La inflación: El Espejismo del Dinero Barato
La inflación se ha convertido en una presencia constante en nuestras vidas, tan silenciosa como devastadora. Para muchos, es solo un concepto abstracto que aparece en los titulares o en los discursos oficiales, una cifra que se reporta cada mes sin realmente entender lo que significa. Pero, en realidad, el régimen inflacionista es un enemigo silencioso que actúa cada día, deteriorando la calidad de vida y torciendo los valores sobre los que se debería construir una economía saludable. En Colombia, donde el dinero parece perder valor a un ritmo más rápido que en otras latitudes, el impacto de la inflación afecta especialmente a quienes tienen menos recursos, a los pequeños ahorradores y a las personas que intentan construir una vida estable. Cada compra en el supermercado, cada cuota de arriendo, cada plan de futuro, se convierte en una carrera cuesta arriba que parece no tener fin.
La inflación, en su forma más simple, es la pérdida constante del valor del dinero. Hoy en Colombia, un billete de veinte mil pesos parece desvanecerse con solo salir a la calle: un almuerzo, un par de productos básicos, cualquier gasto cotidiano, y de repente esa cantidad se esfuma. Para los trabajadores de ingresos bajos y medios, esta realidad significa vivir en una incertidumbre permanente. Su sueldo, que a principios de mes parece suficiente, se vuelve cada vez más insuficiente a medida que los precios suben y sus ahorros, si logran tenerlos, pierden valor con cada día que pasa. Así, el esfuerzo por ahorrar, por construir un futuro o siquiera cubrir necesidades básicas se torna en una lucha constante contra un sistema que socava cada paso adelante.
Este régimen inflacionista, además, genera una paradoja dolorosa: nos obliga a consumir en lugar de ahorrar. En una economía sana, uno debería poder guardar algo de dinero, invertirlo o simplemente usarlo más adelante sin miedo a que su valor disminuya. Pero en Colombia, cada peso que se guarda pierde valor. No se trata ya de ahorrar para el futuro, sino de gastar antes de que el dinero se deprecie aún más. Este sistema, que incentiva el consumo inmediato, destruye la posibilidad de construir capital a largo plazo. En lugar de fomentar la prudencia financiera y el ahorro responsable, promueve una cultura de gasto compulsivo, en la que cada persona se convierte en un consumidor ansioso de preservar su dinero antes de que su valor se disipe en el aire.
Mientras tanto, la clase política parece ignorar o incluso beneficiarse de esta situación. Las políticas inflacionistas son presentadas como una medida “necesaria” para sostener la economía, una herramienta que permite financiar proyectos y cubrir déficits sin incrementar directamente los impuestos. Pero lo que no se dice es que este recurso es, en el fondo, un impuesto oculto. Cada vez que el Estado emite más dinero para cubrir sus gastos, el valor de cada billete en circulación se reduce. Es una transferencia de riqueza silenciosa, que toma dinero de los bolsillos de la gente común para financiar gastos públicos, beneficios y proyectos que muchas veces no producen ninguna mejora tangible en la vida de los ciudadanos. El colombiano promedio termina pagando por estos errores sin que se lo pidan, perdiendo poder adquisitivo y viendo cómo sus sueños de un futuro mejor se alejan con cada año de inflación.
Aún más, este sistema inflacionista beneficia a unos pocos en detrimento de la mayoría. Los grandes inversionistas, aquellos que tienen acceso a activos y a asesoría financiera de calidad, encuentran maneras de protegerse de la inflación. Compran propiedades, invierten en bolsa o adquieren bienes que, en lugar de perder valor, se revalorizan a medida que el dinero se deprecia. Pero para el trabajador que apenas llega a fin de mes, estas estrategias están fuera de alcance. Los pequeños ahorradores y las personas con ingresos bajos no tienen opciones reales para protegerse de la inflación, y son ellos quienes soportan el peso de un sistema que enriquece a unos pocos mientras empobrece a la mayoría.
La otra cara de la inflación es su efecto sobre el tejido mismo de la economía. Cuando el dinero pierde valor de forma constante, los precios dejan de reflejar la realidad de la oferta y la demanda. Esto genera distorsiones que afectan todos los niveles de la economía. Las tasas de interés, manipuladas por el banco central, pierden su papel como un reflejo del riesgo y la escasez de recursos, y se convierten en un mero instrumento de política. Esta manipulación crea una falsa sensación de prosperidad, promoviendo proyectos e inversiones que, en una economía sin inflación, serían inviables o innecesarios. Sectores como la construcción o los servicios financieros prosperan en este ambiente de dinero fácil, pero lo hacen a expensas de la estabilidad a largo plazo. Lo que parece ser crecimiento económico es, en realidad, una burbuja que eventualmente terminará explotando.
A medida que este régimen inflacionista se afianza, no solo se degrada la economía, sino también los valores fundamentales de la sociedad. La responsabilidad, la prudencia y la capacidad de planificar para el futuro son reemplazadas por una mentalidad de inmediatez y de dependencia. Vivir en una economía inflacionaria fomenta la deuda y la dependencia del Estado o de los créditos a corto plazo. En lugar de incentivar el esfuerzo y la inversión en proyectos productivos, se alienta la especulación y el endeudamiento. La estabilidad y el crecimiento se vuelven sueños distantes, y la idea de construir una vida a base de trabajo y ahorro se convierte en una ilusión. La inflación nos empuja hacia un sistema en el que el Estado es el único actor que parece tener el poder de cambiar algo, y esa dependencia es un paso peligroso hacia la pérdida de autonomía y libertad económica.
Es irónico y doloroso que este sistema inflacionista se sostenga bajo la promesa de “progreso”. En Colombia, la justificación de muchas políticas inflacionarias es que permitirán financiar proyectos de desarrollo, que ayudarán a reducir la pobreza y que promoverán el bienestar general. Pero la realidad es muy distinta. El crecimiento basado en la creación de dinero y en el endeudamiento sin límites es una ilusión que termina por empobrecer a quienes más necesita ayudar. Y mientras tanto, el colombiano de a pie ve cómo sus oportunidades se reducen, cómo el costo de la vida sube y cómo sus ahorros, su esfuerzo, y sus sueños se diluyen en el aire.
En definitiva, el régimen inflacionista no es una simple política económica; es un sistema que corrompe la esencia de una economía saludable y que destruye la capacidad de las personas para construir un futuro con estabilidad. Los costos de este sistema no son solo financieros; son humanos. Cada colombiano que se enfrenta a la frustración de ver cómo su salario pierde valor, cómo sus ahorros se esfuman y cómo sus esperanzas de prosperidad se alejan, es una víctima de un sistema que necesita ser cuestionado y, eventualmente, reformado.
La solución no es sencilla, pero requiere voluntad política y un cambio en la manera en que pensamos la economía. Necesitamos un sistema que premie el esfuerzo y el ahorro, que proteja el valor del dinero y que permita a los ciudadanos construir su futuro sin temor a que el Estado lo desmorone. En lugar de un progreso basado en la deuda y en el consumo desenfrenado, debemos buscar un crecimiento basado en la inversión, en la productividad y en la verdadera estabilidad. Es hora de mirar de frente a este régimen inflacionista y de reconocer que sus promesas de bienestar y progreso son, en el fondo, una trampa que perpetúa la pobreza y la dependencia. Y es también hora de recordar que una economía fuerte y justa no se construye sobre el espejismo del dinero barato, sino sobre el trabajo, la honestidad y la libertad de cada individuo para construir su propio camino.

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