Progreso y Desigualdad: Una Reflexión sobre las Promesas Fiscales


En un mundo donde la política económica moldea las expectativas y las esperanzas de millones de personas, las reformas fiscales se presentan, a menudo, como la llave mágica hacia la prosperidad. Este es el caso del paquete fiscal propuesto en los Estados Unidos, impulsado por un presidente con la mentalidad de un empresario decidido a reducir la intervención estatal y estimular la actividad económica. Pero mientras observamos el enfoque estadounidense, resulta inevitable compararlo con la situación en Colombia, donde las promesas de progreso a menudo parecen desvanecerse en un mar de corrupción y desilusión.

El anuncio reciente en Estados Unidos, con su simplificación radical del sistema impositivo, lleva consigo una promesa clara: devolverle el poder económico a los ciudadanos y empresas. La reducción de la tasa impositiva corporativa del 35% al 15% es, sin duda, un golpe de efecto, uno que intenta posicionar al país como un terreno fértil para la inversión y la innovación. La teoría detrás de esta medida, anclada en las enseñanzas de Arthur Laffer, sugiere que al bajar los impuestos se estimularía la creación de empleos y se reactivarían los motores del crecimiento económico. Es un concepto polémico y arriesgado, porque sus críticos advierten sobre los efectos potenciales en el déficit fiscal. Sin embargo, el argumento a favor se centra en la capacidad del sector privado para utilizar esos recursos, anteriormente absorbidos por el estado, para generar valor y oportunidades.

Pero lo que llama la atención en esta comparación no es únicamente la diferencia de estrategias entre Estados Unidos y Colombia, sino la raíz de esas decisiones y sus consecuencias en la vida real. En Colombia, la narrativa ha sido muy diferente. Allí, los impuestos no se han simplificado; en cambio, se han multiplicado y complejizado, estrangulando a las empresas y desincentivando la inversión. Todo se hace con la promesa de progreso, bienestar y lucha contra la pobreza, pero las cifras y realidades no mienten. Lo que en teoría debería llevar al desarrollo, en la práctica ha empobrecido a la población y enriquecido a las élites políticas.

Pensemos en la simplificación fiscal que propone Trump: reducir siete niveles impositivos a tres parece algo sencillo, casi elegante, que busca facilitar la vida de los ciudadanos. Pero más allá de la simplicidad, la medida persigue un objetivo de fondo: devolver el dinero al bolsillo de las personas, permitiéndoles tomar decisiones sobre sus propios recursos. En contraste, en Colombia, la estructura impositiva se ha vuelto un laberinto en el que solo prosperan aquellos con suficientes conexiones y conocimiento para sortear las complejidades. Mientras las cargas tributarias ahogan a los pequeños y medianos empresarios, el estado se presenta como un juez implacable, pero cuya mano se ablanda ante las grandes corporaciones aliadas del poder político.

El impuesto de sucesiones, que Trump desea eliminar, representa otra pieza crucial en este rompecabezas. En Estados Unidos, la idea es evitar que la muerte de un familiar se convierta en una ruina económica para las futuras generaciones. En Colombia, en cambio, la carga tributaria no deja resquicios: cualquier oportunidad es buena para el estado de aumentar su alcance y control. La burocracia sigue engordando, mientras que el ciudadano de a pie siente cómo se evapora su capacidad de progresar y prosperar.

Aquí es donde el discurso del "bienestar" se convierte en una fachada para el verdadero objetivo de muchos políticos: mantener un sistema que les beneficie a ellos mismos. Las reformas tributarias, presentadas como necesarias para reducir la desigualdad, a menudo terminan perpetuando un círculo vicioso de pobreza. Las empresas se van o quiebran, la inversión extranjera se desvanece, y el ciudadano se queda sin empleo, mientras los políticos y sus allegados disfrutan de las recompensas. No es de extrañar, entonces, que la informalidad crezca y la economía subterránea se convierta en un refugio para los que no tienen más opciones.

El caso de los impuestos internacionales es otro punto de reflexión. Las empresas estadounidenses, de aprobarse la reforma, no pagarían impuestos sobre sus ganancias en el extranjero, lo que las haría más competitivas y les permitiría repatriar capital. En Colombia, cualquier movimiento empresarial hacia el exterior es visto con recelo y suele ser castigado, porque el estado desconfía de la iniciativa privada. La diferencia es clara: mientras en Estados Unidos se busca fomentar la expansión y el crecimiento, en Colombia el objetivo parece ser mantener bajo control a un sector productivo que podría desafiar el status quo.

Y luego está el dilema del déficit. Los críticos de la reforma de Trump señalan que estas medidas, aunque prometedoras, podrían aumentar el déficit fiscal en 4 trillones de dólares en la próxima década. Pero incluso este riesgo se enmarca en una filosofía diferente: la de dar prioridad al crecimiento y la creación de riqueza. En Colombia, en cambio, los déficits no son resultado de intentos de estimular la economía; son producto de una gestión ineficiente y de políticas que parecen favorecer a unos pocos mientras los demás luchan por sobrevivir.

Esta comparación no solo es una crítica a las decisiones fiscales, sino una reflexión más profunda sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Mientras en Estados Unidos se exploran políticas que, aunque arriesgadas, buscan empoderar al individuo y reducir la dependencia del estado, en Colombia continuamos atrapados en un ciclo de promesas incumplidas. Se legisla en nombre del bienestar, pero el resultado es un sistema que privilegia la dependencia y la miseria. La diferencia no está solo en los números; está en la filosofía subyacente de dar libertad o arrebatarla, de confiar en la capacidad de las personas o de tratarlas como súbditos de un sistema voraz. Y quizás esa sea la lección más importante: que el verdadero progreso no puede construirse sobre la opresión económica de aquellos que tienen el poder de transformar la realidad.

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