La sombra del totalitarismo: cuando se niega la economía
El totalitarismo no surge de la noche a la mañana ni se impone únicamente por la fuerza; se gesta lentamente en el terreno fértil de la ignorancia económica y el desprecio por los principios fundamentales que rigen las relaciones humanas. Todo comienza con la negación de la economía como ciencia, con el rechazo de las leyes que gobiernan el comportamiento humano en un sistema de cooperación voluntaria y pacífica. El libre mercado, lejos de ser un capricho ideológico, es la expresión natural de la interacción humana, un mecanismo que coordina las acciones individuales en búsqueda de satisfacer necesidades y prioridades. Negar este principio es abrir la puerta al caos y al dominio de la fuerza.
La economía enseña una lección esencial y, a menudo, ignorada: el mercado no es una construcción arbitraria, sino el resultado de millones de decisiones libres que reflejan las preferencias, capacidades y limitaciones de los individuos. Cada transacción es un acto de cooperación voluntaria que beneficia a ambas partes, un acuerdo mutuo que se repite infinitamente para formar la red compleja y orgánica de un sistema económico. En este escenario, la coerción es una anomalía, un elemento externo que interfiere y distorsiona la dinámica natural del mercado. Cuando el uso de la fuerza se convierte en un medio para obtener resultados, el equilibrio inherente de las relaciones humanas se rompe, y la libertad individual comienza a erosionarse.
En Colombia, la tentación del intervencionismo ha marcado décadas de políticas públicas. La idea de que el gobierno puede y debe intervenir en el mercado para corregir sus "fallas" ha llevado a un estado de cosas donde las regulaciones, los subsidios y los controles gubernamentales son la norma. Aunque estas políticas suelen justificarse como medidas para proteger a los más vulnerables, sus efectos reales son desastrosos: mercados distorsionados, oportunidades restringidas y una creciente dependencia de la población hacia el aparato estatal. La coerción, lejos de ser la excepción, se convierte en la regla, y con ella se debilita la confianza en el sistema y en la capacidad de los individuos para construir su propio futuro.
La negación de las enseñanzas de la economía no solo distorsiona el mercado; también altera profundamente el tejido social. Cuando se eliminan las bases de la cooperación voluntaria, la sociedad se fragmenta. Las personas ya no interactúan como socios en un intercambio, sino como competidores en una lucha por recursos escasos que son controlados por un poder centralizado. En este contexto, la fuerza se convierte en el único medio para garantizar la cooperación, ya no basada en el mutuo beneficio, sino en la imposición. Esta dinámica es el preludio inevitable de un estado totalitario, donde el poder no se ejerce en beneficio del colectivo, sino para perpetuar la dominación de quienes lo detentan.
El avance del totalitarismo es siempre sutil al principio. Se presenta como una solución a problemas aparentemente irresolubles del mercado, como un mecanismo para garantizar la justicia social o la igualdad. Pero en realidad, cada medida que socava la libertad económica siembra las semillas de una sociedad menos libre. El control de los precios, por ejemplo, se introduce como una herramienta para proteger a los consumidores, pero su efecto real es la escasez y la degradación de la calidad. Los impuestos excesivos, diseñados para financiar programas sociales, terminan ahogando la iniciativa y la productividad. Cada intervención tiene consecuencias no deseadas que exigen más intervención, y así se crea un ciclo que solo puede romperse con un retorno a los principios del libre mercado.
El totalitarismo, al negar la economía, niega también la naturaleza humana. Ignora que los individuos actúan según sus propias prioridades y valores, y que este comportamiento no puede ser reemplazado por un plan centralizado sin generar desajustes profundos. La coerción puede imponer obediencia, pero no puede generar innovación, creatividad ni el espíritu emprendedor que son esenciales para el progreso. Una sociedad que confía en la fuerza para organizarse está condenada a la ineficiencia, la pobreza y la opresión.
La única defensa efectiva contra esta deriva totalitaria es un entendimiento claro de la economía y un compromiso con los principios del libre mercado. Esto no significa que el mercado sea perfecto ni que esté exento de desafíos, sino que su capacidad para coordinar acciones humanas de manera eficiente y pacífica supera con creces cualquier alternativa basada en la coerción. Para proteger esta libertad, es crucial resistir la tentación de soluciones fáciles que prometen resultados inmediatos a expensas de los principios fundamentales.
Colombia, como muchas naciones, enfrenta la elección entre dos caminos. Uno lleva a más intervención, más control y, en última instancia, más coerción. El otro, aunque menos popular y más exigente, busca liberar las fuerzas creativas de la sociedad al devolver el poder a los individuos. Este camino requiere valentía y paciencia, pero es el único que puede garantizar un futuro donde la libertad, la prosperidad y la dignidad humana sean más que meras palabras.
Negar la economía es negar la posibilidad de una sociedad libre y próspera. Es crucial recordar que el mercado no es el problema, sino la solución que hemos olvidado. Frente a las amenazas del totalitarismo, la respuesta debe ser un retorno decidido a las raíces de la libertad: un mercado libre donde las relaciones humanas sean gobernadas no por la fuerza, sino por la cooperación y el respeto mutuo. Solo así podremos evitar que la sombra del totalitarismo nos alcance y construir un futuro verdaderamente humano.

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