Excusas: inflación, manipulación y el engaño de siempre
Las excusas siempre han sido el recurso favorito de los gobiernos cuando la realidad económica golpea con fuerza. La inflación, esa sombra que devora el poder adquisitivo y desmorona la estabilidad financiera de las familias, ha sido justificada con una creatividad digna de los más sofisticados relatos de ficción. En el pasado, la interrupción de la cadena de suministro fue la excusa predilecta. Luego, la reapertura económica se convirtió en el chivo expiatorio perfecto. Ahora, los aranceles impuestos por el gobierno de Donald Trump amenazan con ser la nueva cortina de humo que oculta la verdadera causa de la tragedia económica: el gasto público descontrolado y la expansión monetaria irresponsable.
El Banco de la República sigue imprimiendo dinero, el gobierno sigue endeudándose, los déficits fiscales se disparan y los precios continúan su escalada sin tregua. Pero, en lugar de reconocer la raíz del problema, se insiste en vender la idea de que la inflación es un fenómeno externo, una fatalidad inevitable que surge de factores ajenos al país, cuando en realidad, cada billete nuevo que se emite sin respaldo productivo erosiona la riqueza de quienes han trabajado para ganarlo.
El ciudadano común, ajeno a la jerga técnica de los economistas de escritorio, siente la inflación en su vida diaria con una claridad que ningún informe oficial podrá maquillar. El salario que a comienzos de año permitía llenar el mercado con cierta holgura se convierte, en cuestión de meses, en un ingreso insuficiente para cubrir lo esencial. El almuerzo en un restaurante popular, que hace poco costaba 10.000 pesos, hoy se vende a 15.000 y, en cuestión de semanas, la cifra volverá a subir. No porque los insumos sean escasos, sino porque el dinero ha sido diluido por una máquina de emisión que opera sin frenos y sin responsabilidad.
Los intelectuales keynesianos, con su insistencia en que el gasto público es la clave del crecimiento, han logrado lo que mejor saben hacer: confundir causa y efecto. Nos dicen que la inflación es producto del aumento de los costos, de los conflictos geopolíticos, del cambio climático, de los empresarios codiciosos, de cualquier cosa, menos de la única variable que verdaderamente la origina: el incremento desmedido de la oferta monetaria. Cuando el gobierno gasta más de lo que tiene y recurre a la emisión para tapar sus déficits, el resultado es el empobrecimiento sistemático de la población.
En Colombia, el círculo vicioso se repite con una precisión aterradora. Se elevan impuestos con la promesa de estabilidad fiscal, pero el gasto continúa creciendo, lo que hace insuficiente cualquier aumento tributario. Se pide prestado con la excusa de financiar programas sociales, pero la deuda se multiplica hasta volverse impagable. Se imprimen billetes con la ilusión de estimular la economía, pero lo único que se estimula es la pérdida de confianza en la moneda. Y cuando los efectos de estas decisiones se vuelven innegables, se buscan responsables en factores externos, en narrativas importadas que sirven de coartada perfecta para ocultar la verdadera naturaleza del problema.
El colombiano de a pie lo entiende de manera instintiva. No necesita un doctorado en economía para saber que su dinero rinde cada vez menos. La madre soltera que estira su presupuesto hasta lo imposible, el pensionado que ve cómo su mesada pierde valor día tras día, el emprendedor que debe subir los precios para no quebrar, todos ellos son testigos de un fenómeno que no necesita explicaciones rebuscadas. Y, sin embargo, la maquinaria estatal insiste en imponer una narrativa donde los culpables son otros, donde el Estado nunca tiene la responsabilidad de sus propios desmanes, donde la inflación es una tragedia que simplemente ocurre, como un fenómeno meteorológico imposible de predecir o controlar.
El panorama es sombrío porque las soluciones reales son políticamente impopulares. Frenar el gasto público, reducir la intervención estatal en la economía, permitir que el mercado se ajuste sin la injerencia de burócratas que creen saber mejor que los ciudadanos cómo manejar sus propios recursos, todas estas son medidas que rara vez encuentran eco en gobiernos que se alimentan de la dependencia y la clientela política.
Pero la verdad es inclemente: mientras se siga manipulando la moneda, mientras la emisión descontrolada continúe, mientras los déficits se financien con deuda que nunca podrá pagarse sin más inflación, la historia seguirá repitiéndose. Y cada nuevo capítulo traerá consigo una nueva excusa, un nuevo culpable conveniente, una nueva distracción para mantener a la población entretenida mientras su riqueza se desintegra frente a sus ojos.
El tiempo de las excusas se agota. La realidad es inapelable. Pero el gobierno, fiel a su tradición, seguirá buscando nuevas historias para justificar lo injustificable. Y mientras tanto, el colombiano seguirá pagando el precio de un sistema que prefiere engañar antes que corregir.
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