La Ilusión del Pueblo: Cuando el Populismo Encubre la Autocracia
El populismo es el arma preferida de los dictadores modernos. Bajo la fachada de la democracia, estos líderes se presentan como los verdaderos portavoces de "la voluntad del pueblo", utilizando esta narrativa para consolidar su poder y desmantelar las estructuras democráticas. En el fondo, el concepto del "pueblo" que emplean es una construcción conveniente, un ente monolítico que, según ellos, respalda cada una de sus decisiones. Pero, ¿qué es realmente el pueblo? No es una masa uniforme con un pensamiento único, sino una rica diversidad de voces y perspectivas que deben ser respetadas y escuchadas en una democracia genuina.
La elección de Gustavo Petro como presidente de Colombia es un ejemplo reciente de cómo el populismo puede ser utilizado para justificar políticas que no reflejan el verdadero sentir de toda la nación. Con poco más de la mitad de los votos, Petro ascendió al poder, pero esto también significa que casi la mitad del país no comulga con su visión. Más preocupante aún es la posibilidad de que esa cifra haya aumentado a medida que su administración avanza, especialmente cuando sus acciones y posturas, como su cercanía con el régimen venezolano de Nicolás Maduro, despiertan preocupación y rechazo entre muchos colombianos.
La relación de Petro con Venezuela es un claro indicativo de sus inclinaciones políticas. A pesar de las claras advertencias del Congreso y las lecciones que ofrece la historia reciente de Venezuela, Petro ha mantenido una postura amigable hacia Maduro. Esto no solo socava la posición de Colombia en la escena internacional, sino que también muestra un desprecio hacia la voluntad de una gran parte del pueblo colombiano que rechaza la dictadura vecina. En lugar de representar a toda la nación, Petro parece estar actuando según su agenda personal o ideológica, bajo el pretexto de cumplir "la voluntad del pueblo".
La narrativa del "mesías del pueblo" es una herramienta peligrosa en manos de líderes populistas. Estos autócratas, una vez en el poder, a menudo ignoran las instituciones democráticas y la división de poderes, actuando unilateralmente bajo la excusa de representar un mandato divino del pueblo. Esto no es solo un problema colombiano; es una tendencia global que ha visto a líderes elegidos democráticamente desmantelar las democracias desde dentro, transformando repúblicas en regímenes autoritarios.
Para los votantes que apostaron por un gobierno de izquierda, la realidad ha sido dura. En un momento donde muchos países están abandonando las políticas socialistas en favor de enfoques más liberales y orientados al mercado, Colombia ha dado un paso hacia lo desconocido, experimentando con un modelo que, históricamente, ha llevado a la pobreza y la represión. La elección de Petro no fue simplemente un cambio de administración; fue un giro radical en la dirección del país, uno que parece estar llevando a Colombia hacia el mismo camino que recorrieron otras naciones bajo el socialismo: uno de promesas incumplidas, economías colapsadas y derechos civiles erosionados.
El populismo es una seductora ilusión de poder en manos del pueblo, pero en realidad, es un disfraz para el autoritarismo. Los ciudadanos deben estar atentos, cuestionar y resistir cualquier intento de consolidación de poder que pretenda hablar en nombre de todos, cuando en realidad representa solo a unos pocos. La verdadera democracia no es solo la regla de la mayoría; es el respeto a la diversidad de opiniones, la protección de las minorías y la garantía de que todos, no solo unos pocos, tienen voz en la construcción del futuro.

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