El espejismo de la ayuda: reflexiones sobre el legado del New Deal y la encrucijada de Colombia

 


El mito económico que ensalzó la figura de Franklin D. Roosevelt y su New Deal se ha perpetuado en la memoria colectiva como una epopeya de esperanza y rescate, una narrativa que, a pesar de las buenas intenciones, oscurece las contradicciones y las consecuencias no intencionadas de un conjunto de políticas que, a la postre, pueden haber exacerbado las dinámicas negativas inherentes a un modelo intervencionista. Resulta inquietante pensar que hoy, en Colombia, nos enfrentamos a dilemas similares, donde las soluciones a la desesperación social y económica a menudo se presentan en forma de esquemas que, bajo un cariz humanitario, terminan imponiendo cargas insostenibles sobre la población trabajadora.

La historia del New Deal es contada, para muchos, como la antorcha que iluminó la salida de la Gran Depresión; sin embargo, una revisión crítica revela que las altas tasas impositivas –cuyos picos rociaban cifras que rozaban el 80 o hasta el 90 por ciento– no solo buscaban redistribuir la riqueza, sino que a la vez coartaban el ingenio y el dinamismo del sector privado. Esta doble arista de la política, a menudo subrayada en debates académicos y políticos, presenta una lección vital para Colombia, donde la intervención estatal se ha convertido en un recurso recurrente para paliar las desigualdades y enfrentar la incertidumbre. Nos encontramos, sin embargo, en un territorio en el cual la retórica del bienestar a corto plazo enfrenta la cruda realidad de un crecimiento económico que parece escurrirse entre los dedos de aquellos que, cada día, ven mermadas sus oportunidades y la posibilidad de inversión en un futuro más estable.

Al trasladar estas reflexiones a la realidad colombiana, el panorama se torna aún más complejo. Las políticas que buscan mitigar la pobreza y fomentar la inclusión social, aunque motivadas por el deseo genuino de asegurar un tejido social más justo, a menudo incurren en desequilibrios fiscales que generan debates acalorados tanto en las universidades como en las plazas públicas. El aparato estatal, impulsado por la necesidad de financiar programas de gran envergadura, se ve forzado a incrementar cargas fiscales y recurrir a modelos de financiamiento que parecen prometer hoy el mañana, pero que, en un análisis financiero riguroso, insinúan una dependencia demográfica y estructural que recuerda inquietantemente a un sistema de reparto. La Seguridad Social, por ejemplo, en muchos países se ha convertido en un símbolo de compromiso social, pero en Colombia enfrenta desafíos de viabilidad y sostenibilidad que exigen una transformación profunda en su estructura, a la par que se ajusta a las exigencias de un contexto global en constante cambio.

El debate sobre la eficacia de las políticas estatales se intensifica cuando se observa cómo la empatía y la retórica de la protección al trabajador a menudo quedan atrapadas en modelos económicos que, en su afán por corregir desigualdades, terminan sofocando la creación de empleo y la innovación. En ciudades como Bogotá, Medellín o Cali, el ciudadano común se enfrenta a una doble trampa: por un lado, la promesa de un Estado que vele por sus derechos y por otro, la cruda realidad de una economía que, bajo el peso de múltiples impuestos, se ve limitada en su capacidad para crecer y generar oportunidades. Este fenómeno se asemeja notablemente al desenlace del New Deal, donde la esperanza se conjuraba con la posibilidad de un renacimiento económico, mientras que, en el trasfondo, se gestaba una resistencia al cambio productivo que se traducía en desincentivos para el emprendimiento y la generación de riqueza.

El desafío actual en Colombia no es menor. Las tensiones entre el idealismo de las políticas públicas y la necesidad imperiosa de un modelo económico robusto se presentan en cada rincón de la sociedad. La lección que nos brinda la revisión del legado del New Deal es clara: una estrategia basada únicamente en medidas redistributivas y de intervención directa, sin un acompañamiento sólido para fomentar la inversión privada y la innovación, puede llevar no solo a un estancamiento sino a un ciclo donde generaciones futuras se vean forzadas a sostener un modelo que, en su esencia, resulta insostenible. El debate se magnifica cuando se considera el impacto social de tales políticas; la esperanza y la protección, necesarias en tiempos de crisis, deben ir acompañadas de decisiones que impulsen la productividad y, por ende, la creación de un ambiente propicio para el desarrollo económico real. En este sentido, la comparación con el modelo del New Deal resulta una advertencia: la empatía, por sí sola, no basta para construir cimientos sólidos, y el ideal de justicia social debe caminar de la mano con el estímulo al crecimiento y la competitividad.

La experiencia colombiana, con su historia marcada por desigualdades estructurales y ciclos de crisis, invita a repensar modelos que, aunque dotados de un carisma casi revolucionario, esconden problemáticas profundas al trasladar sistemas que operaron en contextos muy distintos. Es imperativo que los responsables de la política económica y social en nuestro país adopten una visión crítica y autocrítica, reconociendo que la solución a nuestras crisis no reside únicamente en la movilización de fondos públicos o en la extensión de coberturas sociales a través de esquemas que, a largo plazo, pueden desmejorar la productividad y acarrear consecuencias fiscales nefastas. La propuesta debe ser ambiciosa y, a la vez, realista, combinando la sensibilidad necesaria para abordar las desigualdades con un marco estructural que fomente la inversión, la creatividad y, sobre todo, la sostenibilidad fiscal.

Hoy, en un mundo globalizado y lleno de incertidumbres, las decisiones que tomen nuestros líderes económicos tendrán un impacto directo en la calidad de vida de millones de colombianos. La experiencia del siglo XX y las lecciones aprendidas del New Deal deben servirnos como una advertencia y, a la vez, como un punto de partida para la discusión. Es momento de dejar atrás el mito de una recuperación mágica basada en la simple voluntad estatal y abrir la puerta a un debate en el que se reconozcan tanto las virtudes de la intervención gubernamental como sus limitaciones intrínsecas, trabajando en conjunto con el sector privado y la sociedad civil para tejer un modelo que combine justicia social con prosperidad económica.

Esta reflexión, más que un análisis del pasado, es una invitación a repensar el presente y a desafiar paradigmas que, aunque simbolizan esperanza en tiempos de crisis, deben ser cuestionados si aspiramos a un futuro en el que la productividad y la creatividad sean las verdaderas fuerzas motoras del cambio. La historia nos ha enseñado que los atajos ideológicos pueden derivar en inversiones fallidas y promesas incumplidas; por ello, es indispensable fomentar un diálogo honesto, en el que la pasión por la justicia social se una a la exigencia de políticas económicas que realmente impulsen un cambio estructural. En última instancia, solo a través de un compromiso real y multifacético podremos forjar un camino de desarrollo que no se base en espejismos del pasado, sino en la construcción tangible de un futuro sostenible y próspero para todos.

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