Cómo los aranceles encarecen la vida y nos condenan a la ineficiencia
En un país donde los discursos políticos exaltan la protección de la industria nacional como un acto de soberanía, es fácil perder de vista las consecuencias económicas de esas decisiones. Colombia, con su estructura de mercado altamente regulada, sus barreras comerciales y su inclinación hacia medidas proteccionistas, ha convertido el comercio en un campo minado de costos ocultos. No se trata solo de la dificultad para acceder a bienes importados, sino del encarecimiento generalizado de productos esenciales, incluyendo algo tan fundamental como la vivienda.
El proteccionismo, en cualquiera de sus formas, es una declaración de guerra contra la eficiencia. Se nos dice que los aranceles protegen a la industria local, que impiden la competencia desleal y que fomentan el desarrollo interno. Pero la realidad es que, al restringir la oferta de bienes y servicios más baratos y eficientes, el proteccionismo no solo encarece la vida de los ciudadanos, sino que sofoca la innovación y perpetúa la ineficiencia productiva. En términos simples, cuando bloqueamos la entrada de productos más competitivos, forzamos a los consumidores a pagar más por alternativas de menor calidad o a resignarse a vivir con menos.
Pensemos en la construcción de viviendas en Colombia. Desde los insumos básicos como el acero, el cemento y la madera hasta los acabados como baldosas y grifería, todos estos productos enfrentan una serie de aranceles e impuestos que encarecen artificialmente su precio. Si un promotor inmobiliario quisiera importar acero más barato desde China o Brasil, tendría que pagar tasas que oscilan entre el 10 % y el 15 %, además del IVA y los costos logísticos exacerbados por la falta de infraestructura eficiente en el país. El resultado es un precio final inflado que no refleja la verdadera escasez del bien, sino las distorsiones impuestas por el Estado.
Pero el impacto no termina ahí. Cuando el costo de los materiales de construcción aumenta, las viviendas nuevas se encarecen, empujando a miles de familias a permanecer en condiciones de vivienda precarias o a endeudarse más allá de sus posibilidades. Esto no solo amplía la brecha de acceso a la propiedad, sino que genera un efecto dominó en el mercado de alquileres, elevando las rentas y reduciendo la capacidad de ahorro de los hogares. En una economía donde el 70 % de los trabajadores gana menos de dos salarios mínimos, cualquier incremento en el costo de vida se traduce en sacrificios inmediatos, no en ajustes estratégicos.
El argumento de que los aranceles protegen a la industria local ignora un principio elemental de la economía: los recursos deben asignarse a sus usos más eficientes. En un mercado libre, la especialización permite que cada país produzca lo que mejor sabe hacer, intercambiando con otros para maximizar la eficiencia global. Colombia no produce acero de la mejor calidad ni al mejor precio, pero sí tiene potencial en sectores como la agroindustria, la tecnología y los servicios. Si en lugar de imponer barreras comerciales nos enfocáramos en mejorar nuestra competitividad en áreas donde realmente podemos destacar, los beneficios serían mucho mayores y sostenibles en el tiempo.
Pero la historia no termina ahí. La protección artificial de ciertos sectores mediante aranceles no solo encarece la vida de los consumidores, sino que también distorsiona la estructura del empleo y la inversión. Las empresas que dependen de barreras comerciales para sobrevivir se vuelven menos innovadoras, menos competitivas y más propensas a la corrupción y el clientelismo. Cuando la rentabilidad de un negocio no se basa en su eficiencia, sino en su capacidad para influir en las decisiones del Estado, el resultado es un ecosistema empresarial tóxico donde el éxito se mide en favores políticos y no en calidad o innovación.
Es aquí donde el proteccionismo se vuelve una carga moral, no solo económica. Al encarecer artificialmente los bienes, se perpetúa la desigualdad, se castiga el esfuerzo y se premia la mediocridad. Mientras en otros países los consumidores pueden acceder a productos de mejor calidad a precios más bajos, en Colombia pagamos más por menos, atrapados en una economía donde el Estado decide qué podemos comprar y a qué precio.
Los defensores de los aranceles argumentarán que sin ellos, la industria local no podría competir y que la apertura comercial nos haría dependientes del exterior. Pero la realidad es que la autosuficiencia económica es una fantasía insostenible en un mundo interconectado. No producimos nuestros propios teléfonos, ni nuestros propios vehículos, ni la mayoría de las tecnologías que usamos a diario. Pretender que el cierre comercial fortalece la economía es ignorar las lecciones más básicas de la historia económica.
En lugar de seguir protegiendo sectores ineficientes con barreras artificiales, Colombia debería enfocarse en crear un entorno propicio para la competencia, donde las empresas puedan crecer por mérito y no por favores estatales. La eliminación de aranceles innecesarios, la reducción de trabas burocráticas y la inversión en infraestructura eficiente serían pasos más efectivos para reducir el costo de vida y aumentar el bienestar general.
La verdadera soberanía económica no radica en cerrar nuestras fronteras, sino en fortalecer nuestra capacidad para competir en el escenario global. Un país que impone barreras al comercio no se protege a sí mismo, sino que se condena a la obsolescencia. Es hora de dejar de pensar en la economía como un juego de suma cero donde solo podemos ganar si otros pierden. La prosperidad no se logra restringiendo el acceso a bienes más baratos y eficientes, sino permitiendo que el mercado asigne los recursos de la manera más productiva posible.
Si realmente queremos mejorar la calidad de vida en Colombia, la respuesta no está en más proteccionismo, sino en más libertad. Eliminar las barreras al comercio no solo haría que los bienes y servicios fueran más accesibles, sino que fomentaría la innovación, la competitividad y la inversión. Solo cuando dejemos de temerle al libre mercado podremos aspirar a un futuro de verdadera abundancia y progreso.

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