La inflación no es un fenómeno neutral. Afecta de manera desproporcionada a los más pobres, a quienes viven del salario mínimo, al tendero de barrio, al ahorrador modesto. Esos sectores no tienen cómo anticiparse ni protegerse. No reciben el nuevo dinero de forma inmediata, como sí lo hacen los bancos, contratistas estatales o beneficiarios de gasto público financiado con deuda. Cuando los precios suben por efecto de la expansión monetaria, los primeros receptores del dinero —bancos, grandes empresas cercanas al gobierno, contratistas— aún compran a precios anteriores. Los últimos —asalariados, jubilados, independientes— compran cuando ya todo ha subido. Se empobrece el ciudadano silencioso, mientras se enriquecen los agentes que navegan en las aguas cálidas del privilegio monetario. Este fenómeno es lo que la Escuela Austríaca llamó el “efecto Cantillon”, una redistribución regresiva provocada por la inflación que nadie debate, pero todos padecen.
En Colombia, entre 2020 y 2023, la base monetaria creció más del 40%, según datos del Banco de la República. ¿Qué se esperaba que ocurriera con los precios? ¿Que permanecieran estables? ¿Que las expectativas se alinearan como por arte de magia con una meta inflacionaria del 3% mientras el dinero circulante aumentaba a tasas mucho mayores que la producción real? Los precios no suben porque la gente lo “cree”, suben porque hay más dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes. El aumento sostenido del nivel general de precios es una consecuencia inevitable de alterar el equilibrio monetario. Y sin embargo, seguimos oyendo explicaciones superficiales que culpan al clima o a las percepciones, mientras se ignora la política monetaria expansiva como causa principal.
El discurso oficial, respaldado por buena parte de la academia y del análisis económico convencional, sostiene que se puede “anclar las expectativas inflacionarias” para que los shocks externos tengan un efecto menor en los precios. Suponen que la confianza en el Banco Central, junto con una meta explícita de inflación, pueden contener el alza de precios incluso cuando se sigue expandiendo la oferta monetaria. Pero esto es una ilusión peligrosa. Anclar expectativas no detiene la impresión de dinero ni su efecto corrosivo. Es como pretender apagar un incendio repitiendo que no hay fuego, mientras se lanza gasolina. Las expectativas no generan inflación por sí solas, pero tampoco la detienen. No se puede contener un fenómeno real con mecanismos psicológicos. La inflación no es un estado mental colectivo. Es una realidad monetaria concreta.
La tentación de justificar la expansión monetaria para “estabilizar” precios o estimular la economía es tan antigua como destructiva. En un país como Colombia, donde la economía informal representa cerca del 44% del empleo y buena parte de la población vive al día, el impacto de una moneda cada vez más débil se siente con brutalidad. ¿Cómo se protege el vendedor ambulante, el mototaxista, la madre cabeza de hogar que hace mercado con lo justo? No tienen cobertura frente a la inflación. No compran divisas. No invierten en activos indexados. Sufren el deterioro diario del valor del dinero en efectivo. Y mientras tanto, la política económica se dedica a diseñar programas de gasto que deben financiarse con deuda o emisión, lo que solo perpetúa el ciclo. La inflación es el impuesto de los pobres, y la expansión monetaria es su mecanismo oculto de recaudación.
El problema de fondo es creer que se puede expandir el dinero sin consecuencias reales. Que se puede imprimir riqueza. Que el dinero es un velo que no altera los fundamentos económicos. Pero no es así. El dinero no es neutro. Introducir nuevo dinero altera los precios relativos, distorsiona la estructura del capital, incentiva decisiones de inversión erradas, y genera un crecimiento artificial que más temprano que tarde colapsa en recesión. Es lo que Ludwig von Mises llamó la “fase de auge” del ciclo económico, donde todo parece mejorar por efecto del crédito fácil, pero en realidad se siembra la semilla del colapso posterior.
¿Y qué hacer, entonces, si queremos verdadera estabilidad? El primer paso es abandonar la ilusión de que la inflación puede combatirse con mecanismos psicológicos o promesas institucionales vacías. La credibilidad no se decreta. Se gana con reglas claras, con una política monetaria que renuncie a la manipulación discrecional, con un respeto real al poder adquisitivo del ciudadano. La única forma de estabilizar el valor del dinero es dejar de manipular su cantidad. Eso implica una reforma estructural: una política fiscal responsable, un Banco Central independiente de verdad y limitado en su capacidad de emitir, y eventualmente, una discusión seria sobre la necesidad de un sistema monetario más sólido, que no permita al Estado financiar su déficit con el sudor de los más débiles.
Colombia necesita abandonar el dogma de que más dinero es más crecimiento. Lo que necesitamos es más productividad, más libertad económica, menos trabas para producir, y un dinero estable que refleje el verdadero valor del trabajo honesto. La inflación no es un fenómeno complejo. Es una estafa elegante. Y mientras sigamos creyendo que se puede estabilizar la economía imprimiendo billetes, no habrá estabilidad, ni desarrollo, ni justicia social. Solo más pobreza, más concentración del poder económico y político, y más frustración en la vida cotidiana del colombiano promedio.
La solución no está en seguir ajustando expectativas, sino en dejar de engañar al pueblo. Es hora de hablar con claridad: la inflación es violencia monetaria institucionalizada. Y la expansión de la oferta monetaria es su principal arma.
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