El Imperio Burocrático y su Expansión Infinita
La burocracia es un organismo vivo que crece sin tregua, alimentándose de crisis, justificando su existencia con la necesidad de regular, supervisar y administrar. No es una simple herramienta del Estado, sino un fin en sí misma, un ente con intereses propios que, lejos de servir a la sociedad, termina sometiéndola. En el mundo moderno, la expansión burocrática se ha vuelto indistinguible de la construcción de imperios. No es casualidad que la era de las instituciones omnipresentes haya coincidido con la era de las guerras interminables, las intervenciones disfrazadas de humanitarismo y la vigilancia global en nombre de la seguridad. Y si esto es cierto para Estados Unidos y otras potencias, también es una realidad latente en Colombia, donde la burocracia no solo crece hacia dentro, sino que también expande su influencia sobre cada aspecto de la vida cotidiana.
El burócrata no es simplemente un funcionario; es un engranaje de una máquina cuyo único propósito es crecer. No importa si el crecimiento es eficiente o si resuelve problemas reales. Lo crucial es que haya problemas que permitan justificar más oficinas, más empleados, más regulaciones. Es un sistema que no busca su propia obsolescencia, sino su eternización. Cada crisis es un pretexto para ampliar su alcance, cada regulación es un argumento para una nueva supervisión, cada intervención genera las condiciones para la siguiente.
Colombia es un laboratorio perfecto de este fenómeno. Un país donde la burocracia crece sin que la eficiencia mejore, donde los organismos estatales se multiplican sin resolver los problemas para los que fueron creados. La paz, por ejemplo, se ha convertido en una industria burocrática. Programas, agencias, funcionarios, misiones, presupuestos colosales… todo diseñado para administrar el conflicto, no para solucionarlo. Porque si la violencia cesara, ¿qué sería de esos miles de empleos estatales, de esos presupuestos multimillonarios, de esa red de instituciones cuya única razón de ser es manejar la crisis? No sorprende, entonces, que la paz nunca llegue, sino que se prolongue indefinidamente en negociaciones, diálogos y mecanismos que, en lugar de clausurar el conflicto, lo hacen permanente.
Lo mismo ocurre con la economía. Cada regulación que supuestamente protege al consumidor, al trabajador o al empresario termina convirtiéndose en una nueva barrera que justifica más trámites, más permisos, más intermediarios. Un pequeño emprendedor que quiere formalizar su negocio debe enfrentarse a una muralla de requisitos que no existen para mejorar la actividad económica, sino para justificar la existencia de las oficinas que los exigen. El comerciante debe registrarse en múltiples entidades, cumplir normativas que muchas veces son contradictorias entre sí y pagar tasas que financian precisamente a quienes lo asfixian con papeleo. ¿Y qué sucede si intenta operar sin seguir el tortuoso camino de la formalización? Se convierte en objetivo de una nueva capa de vigilancia y sanción que, por supuesto, requiere más presupuesto y más funcionarios.
El aparato burocrático también ha expandido sus tentáculos sobre la libertad individual. En un país donde el ciudadano común enfrenta más trabas para abrir una cuenta bancaria que un criminal para lavar dinero, la burocracia se disfraza de protector cuando en realidad es un opresor. Se presentan como salvadores frente al lavado de activos, pero el resultado es que un colombiano de a pie debe justificar cada movimiento bancario, mientras los corruptos manejan fortunas en efectivo sin mayores consecuencias. Es el mismo patrón: reglas que limitan la vida del ciudadano productivo, pero que paradójicamente facilitan la vida del que sabe moverse dentro del sistema.
Y así llegamos a la expansión exterior de la burocracia. Como ocurre en las grandes potencias, los burócratas colombianos también han encontrado en la narrativa de la cooperación internacional, la diplomacia y la asistencia exterior una justificación para su crecimiento. Mientras el país enfrenta problemas estructurales sin resolver, no falta quien proponga que la solución está en más misiones, más acuerdos, más presencia en foros internacionales que, en realidad, solo sirven para aumentar el prestigio y la influencia de ciertos sectores estatales. Programas de ayuda que benefician más a quienes los administran que a quienes supuestamente van dirigidos, convenios que generan nuevas dependencias en lugar de autonomía, iniciativas que aseguran el flujo de recursos, pero no el desarrollo real.
La gran pregunta es: ¿qué hacer ante esta expansión burocrática imparable? La respuesta es compleja porque el sistema se autoalimenta. Cada intento de limitar la burocracia genera resistencia dentro de la misma estructura que se busca reformar. Los burócratas tienen el poder de sabotear cualquier intento de reducción de su influencia, ya sea con normas internas, con campañas mediáticas o con la simple inercia administrativa que convierte cualquier cambio en un laberinto de procedimientos.
Tal vez el primer paso es reconocer que la burocracia no es un medio, sino un fin en sí misma. Que no es una herramienta del Estado, sino una estructura de poder que opera con lógica propia. Que no busca la solución de problemas, sino su perpetuación. Que no expande su presencia para mejorar la vida de los ciudadanos, sino para garantizar su propia supervivencia.
Y, sobre todo, debemos reconocer que la burocracia nunca se autolimita. Si la historia ha demostrado algo, es que cuando se le permite crecer sin freno, su destino inevitable es convertirse en el verdadero imperio. Un imperio sin rostro, sin territorio, sin ejército, pero con más poder que cualquier dictador del pasado. Un imperio cuya única conquista es la expansión infinita de su propio aparato.
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