El oro no miente: por qué en tiempos de crisis el valor real siempre reaparece
Hay épocas en que la realidad se desnuda sin pedir permiso. Cuando la economía se tambalea, cuando las instituciones se erosionan, cuando el discurso político pierde todo vínculo con los hechos y la moneda local se convierte en un instrumento de promesas rotas, algo profundo sucede: los pueblos vuelven la mirada hacia lo que no depende de la voluntad de los poderosos. En esas horas oscuras de la historia, donde el espejismo del crecimiento fácil se desintegra y los sistemas monetarios revelan su fragilidad, reaparece con fuerza ancestral un símbolo: el oro. No como reliquia, no como lujo, sino como refugio, como certeza, como afirmación contundente de un principio olvidado: el valor real no puede inventarse.
En pleno siglo XXI, muchos consideran la idea de volver al oro como una extravagancia anticuada, una visión romántica del pasado que ignora la sofisticación de los mercados modernos. Pero esa arrogancia financiera se desvanece cada vez que una economía entra en crisis y se revela la verdad incómoda: seguimos construyendo riqueza sobre bases políticas, no sobre ahorro real ni productividad acumulada. El dinero fiduciario, que hoy domina nuestras vidas, no tiene respaldo tangible alguno. Depende, enteramente, de la confianza en quienes lo emiten. Y en países como Colombia, esa confianza se desgasta rápidamente cuando la política monetaria se convierte en un instrumento de populismo, cuando el gasto público se desborda sin freno y cuando la deuda crece como si no hubiera consecuencias.
Colombia no es ajena a este fenómeno. En los últimos años hemos visto cómo el peso colombiano pierde poder adquisitivo mientras el precio del oro, aunque fluctuante, mantiene una tendencia que habla por sí sola. Entre 2019 y 2024, el peso se devaluó cerca de un 50% frente al dólar, y el precio del oro —medido en pesos— se disparó. ¿Qué nos dice esto? Que mientras el dinero creado por decreto pierde valor, el oro, que no necesita justificación, preserva su dignidad económica. No porque tenga poderes mágicos, sino porque está arraigado a las leyes físicas de la escasez, al esfuerzo real que implica extraerlo, y al consenso cultural que lo ha acompañado por milenios.
Pero la historia del oro no es solo técnica ni económica. Es también cultural y política. Para entenderlo, basta recordar la figura de Mansa Musa, el emperador del Imperio de Malí que en el siglo XIV repartió tanto oro durante su peregrinación a La Meca que desató una inflación monumental en Egipto. Una sola persona, con una sola fuente de riqueza, alteró el equilibrio económico de una región entera. Su historia es fascinante no solo por la opulencia que exhibe, sino porque muestra cómo incluso el oro —cuando se distribuye masivamente y sin control— puede perder momentáneamente su poder adquisitivo. Sin embargo, la diferencia es clara: el oro vuelve a equilibrarse, vuelve a valer. El papel moneda, cuando se infla, rara vez se recupera. Colombia vivió esto en la década de los ochenta con la devaluación constante del peso, y lo sigue viviendo hoy en día en cámara lenta.
En una sociedad como la nuestra, donde millones de colombianos ven disminuir su capacidad de compra cada año, donde los ahorros se desvanecen en el tiempo y donde la fe en las instituciones se debilita, la pregunta es ineludible: ¿en qué podemos confiar? Algunos dirán que en los activos digitales, otros en bienes raíces, otros en la educación como capital humano. Y aunque todos tienen razón hasta cierto punto, ninguno de estos activos tiene la historia, la liquidez, la portabilidad ni la permanencia del oro. Cuando el sistema colapsa, el oro no necesita internet, no depende de registros públicos, no necesita ser aprobado por ninguna oficina del Estado. Es valor puro, concentrado, autónomo. En el caos, sigue siendo riqueza.
Y no se trata de idealizar el pasado ni de proponer un regreso literal al patrón oro como solución mágica. Se trata de entender que lo que hizo al oro tan valioso durante siglos no fue su brillo, sino su función: era una ancla. Impedía que los gobiernos mintieran demasiado, que los bancos se expandieran irresponsablemente, que el crédito creciera sin ahorro. Era el lenguaje común del comercio y la expresión tangible del trabajo acumulado. Y hoy, más que nunca, necesitamos volver a esa lógica: la de que la riqueza real no puede fabricarse con discursos, ni sostenerse con subsidios eternos, ni multiplicarse con decretos.
En Colombia, la expansión del gasto estatal ha sido presentada como un acto de justicia social. Pero cuando el Estado gasta más de lo que tiene, alguien siempre paga la cuenta. A veces es el contribuyente directo, con más impuestos. Otras veces, es el ciudadano común, con inflación que erosiona sus ingresos sin que lo note. Y otras veces, el precio lo paga todo el país, con devaluaciones que destruyen el poder de compra del salario mínimo. En ese contexto, ¿quién podría culpar al campesino que prefiere guardar sus ahorros en una cadena de oro en lugar de una cuenta de ahorros? ¿O al comerciante que prefiere refugiarse en dólares y metales preciosos antes que confiar en la promesa de estabilidad de una economía centralizada?
El oro no promete retornos. No es un negocio especulativo. Es un escudo. En un país donde la política se ha convertido en espectáculo y la economía en una ruleta de subsidios y controles, tener oro —literal o simbólicamente— es una forma de rebeldía racional, una manera de recordar que el valor no se decreta, se construye.
Tal vez por eso el oro incomoda tanto. Porque no necesita legitimación. No es inclusivo ni democrático, ni sostenible según los discursos de moda. Es simplemente lo que es. Y eso, en tiempos de simulacro, lo hace profundamente disruptivo.
Volver a pensar en oro no significa regresar al pasado. Significa volver a las bases: al ahorro genuino, a la propiedad privada, al trabajo acumulado, a la libertad económica. Colombia no necesita más promesas. Necesita fundamentos. Y el oro, silencioso y firme, sigue estando ahí. No como solución mágica, sino como recordatorio implacable de que toda economía, tarde o temprano, tiene que enfrentar la realidad.
Porque el oro, al final, no miente. Y en un país donde tantas cosas sí lo hacen, eso ya lo convierte en algo radicalmente valioso.
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