La Farsa de la "Empresa Social": Desmontando la Retórica Vacía de los Políticos
En un mundo donde el discurso político se ha convertido en un arte de la manipulación, conceptos como "empresa social" emergen como palabras huecas, diseñadas para encubrir la inacción y justificar la intervención estatal en espacios donde solo los verdaderos emprendedores pueden operar con eficacia. La narrativa de que los políticos están "construyendo empresa social de la mano de la comunidad" es una comadreja verbal por excelencia, una fórmula engañosa que confunde y distorsiona la realidad.
Es fundamental entender qué implica realmente "construir empresa". Un empresario no se limita a formular eslóganes o a organizar ceremonias de inauguración. La creación de una empresa es un proceso arduo y complejo que requiere visión, sacrificio y una disposición constante al riesgo. El empresario ahorra capital, realiza estudios de mercado, invierte en recursos y personal, se enfrenta a la competencia y trabaja incansablemente para ofrecer un producto o servicio que la sociedad valore. Este proceso está marcado por la eficiencia y la innovación, elementos que difícilmente se encuentran en la gestión estatal.
En contraste, los políticos, cuando hablan de "empresa social", suelen estar construyendo narrativas más que estructuras reales. Estas narrativas tienen un propósito claro: presentarse como agentes de cambio y desarrollo cuando, en la práctica, su intervención a menudo complica y burocratiza lo que podría ser resuelto por la libre interacción de emprendedores y mercado. La "empresa social" promovida por el gobierno no es más que una fachada para extender el control estatal bajo el pretexto de trabajar para la comunidad.
El problema radica en que los políticos, a diferencia de los empresarios, no enfrentan las consecuencias directas de sus decisiones en un mercado competitivo. No arriesgan capital propio, no se ven obligados a satisfacer a un cliente exigente y no se ven afectados por la quiebra de una iniciativa mal gestionada. Por el contrario, su poder proviene del dinero de los contribuyentes y sus errores suelen ser compensados con más impuestos o deuda pública. Este escudo contra la responsabilidad real crea un entorno donde las decisiones no se toman en función de la eficiencia o la utilidad, sino de la conveniencia política y la perpetuación del poder.
Los verdaderos emprendedores son los únicos que pueden construir empresa. Son ellos quienes, impulsados por la creatividad y la ambición, desarrollan soluciones a los problemas sociales y económicos, creando empleo y generando riqueza de manera sostenible. Los políticos, en cambio, no crean empresa; se apropian del lenguaje empresarial para disfrazar sus propias agendas. La diferencia es clara: el empresario trabaja para satisfacer las necesidades del mercado; el político, bajo la máscara de la "empresa social", trabaja para mantener su influencia y justificar su intervención.
Desmontar la falacia de la "empresa social" es esencial para promover una sociedad donde el verdadero motor del desarrollo sea la iniciativa privada. Necesitamos liberar a los emprendedores de las ataduras burocráticas y permitir que florezcan en un entorno de libre mercado. Solo así podremos ver un progreso real y duradero, impulsado por aquellos que tienen el incentivo y la capacidad para construir, no por aquellos que solo saben crear relatos para perpetuar su poder.

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